La penúltima, un trago feliz

EFERoca Rey en Pamplona

Como cada tarde de toros en Pamplona, cuando suena el clarín para que comience la corrida, su centenaria Plaza era una sumaria exposición de camisas blancas y pañuelos rojos; pero ayer era, también, una apoteosis de abanicos aleteando sin parar, tratando de crear esa venial corriente de aire que mitigara el sofocón de la calorina. El abaniqueo constante y frenético de la sombra parecía un fuelle de miles de alveolos que alimentaba el orfeón de los tendidos de sol. Al ¡riss!… del varillaje y el ¡taca-taca-taca-taca! del “país” que trata de batir el aire calmo, sucedían las atronadoras voces del “¡lo-lo-lo-lo-lo!”… de la solanera, coreografía importada de los graderíos de canchas deportivas que viene a ser una especie de bis elemental para colmar –y calmar-- la ignorancia de la letra que debe acompañar a la música de toda canción, si ésta se hace para ser cantada. Aquí, en Pamplona, cuando no se sabe de qué va la cosa se echa mano del “lo-lo-lo-lo!”…, y en paz.  Aquí y en toda España, que hasta el himno nacional se “lololea”.

En este ambiente –calorazo implacable y ruido infernal-- hicieron el paseíllo Miguel Ángel Perera, Paco Ureña y Andrés Roca Rey, acompañados de sus correspondientes cuadrillas y demás interviniente en la lidia. En casos como éste, uno se pregunta cómo reaccionarán los toros que están a esa hora enchiquerados y pasan, en cuestión de segundos, del frescor relativo del cuarto oscuro de su celda preventiva a la bofetada de calor que les espera en la arena del ruedo, más candente que  nunca. Pues, bien, los de Victoriano del Río salieron tan panchos a mostrar su bravura y nobleza, atributos fundamentales para posibilitar el arte del toreo, que es de lo que se trata.

Buena corrida de Victoriano, sí, señor. Brava en su conjunto y noble en distinto grado. Todos, con los matices pertinentes en cada caso, posibilitaron que se cumpliera esa máxima ingenua y pueril, tan utilizada por los revisteros antiguos: “se prestaron al lucimiento”; de los toreros, se entiende. No hubo toro que no permitiera el toreo ligado y en redondo sin manifestar debilidades palmarias, la mayoría murieron con la boca cerrada y empujaron en varas con poder y fijeza –otra cosa es cómo fueron picados--, detalle este de suma importancia cuando se trata de valorar el comportamiento en el ruedo del toro bravo.

Dio la impresión de que la corrida podría haber perdido peso durante su estancia en los corrales del Gas. Se vio a los toros vareados de carnes, pero todos ellos lucieron unas “espabilaeras” de las de asustar, por su tamaño y finura de puntas. Leña para regalar a las panaderías navarras. Cinqueños todos, excepto el quinto, la aguja de la báscula osciló entre los 505 kilos del primer toro y los 570 del tercero. Corrida, pues, equilibrada de tipo, ofensiva de cuerna y con muchas cualidades y “calidades” –qué palabra ésta más fea e impropia para el toro de lidia— para ofrecer a los toreadores el triunfo en bandeja sobre el pandero de la Plaza. ¿Triunfaron todos ellos, los toreadores?

Podría decirse que sí, pero en distinto grado y con salvedades varias, puesto que Perera fue el primero en mostrar su inequívoca intención de venir “a por todas” nada más abrirse de capa ante el toro que abría el festejo. Lanceó con parsimonia, relamiéndose ante la embestida dócil y clara del animal, que apretó en el peto del caballo y galopó en banderillas, llegando a la muleta mostrando la franqueza de su tranco y la bajura con que metía el hocico en los flecos de la tela, así que Miguel echó las rodillas al suelo y lo toreó, por alto primero y en redondo después. Dos de estos últimos muletazos fueron, sencillamente, extraordinarios, plenos de temple y ajuste, a pesar de la incómoda postura. ¿Fue estrategia? Evidentemente, esta forma de comenzar las faenas es propia de Roca Rey, por tanto, dio la impresión de que Perera, con este detalle, “desarmó” el planeamiento de su compañero de cartel. Suspicacias al margen, me parece un gesto de audacia, sin más. Estas cosas, estos “piques”, son frecuentes –y sanos--entre toreros.  Por otra parte, la faena de Miguel Ángel tampoco se desvió un ápice de su normativa habitual: toreo en redondo, lineal primero y curvo después, siempre ceñido y templado, acortando distancias a medida que avanzaba el trasteo. Bravo y noble el toro, templado y mandón el torero. Larga faena, coronada con una estocada algo tendida, lo que motivó que le dieran un aviso, antes de pasear la oreja del toro. El cuarto, con la gritería del fragor coreográfico trasladada al rumor opaco de la incipiente digestión de la merienda, mostró desde el principio de su lidia una flagrante falta de fijeza, pero tenía un pitón izquierdo para bordar el toreo, lo cual permitió a Miguel instrumentar unas tandas de naturales de alta nota, pero cuando el toro empezó a racanear las embestidas, muy al final, el torero se dio a toda suerte de suertes “por detrás”, cada día más en boga; es decir, las que hacen pasar al toro por la espalda del torero con machacona insistencia. Este pase, tiene un pase cuando se trata de un recurso, pero si se prodiga sin justificación, puede opacar el ameritamiento de una labor bien plausible. Un poco de mesura con el “pase de la culera”, por favor. Hecha esta pequeña salvedad, lo cierto es que Miguel Ángel firmó esta faena con una magnífica estocada, en la misma yema del morrillo, que le valió una nueva oreja, redondeando su buena tarde de toros en Pamplona.

