Aquél indulto en Madrid

Belador jamás salío de la finca

Tal día como hoy, hace 40 años, no había en los kioscos de España periódico diario de tirada nacional que no se hiciera eco de la noticia: un toro bravo había sido indultado el día anterior en la Plaza de las Ventas, de Madrid. Era, por tanto, un hecho insólito, una noticia de titular grande.

Aquél año 82 nuestro país fue noticia permanente en el mundo, especialmente el deportivo, por acoger el acontecimiento de mayor repercusión internacional, con permiso de las Olimpiadas, que llegarían una década después: el Mundial de fútbol. Los españoles sacábamos pecho por ello, si bien en lo que directamente nos atañía –nuestra selección—, la ilusión y el entusiasmo nos duraron una siesta.

Así que, en la mañana de aquél 20 de julio, cuando se abrieron los periódicos con las noticias oliendo a pan caliente, la que hacía referencia a una corrida de toros dejó estupefacto a los lectores: un toro bravo había sido indultado la tarde anterior en Madrid. La palabra “indultado” estaba dotada entonces de tal excepcionalidad, que iba más allá de lo sorprendente y, por supuesto, excedía de la información taurina al uso. Un toro no se indulta así como así. ¿Acaso no es la Plaza de Las Ventas la más recta, la más selecta, la más seria, en definitiva, la más importante del mundo? ¿Cómo se había llegado a semejante concupiscencia?, se preguntaban los lectores aficionados o no a los toros, mientras devoraban, incrédulos, lo que la santa crítica declaraba al respecto.

Pues bien, una vez superado el sopetón informativo, el relato de los hechos resultó ser bien sencillo: el Reglamento vigente en aquéllos tiempos contemplaba el indulto como un suceso excepcional, válido solo en caso de corridas-concurso de ganaderías; por tanto, no es que antes no se indultaran toros; que yo recuerde, en Jerez César Girón había indultado al toro Desteñido de Juan Pedro Domecq en la corrida-concurso del año 55, y diez años después Rafael Astola indultó en Sevilla al novillo Laborioso, de Albaserrada, sin que nada ni nadie invocara al dichoso Reglamento. O sea, que indultos hubo, reglamentados o no, pero siempre afectados por una concatenación de hechos privilegiados, poco menos que inmersos en el abstruso campo de la milagrería.

No alcanzo a discernir si lo del 82 anduvo por las lindes del milagro, pero sí me afirmo en que algo tuvo que ver la veneración reverencial que un ganadero había despertado en el público de Madrid, a raíz de la corrida que poco antes, se había celebrado en la feria de San Isidro (se le sigue llamando “la corrida del siglo”) el 1 de junio. El ganadero es –era--, naturalmente, Victorino Martín Andrés, a mi juicio –lo repetiré las veces que haga falta—el mejor ganadero del siglo XX y parte del XXI.

Reciente, pues, aquella conmoción taurina, aquella catarsis colectiva, aquella entronización de Victorino como Papa pagano del campo bravo, la corrida de la Prensa del 19 de julio siguiente, organizada por mi añorado amigo y crítico del diario ABC Vicente Zabala Portolés con el formato de corrida-concurso, debía contar con un victorino, costara lo que costara. Fue por ello que entró en el lote de toros el llamado Belador, así, con “b”, como lo reseñó el mayoral de la finca Monteviejo, de Moraleja (Cáceres), donde el cárdeno toro pastaba a la sazón. Cayó en el lote de Ortega Cano, que cerraba el cartel que completaban Manolo Cortés y José Antonio Campuzano.

Salió al ruedo en tercer lugar ese Belador, y apenas se dejó torear por el capote de Ortega, tal era de revoltosa su embestida (algo, por otra parte, muy habitual en este encaste durante los primeros compases de la lidia). Al relance, se fue al caballo de picar que hacía la puerta y lo embistió de oleada por los pechos hasta derribarlo, pero cuando entró a la suerte de picas en el segundo puyazo la pelea no pasó de discreta. En los tercios siguientes esperó a los banderilleros y embistió con movilidad, volviéndose sobre las manos a la salida de los muletazos. La faena de Ortega Cano fue todo lo lucida que le permitió una acometida incierta, de toro bravo que tuvo a la fijeza como su mejor virtud. Aún así, una parte del graderío aclamó al toro al término de cada serie, al punto de pedir el indulto cuando el torero se perfiló para entrar a matar con el estoque. Me consta que Ortega Cano quedó estupefacto ante aquella reacción del público. Había toreado toros de este hierro mucho mejores que el que se disponía a estoquear, pero… el clamor subió de tono, el público se contagió del ambiente redentorista que se envolvió en clamoreo y el presidente le concedió el indulto. Para colmo, la devolución de Beladora los corrales fue una tarea farragosa, por el deficiente adiestramiento de la parada de cabestrosFloritoaún no oficiaba de cabestrero--, incapaces de arropar al bravo, prologándose el afanoso intento de la devolución a los corrales hasta las nueve de la tarde-noche. Este hecho, y la anécdota de un simpático perrito colaborando en las intentonas, agrandó aún más la leyenda del único indulto otorgado a un toro bravo en Madrid. Por cierto, a Ortega Cano le premiaron con una ovación, ¡y gracias! De orejas y rabo simbólico, nada. El público estaba extasiado con Victorino.

