Bienvenida, 100 años desde La Gloria

A.Bienvenida

Advertencia a quien esto leyere: la fotografía –prima lo documental sobre la nitidez-- que se muestra líneas arriba es un regalo autografiado del diestro Antonio Mejías Jiménez (Antonio Bienvenida) a uno de sus fieles seguidores y admiradores, por quien sentía especial afecto. Está extraída de mi personal colección de la revista El Burladero, cuyo texto dice: A mi buen amigo Pedro Cabezudo, como recuerdo de mi primera actuación en público en El Escorial, año 1934. Ahora, en 1955, sigo toreando lo mismo, aunque el enemigo es más viejo y yo también. Antonio Bienvenida (rubricado). Se ofrece esta premisa como prólogo al pequeño homenaje que, modestamente, quiero rendir a uno de los toreros más importantes del siglo anterior y, desde luego, el que ha alternado con más generaciones de toreros y vivido más intensamente una vocación, compartida, con la cadena dinástica más prolífica que registra la historia del la tauromaquia.

El homenaje se funda en que hoy, 25 de junio de 2022, Antonio Bienvenida hubiera alcanzado la muy venerable categoría de centenario. Será el tercer hito taurino de hace 100 años que registra el actual almanaque, entre medias de la muerte de Manuel Granero en Madrid (7 de mayo) y la inauguración de la Monumental de Pamplona (el próximo 7 de julio).  Sí, señor; en el día de hoy la muy respetable alineación de cien velas encendidas sobre la cumbre de una tarta del mejor obrador de Madrid o Sevilla –sus ciudades del alma--, habría de apagar el torero de la eterna sonrisa, el que opuso a la violencia encastada del toro bravo la armonización gestual que emana de una asombrosa naturalidad.

El niño de la fotografía de referencia pisa la arena parda y seca del ruedo del Real Sitio de El Escorial con unas zapatillas seudodeportivas, de las que emergen unos calcetines largos de lana blanca, casi tan blanca como la carne de sus piernas de preadolescente, firmes y lisas, que se muestran bajo el calzón negro. Es un niño  --tiene 12 años-- el que torea, qué duda cabe, pero ¡cómo torea, el niño! Uno más del patriarca Manuel Mejías Rapela, el que fuera, a su vez, hijo de un tal Manuel Mejías Luján, notable banderillero de la época hegemónica (mediados del XIX) de El Tato y El Gordito, que asumió como apodo el nombre de su pueblo natal, Bienvenida, provincia de Badajoz, y sembró los ruedos de “bienvenidas” para cubrir más de un siglo con sus vidas y hazañas.

El que hoy sería centenario fue, taurinamente hablando, el más longevo de la dinastía. Una prole de seis varones y dos hembras. Aquellos, todos toreros. Desde Manuel, quizá el más rutilante de todos ellos, por su increíble precocidad –tomó la alternativa con 16 años—y portentosas cualidades artísticas en todos los tercios de la lidia, a Juanito, a quien una lesión en el pie le impidió desarrollar el gran bagaje que prometía. El citado primogénito Manolo (Manolito, siempre), falleció prematuramente de un sarcoma pulmonar, en pleno éxito. José (Pepote, siempre), formó pareja con su hermano mayor y fue un torero muy completo que destacó poderosamente con las banderillas. Rafael, murió asesinado en plena pujanza juvenil, mientras Ángel Luis (El Inglés, le decían en la intimidad, por su porte de Sir del palacio de Buckingham) tuvo a la elegancia por fiel compañera en sus quehaceres frente al toro. Y Antonio… puntos suspensivos, que diría Manuel Machado.  

