El Cartel

El Cartel 1

Ahora que la temporada de toros está en plena ebullición, los carteles de las ferias o ciclos taurinos salen a la luz como los níscalos en los yerbajos de los pinares, cuando el sol del otoño sucede a las lluvias posteriores a la sementera. Decir ahora, como bien se sabe, significa inmediatez, mismidad, que diría Ortega, el filósofo. Priva la urgencia. Los portales taurinos y las redes sociales se encargan de comunicar al instante la composición de fechas y nombres, días, toros y toreros, encajados todos ellos en el frío mensaje, sin más. “Estos son los carteles”, te dice un escueto titular de la noticia. Y los lees, también, sin más.

Echas en falta tal o cual nombre de ganadería o torero, y punto; pero lo que no aparece es el cartel en sí, esto es, el cuadro luminoso y cromático, altamente sugerente, que firma el cartelista de moda, sencillamente, porque ya no hay cartelistas-pintores que retraten a pincel la actualidad de la tauromaquia de nuestro tiempo. O sí los hay, pero son artistas de alta cotización para estos menesteres. No me refiero a los esotéricos artistas que entienden el arte del toreo de una forma sui géneris, muchas –demasiadas-- veces esperpéntica, sino a los que sin renunciar a nuevas técnicas y personales enfoques plasman en el soporte más adecuado la estampa que invita al aficionado a acercarse a la taquilla. Desde Daniel Perea a Ruano Llopis, pasando, entre otros, por el mexicano Pancho Flores y Juan Reus, los especialistas del cartel de toros vendían tanto como los nombres que figuraban alineados más abajo en el cartel. A servidor le impresionaba Cros Estrems, porque es de mi época. Me quedaba extasiado contemplando aquellos carteles de toros gigantescos que editaba la litografía Ortega de Valencia, o la tipografía Manolete (no el torero, el editor) de Valladolid, que me pillaba más a mano, en la calle Alcalleres, donde se ubicaban las taquillas oficiales de la empresa Pagés, después Jumillano. No es mi intención hacer un ejercicio de melancolía, es que me apena la desaparición del cartel que anuncia una fiesta de toros reflejada en la obra de arte de un pintor, que los hay, y muy buenos, en este momento. Se me viene a la memoria el colombiano Diego Ramos, el mejor pintor taurino de las últimas décadas y legítimo sucesor de Roberto Domingo. Tengo para mí, que para pintar toros y toreros o escenas del campo bravo hay que dominar el terreno en que se desarrolla la acción, estar dotado de una sensibilidad especial y –esto es de cosecha propia—saber torear, siquiera sea de salón. Quiero decir con esto que no todos los grandes pintores o los genios contemporáneos de la pintura están capacitados para enviar un mensaje efectivo a los aficionados a través del cartel. He visto verdaderos bodrios, al respecto. Éste que encabeza la presente reflexión, no es el caso; anuncia la inauguración de la plaza de toros de Tánger. Como ven, el cartel tiene 72 años de antigüedad y en él se representa un pase en redondo de Luis Miguel Dominguín, la figura más contrastada y popular en aquél tiempo. Firma la obra el citado Juan Reus, prolífico pintor taurino y reputado cartelista hasta su muerte, relativamente reciente, a los 90 años, en su Valencia natal. Es un modelo del impresionismo incorporado a la escena taurina, en el que destaca la fuerza expresiva del color, la arrogancia del torero identificada en la ejecución del pase y la fiereza del animal, representada en el ojo del toro, impulsado su cuerpo hacia adelante por las pezuñas.

La de Tánger es una de las Plazas levantadas en el norte de África, a la vista del auge que la tauromaquia había alcanzado a mediados del pasado siglo. También se dieron toros en Casablanca y Orán, por supuesto en Ceuta y, ahora mismo, también en Melilla, cuya Plaza, llamada La Mezquita, es una preciosidad. Tengo entendido que la plaza de toros de Tánger hace ya muchos años que está fuera de uso; es más, el edificio está prácticamente deshabitado y en condiciones de manifiesta precariedad. Como dato curioso, diré que en este coso taurino tomó la alternativa el apoderado y empresario Manolo Lozano, hermano mayor de Eduardo y José Luis, también empresarios taurinos y propietarios de la ganadería de Alcurrucén. Tal hecho ocurrió en abril de 1970, actuando junto a Manuel Benítez, El Cordobés (padrino de la ceremonia) y Gabriel de la Casa, a quien a la sazón apoderaba el toricantano. Tengo datos fehacientes que me permiten asegurar que esta insólita corrida –la única en que ofició Lozano como matador de toros-- fue un éxito sin precedentes, probablemente, tan grande como el de la corrida inaugural que anuncia Luis Miguel Dominguín, vestido de verde hoja y azabache, interpretando la suerte derechista de su especialidad; una secuencia que debió impresionar lo suyo a los miles de tangerinos que después acudieron a la cita de tan novedoso espectáculo, algunos, incluso con chilaba y turbante.

He querido traer –desempolvar – el tema del cartel tradicional a la vista de la incongruencia interpretativa que suscitan algunos carteles de la vigente modernidad. Ahora, insisto, no se busca el impacto visual y emocional que pudiera causar una obra de arte pictórica protagonizada por el torero de moda. Esto es secundario. Lo que priva es la polémica que suscitan los nombres que se “acartelan”, palabreja esta que la incompetencia gramatical ha incorporado –como tantas otras jerigonzas-- al lenguaje taurino, tan rico de por sí. Otro día hablaré de ello.

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