El "tapado"

Davild Galván

En el toreo, el verbo “tapar” se conjuga mucho; percute con harta frecuencia en el leguaje de los profesionales y aficionados. Los toreros lo emplean desde el ruedo para amonestar a los que, a su juicio, perturban el normal curso de la lidia, tanto en el propio ruedo como en el callejón: ¡Tápate!, le gritan al subalterno para que se oculte en el burladero, o al despistado que se mueve por el callejón sin orden ni concierto, para que su figura “desaparezca” tras la barrera. Y los interpelados, por lo general, van y se ocultan o “desaparecen” al instante. También al toro reservón, el que quiere irse del lugar de los hechos o sitio del conflicto --esto es, el terreno en que es toreado--, se le debe “tapar” la visión de otra cosa que no sea el utensilio que maneja el torero, poniéndole el trapo constantemente ante sus ojos (los del toro) para evitar que el cornúpeta  se emplee en tentaciones negacionistas o diásporas intempestivas. De esta forma, llevándole “muy tapado”, podrá el torero aprovechar embestidas de poco celo o escasa codicia y ligar las suertes. Esta forma de “tapadismo” siempre fue un recurso utilizado por diestros avezados, de valor sereno e impecable manejo de percales y franelas. Bien entendido que se lleva “tapado al toro”… pero no del todo, como es natural. Lo mismo ocurre con el “tapadismo” que utilizaban las viejas  cocineras de trébede en el lar, cuando en el último tercio del borbolleo de la cazuela ladeaban la tapa, dejando una rendija por donde acceder a supervisar el condumio y facilitar su reposo.

 Desde la óptica gramatical, la palabra “tapado” es el participio del citado verbo “tapar”, que adquiere la función adverbial del calificativo cuando indica que algo está cubierto por algo. En el caso del torero, como en el del toro o las cocineras de antaño, el “tapado” nunca lo está del todo. Solo es “tapado” el que todavía tiene algo que ofrecer, el que, general y lamentablemente,  se halla arropado por una felpa tejida por la urdimbre de la adversidad, la incomprensión o el infortunio, pero no desespera; solo espera a que alguien se asome por la rendija de su tapadera y compruebe –pruebe, más bien—lo que se encuentra dentro de ese almacén sin llave ni techo que llaman ilusión. Por tanto, si de toreros hablamos, “tapados” hay unos cuantos, todos ellos a medio cubrir por la manta de la indiferencia.

Ayer, domingo, me encontré con uno de ellos cuando presenciaba la corrida de toros trasmitida por Canal Sur Televisión desde la muy noble villa de San Fernando, la que fuera llamada Real Isla de León, epicentro de la bahía de Cádiz y tierra de cantaores y toreros de alcurnia. Por allí anduve hace unos años, entre la Venta de Vargas y su plaza de toros, adentrándome en su historia taurina y flamenca, antes de entrar en mis tareas profesionales. La Plaza, sin callejón, tendrá sus incomodidades de tránsito y confortabilidad interior, pero tiene gran atractivo. Es un coso taurino hecho, como tantos otros, “a la medida” de los españoles del siglo XIX. Espero que sea respetado y considerado como joya urbanística. En él, hizo el paseíllo un joven matador de toros llamado David Galván, que vestía de blanco y oro, el mismo color –no sé si el mismo traje-- que lució en su alternativa, de la que se cumplen diez años. Una década de lucha por abrirse paso entre la maraña de toreros metidos en la tarea de escalar por la cucaña que se engrasa con un plantel de toreros consagrados –las figuras que tienen “tirón” en los carteles--  y algunos más de nuevo cuño, reconocida solvencia y capacidad artística para darles réplica. Entre unos y otros, copan la cartelera de las grandes ferias, algunos, además, apoyados por la red empresarial, que esa es otra. Vayan anotando nombres y verán. Entre el resto, se encuentra un exiguo número de “tapados”. Ayer me encandiló --¡y de qué manera!— el “tapado” David Galván de San Fernando que pasó su niñez en Canarias.

Vaya por delante que la cornamenta de los toros lidiados –de Fuente Ymbro y Juan Pedro—podría despertar sospechas de deterioro córneo. La corrida parecía cinqueña pasada y puede que, en principio, los ganaderos presentaran algún toro de cornamenta desaforada y algún “listo” le pasara la escofina. Ni lo afirmo ni lo niego. Con ser censurable, en caso afirmativo, me preocupa más, mucho más, resaltar la gratísima sorpresa de ver cómo un joven torero en plena sazón, ante toros con rizos en el testuz y cuajados de carnes, llenaba de arte el ruedo chiquito de una Plaza de tercera categoría. Toreó a la verónica a medio compás o a pies juntos, embrocado con el toro, meciendo el capote y templando la embestida con espléndido juego de brazos y muñecas; interpretó la chicuelina con el gracioso aleteo que debió imprimirla su creador en los años veinte, y con la muleta ofreció un repertorio magnífico de pases por alto y por bajo en los comienzos de faena y series en redondo con la derecha y la izquierda que fueron verdaderas lecciones de estética y dominio a la vez. Improvisó adornos  sin perder un ápice de torería en su interpretación, forzó lo pases de pecho echándose la muleta al hombro contrario, abriendo el compás o juntando los pies. Y, para colmo, empleó la espada con derechura, precisión y contundencia, salvo en el primer toro. Se llevó un saco lleno de trofeos: ocho orejas y dos rabos. Tampoco me importa el dato. Se llama David Galván e, insisto: mató seis toros con toda la barba y a todos los toreó como una figura consagrada.

He aquí uno de los “tapados” que ayer se destapó ante mis ojos. No lo conozco de nada; ni siquiera recuerdo haberlo visto torear de matador de toros. ¡Este tío es un fenómeno! Estar “tapado” no es estar enterrado. Que alguien lo destape, por favor.