Ocurrió hace 40 años, pero estoy seguro que muchos de los aficionados que pidieron y lograron tan preciado galardón para un toro de lidia, salieron aquella tarde de la Plaza dubitativos y pesarosos. Algunos siguen siendo abonados de Las Ventas y sotto voce reconocen que aquello fue un desbarre en toda regla, la súbita inercia provocada por la resaca de “la corrida del siglo”.

Victorino Martín Andrés  –en su larga, exitosa y fructífera trayectoria como ganadero-- ha lidiado en Madrid no menos de veinte toros de comportamiento muy superior al del indultado Belador. Y me quedo corto. El público, lo reconoció unas veces. Otras, no; pero ello no empece el reconocimiento a un criador de reses bravas modélico, creador de un encaste emblemático, paradigma del toro bravo por excelencia. Y este es un legado impagable que, increíblemente, no solo ha mantenido sino superado su hijo y feliz heredero, Victorino Martín García.

Belador se fue a Las Tiesas de Santa María a vivir a cuerpo de rey, cortejando guapas eralas y reburdeando por entre breñas, matojos y jarales. Tuve el placer de verlo en esos campos poco antes de que muriera, con 13 años de edad, pero su estampa permanece incólume, como figura señera en el salón principal del museo de la ganadería, escenificando su perpetuidad en el lugar extremeño del que partió hacia Madrid, hace 40 años.  

Ignoro si aquella suprema gracia es la causa de la aversión al indulto que se ha enquistado en el público de Madrid, ahora que las ganaderías de bravo han mejorado notablemente en morfología y comportamiento sus productos. A Victorino le han indultado varios toros en la diversa geografía taurina. En América “no se deja” el ganadero, es decir, no quiere que le indulten sus toros. Un victorino vivo e indultado, en tierras lejanas sería un reproductor codiciadísimo. En la villa y corte, en cambio, la cosa parece perdida. Pues, miren lo que les digo: yo hubiera  indultado en Madrid un toro de Victorino Martín Andrés que cito siempre cuando me preguntan por el toro bravo ideal: el Murciano que cayó en el lote de Luis Miguel Encabo en el sanisidro del 2002. ¡Ése sí que fue de indulto! Uno de los toros más bravos, encastados y temperamentales que he visto en el ruedo de una plaza de toros. Encabo le pegó ocho o diez lances con el capote (¡con lo difícil que, dicen, son estos toros a las primeras de cambio!) Luis Antonio Vallejo, Pimpi le colocó dos puyazos magníficos, le hicieron al toro ¡cuatro quites!, entre su matador y los compañeros, Luis Francisco Esplá y Víctor Puerto. Tremendo, también el tercio de banderillas entre Esplá y Encabo, con el toro arrancándose como un ciclón; pues bien, con ese ímpetu se arrancó también a la muleta de Luis Miguel, que le esperaba en la lejanía impávido, como un jabato, y lo toreaba en la cercanía, erguido y mandón, como un torerazo. ¡Qué emoción, amigos! Aquello era de ver. Luis Miguel le aguantó los embates huracanados y persistentes en una faena en la que todos tuvimos un nudo en la garganta. ¡Qué pena me dio que lo matara!, pero nadie pidió el indulto esa tarde, Murciano acabó en el desolladero y a Luis Miguel Encabo le premiaron con una de sus orejas.    

Por todo ello, me ratifico: en cuestión de indultos, los toros en Madrid lo tienen crudo. ¿Será una contrición por lo de hace 40 años con Belador? Probablemente; pero ya es hora de que los nuevos aficionados “indulten” también a los anteriores que se dejaron llevar por flaquezas puntuales y devociones varias. Ocurre lo mismo con  la cosa de premiar con el rabo del toro. Desde el que cortó Palomo en el 72, parece que la penitencia al tercer pañuelo va camino de ser perpetua; pero esta cuestión merece página aparte.