Paco Ureña se enfrentó a un toro más bueno que el pan, lo cual, no deja de ser motivo de preocupación. ¿Qué se puede hacer con un toro de bondad extrema que, además, se llama Enamorado? En esta incertidumbre pareció debatirse Ureña, porque se le vio dubitativo, precavido, ante la suavona embestida del animal, especialmente por el pitón izquierdo. Paco se acercaba al toro muleta en mano como si le pidiera permiso para torearlo… hasta que el propio toro le “obligó” a echarse la muleta a la zurda y engarzar algunos pases naturales de buena traza. Lástima que se le atascara la espada, liándose a pinchar sin recato.  Sonó un aviso, que no sé si lo escuchó el torero, entre el estruendo de la Plaza. En el quinto, más de lo mismo. Bravo y muy noble el toro y algo timorato el torero; pero, muy al final de la faena, volvió a la zocata y dibujó tres tandas excelentes, moviendo la tela con suavidad y despacio, muy despacio. Colocó una eficaz estocada y se ganó el premio de la oreja del toro, trofeo que  Paco paseó más contento que unas castañuelas.

¿Y Roca Rey? Pues en lo suyo: puso la Plaza boca abajo en sus dos toros. Cuando él torea, todo al mundo se pone a la orden, que es cosa rara en Pamplona. Incluso se corea su nombre, a modo de proclama: ¡Roca-Rey! ¡Roca-Rey!... gritan los mozos. Se siente a gusto el peruano en el ruedo de la monumental de Pamplona. Torea a placer. Y es un  placer verle cómo entiende, valora y maneja las características de los toros y cómo a cada cual le ofrece la distancia, el toque y el ritmo que pide, siempre ceñido en el embroque, procurando llevar la embestidas hasta la máxima expresión y distancia que el animal admite. Dueño y señor de lo que acontece en el ruedo, Andrés da la impresión de que nada le es ajeno e insoluble. A los broncos, les suaviza, a los remisos les convence, a los bravos y nobles le agradece las dotes y las aprovecha con la gula de los insaciables. Puede que también abuse del “pase de la culera”,  pero es una de las modas que él ha llevado siempre en su repertorio. Roca Rey no gusta –eso dicen-- a quienes les  molestan las cercanías y los alardes; pero, ¿qué sería de la tauromaquia sin la apuesta permanente por el desafío del riesgo? Este es uno de los fundamentos de su tauromaquia.  No obstante, ayer en Pamplona, Andrés Roca Rey, citando siempre enfrontilado con el toro, toreó en redondo más despacio que nadie lo ha hecho en esta feria. Gustándose, recreándose en la suerte. Arrancar roncos oles en una Plaza habituada a vivir ajena a lo que ocurre en el ruedo es casi un milagro. Y que se oigan nítidamente esos oles, una utopía; pues bien, eso ocurrió ayer en esta capital navarra.  Dos orejas, una de cada, se llevó esta roca de torero. Y si no le falla la espada –pinchó a sus dos toros—hubiera desorejado a ambos.

Bien puede decirse que esta penúltima que nos tomamos cuando ya se olfatea en el horizonte el “pobre de mí” fue un trago feliz, porque embistieron los toros y, en algunas fases de la corrida, se vivieron momentos altamente gratificantes. Embistieron, en distinto grado, todos los toros, aunque la vuelta al ruedo al tercero pareció excesiva; picaron superiormente Pedro Iturralde y José Manuel Quinta, bregó magistralmente Antonio Chacón, que también destacó en banderillas, junto a Juan Sierra, Vicente Herrera y Javier Ambel. Y dos toreros, Perera y Roca Rey, se fueron de la Plaza en hombros por las calles de Pamplona. Al margen de gustos y pareceres, tan variados como necesarios, la Fiesta en España goza de buena salud.