Antonio Ferrera, en hombros tras su "encerrona"

Ferrera válida

Antonio Ferrera resolvió con bien una de las apuestas más arriesgadas de su dilatada carrera taurina: encerrarse con seis de Miura en Pamplona, el día del “pobre de mí”, que en esta ciudad es tanto como hacer un canto al desencanto, un fin de fiesta ribeteado de melancolía. Meterse entre pecho y espalda seis de Miura en Pamplona es tanto como repetir, de una sentada, seis veces, un platazo de ajoarriero bien aceitado. Para que te lleven angarillas a un centro sicosomático de recuperación… o a hacerte un lavado de estómago en un centro hospitalario. En ambos casos, por aquello de máximo riesgo adquirido voluntariamente, al interfecto le cuadra perfectamente aplicarle la frase lastimera de marras: “¡pobre de mí!”. Ferrera, sin embargo, salió bien librado de tan riesgoso desafío; más aún, salió de la Plaza en hombros, en loor de multitud, con lo cual, recuperó el envite de la apuesta y reforzó su cartel en esta Plaza, donde le vi protagonizar la gesta más admirable e increíble que jamás hiciera torero alguno: cortar el rabo a un toro de Victorino con los dos muslos partidos por sendas cornadas. Desde entones –hace 16 años--, Ferrera se convirtió en torero de Pamplona por excelencia. Se lo ganó a pulso, y ayer volvió a acreditarse como vitalicio tenedor de ese título honorífico.

No obstante, la puesta en escena de tan serio compromiso adoleció de una red de comunicación adecuada a tan especiales circunstancias; porque era de ver cómo la inmensa mayoría del público que llenaba la Plaza no sabía de qué iba la cosa. Terminado el paseíllo, con un solo torero en avanzadilla, la gente creía que los otros dos toreros, simplemente, se habían rezagado en el cortejo. No conocían la “encerrona” de Ferrera, ni mucho menos su gesto de donar los honorarios a la MECA, benemérita institución que nutre sus arcas con la organización de los festejos taurinos de San Fermín. Se dieron cuenta de que todos los “miuras” eran para él cuando un grupo de espectadores aficionados –no más de un centenar— empezaron un palmoteo, invitando al torero a saludar una ovación de reconocimiento a tan plausible iniciativa. Y Antonio salió a la raya del tercio, montera en mano, solicitando, a su vez, la presencia del personal de cuadrillas de a pie y de a caballo, sin que uno acierte a comprender el por qué de aquella exhibición, so pena de que tampoco cobraran los subalternos, cosa que parece harto improbable. Y una vez que el público se percató de toda esta parafernalia, se abrió la puerta del chiquero y salió el toro.

Ahí lo tenemos: un cuatreño de pelo sardo, largo y zancudo, pitones de ancha mazorca y papada degollada, lo que se dice un “miura” legítimo. A su encuentro va Antonio Ferrera, portando una capa de raso con haz de color verde oliva que me recordó a la que usaba en invierno el cabo Docio, un recio picoleto que cuidaba del orden público en la casa-cuartel de la Guardia Civil de Matapozuelos; tal era la similitud cromática, solo que la capa del cabo Docio era de paño gordo, y en vez de esclavina tenía una piel de zorro rodeándole el cuello. Estas cosas de antaño maricastaño retroalimentaban mi memoria, mientras el “miura” mostraba su nula capacidad ofensiva, haciendo, eso sí, uso de sus mañas defensivas, motivo por el cual, el torero tiró por la calle de en medio, metiendo la mano con facilidad para pegarle al toro una estocada letal. El segundo, negro mulato chorreado, en cambio, experimentó una metamorfosis a favor de obra, pasando de tirar cornaditas a las telas de torear a perseguirlas con pastueño viaje, lo cual fue aprovechado por Ferrera  para construir una faena con pases templados que el toro aceptó con amable comportamiento… hasta que empezó a cabrearse al final de la faena, rematada por el diestro extremeño con un pinchazo y estocada caidilla, de efecto fulminante. Oreja al canto. Y así fueron saliendo más de Miura, de similar anatomía que los anteriores y contradictorios comportamientos. El tercero, colorado ojo de perdiz, muy “miureño”, pronto acreditó su rácana condición tras una labor ardua y perseverante de Antonio, que no dejó de explorar al toro hasta que consiguió embarcarle en el faldón de la muleta en algún muletazo aislado. No dio para mucho más el animal, que murió tras varios pinchazos y una estocada, después de sonar un aviso. El cuarto, en cambio, sí permitió sacar la versión noble de esta ganadería y la capacidad lidiadora más y mejor apreciada del torero, que construyó una de las faenas más brillantes y meritorias de la tarde, rematada con una estocada contraria, tras ese “paseo” característico que Ferrera se ha sacado de la manga y que sorprendió en Pamplona. El descabello se alargó tanto que se esfumó la oreja, tan legítimamente ganada. El quinto pareció resentirse de los cuartos traseros en el primer tercio, por lo que desató en el toro un carácter defensivo que hizo imposible el lucimiento. Lidia por la cara Antonio con pases de castigo, hasta que consigue cuadrarlo, pero el de Miura le “hace la cobra” en el embroque, cerrándole al torero la salida. De nuevo el verduguillo se atasca y el triunfo no acaba de estallar. El último cartucho llega al ruedo en forma de Miura de cromático pelaje –colorado chorreado, bragado corrido, meano y girón--, y entonces Antonio Ferrera se decide por la performance de lo novedoso. Se coloca la polaina metálica del picador en la pierna derecha y sale a picar, convencido de que la sorpresa hará que el público se centre en lo que ocurre en el ruedo;  pero el público ya es consciente de que la fiesta está humeando y ya solo van quedando unos pocos alicientes por quemar. Pica medianamente el torero y el toro, poco castigado, se engalla, al punto de ponerles las cosas muy complicadas a los banderilleros, repartiendo gañafones por doquier. En la faena, más de lo mismo. Cabezazo por aquí, cabezazo por allá. No hay forma de domeñar tanta aspereza. No tiene el toro ni un pase, pero Ferrera se aferra a los alardes y, sobre todo, a la eficacia con  la espada. Acierta a meter la mano, clava el acero hasta la empuñadura y cae la oreja que propicia la salida en hombros. Y yo me alegro. Me alegro porque el esfuerzo de matar seis de Miura no está al alcance de cualquiera. Me alegro porque el gesto de filantropía del torero no es muy poco común en la fiesta de los toros (torear gratis et amore, jugándose la vida en cada secuencia de la lidia, durante más de dos horas, no tiene precio). Y me alegro, sobre todo, porque Antonio Ferrera, ya alcanzada sobradamente su categoría de figura del torreo, tiene tras de sí una trayectoria plagada de sinsabores, incertidumbres e injusticias. Se lo llevaron en hombros, claro que sí. Lo merecía.