Manuel Mejías Rapela, el artífice de la “taurinidad” de esta excepcional cadena de toreros (Papa Negro del toreo, le nombró en 1910 el ingenioso cronista taurino Don Modesto) se pasó la vida en torno al toro y a su forma de torearlo, cuidando, enseñando y promocionando a sus hijos; por tanto, viajando de acá para allá, de España a América, y viceversa, como un alcaraván mayor, migratorio del nido taurino más apetecible que vieron los siglos. Cuando finaliza la guerra en España, sus dos hijos mayores ya son toreros de postín, especialmente, Manolo, consagrado, aún siendo un chiquillo, como gran figura de su época. Fue el primero de los vástagos del “negro Papa” en redimir las escaseces pecuniarias de la familia y, también, el que costeó la compra de la sevillana finca La Gloria –600 fanegas de tierra con caserío--, para que su querida madre, Carmen Jiménez Álvarez, “madre dolorosa del toreo” por antonomasia, se solazara en su cuarto de estar –butacones confortables--, o en los jardinillos del exterior –sillones anatómicos y crujientes, de mimbre--, mientras aguardaba las noticias de la corrida en que participan sus retoños. Por allí retozaba con ella toda la prole: “Vamos a coger en hombros a mamaíta guapa”, decía el mayor… y todos arrimaban el suyo para pasearla y hacerla reír… a ella, que tanto lloraba en silencio. Cuéntase que, en la pausa de una en esas algaradas, Manolo, dijo: “Yo me retiraré de los toros cuando le dé la alternativa a éste”, señalando a Antoñito. No lo quiso así el Destino. Manolo murió cuando “éste” Antoñito acababa de cumplir 16 años. Porque a “éste” Bienvenida se le llamó Antoñito hasta bien avanzada su carrera taurina. Fue la época de su clamoroso triunfo de novillero en Madrid, la tarde de los pases cambiados, a muleta plegada, a un novillo de Antonio Pérez Tabernero, el 18 de septiembre de 1941, cuando Curro Meloja, el célebre crítico de Radio Madrid (ahora la SER), exclamó: “¡Salve, Antoñito Bienvenida!” Una faena toda ella realizada con la mano izquierda, “zurda o zocata, la mano que está directamente enchufada al corazón”, según describe el rescatador de la crónica, mi muy admirado Tío Caniyitas. A pesar de pinchar dos veces y dar media estocada defectuosa, le pidieron --pero no le dieron-- la oreja y hubo de dar tres vueltas al ruedo, llevándoselo una multitud en hombros al terminar el festejo, calle de Alcalá arriba, hasta la de General Mola (hoy Príncipe de Vergara), número 3, el domicilio de sus padres, donde siempre se vistió de torero. ¡Qué tiempos de afición sana y sabedora, debieron ser aquéllos! Al año siguiente, el 26 de julio, intentó repetir lo de los pases cambiados y naturales en Barcelona y un toro le corneó gravísimamente en el vientre. Fue el toro Buenaraca, el último de una corrida de ¡doce!, un avispado ejemplar perteneciente a la ganadería de Ignacio Sánchez, heredada de su padre, el conde de Trespalacios, a quien pertenecía el toro Viajero que le había tirado al Papa Negro un viaje casi mortal, 32 años antes, en Madrid. No obstante, sus primeros escarceos, aún novillero, celebrados unánimemente por el mundo taurino, le permitieron crear un documento para la historia, dejando caer hacia abajo la mano que torea por chicuelinas, en el llamado “quite de la escoba” en la Maestranza de Sevilla. Ya en la madurez de su trayectoria, al Bienvenida que hoy recordamos se le conoció como Antonio, a secas. Fueron los años en que depuró su forma de estar y hacer ante los toros, consagrándose como verdadero artífice del neoclasicismo en el arte del toreo, cimentado en las zapatas de una sólida personalidad, libre de alharacas. Años de poderío y clarividencia. Años de consolidación como maestro indiscutible, adalid de la lucha contra el afeitado de las reses y protagonista de varias “encerronas” con seis toros en Madrid (una de ellas, quiso hacerlo con ¡doce!, en dos tacadas, pero se le acalambraron las piernas al doblar el noveno) y también de la cornada de aquél toro de Juan Cobaleda que por poco le degüella en Las Ventas, la tarde que confirmó la  alternativa a Jaime Ostos, en el sanisidro del 58. A raíz de aquello se le comenzó a llamar Don Antonio. Después de Mazzantini, el Don no se había vuelto a estilar entre la gente de coleta; pero, en este caso, fue una forma reverencial, con la cual, los aficionados quisieron testimoniar el reconocimiento a su magisterio, por ejemplo, el ofrecido una tarde a la afición de Madrid en la placita de San Sebastián de los Reyes, con una faena antológica en el año 64.

Hacer un panegírico preciso de este inmenso torero sería tarea inútil, porque de seguro habrá casos y cosas que quedarían en el tintero de la memoria; por tal motivo, excluyo de facto sucesos y datos estadísticos, sobre todo estos, a los que tantas veces me he mostrado refractario.

Curiosamente, no lo traté nunca, a pesar de coincidir con mis primerizos trancos en la información taurina. Fue pura –y rara-- casualidad no haberme procurado su acercamiento. Quizá me impresionaba demasiado su presencia –me ocurrió también, siendo yo principiante y ellos consagrados, con otros grandes toreros--, y solo le recuerdo a través del cristal del escaparate de un concesionario de vehículos en la calle Doctor Castelo, de Madrid. Eso sí, su permanente sonrisa no se me despinta.

En cambio, para mi fortuna, fui testigo de su despedida de los ruedos (una de ellas) en el año 1966. Me encandiló. Vestía de verde manzana y oro y le tocó la música --¡en Madrid!--, durante el tercio de banderillas, en el último toro de la corrida. Instantes después, su hermano Pepote le cortó la coleta –o simuló cortársela, porque reapareció al poco tiempo--. Por su cuenta, él cortó tres orejas y conmocionó a quienes abarrotaban el graderío de la Monumental. Años más tarde, se despidió definitivamente en la Plaza de Vista Alegre de Carabanchel, con su hermano Ángel Luis de apoderado y dos excelsos intérpretes del arte de torear a su vera: Curro Romero y Rafael de Paula. Fue la tarde que inspiró a José Bergamín su “Música Callada del Toreo”, porque el gitano de Jerez lo bordó toreando de capa y muleta a un toro de Bohórquez, el 4 de octubre de 1974. Al año siguiente, la becerra llamada Conocida, de Amelia Pérez Tabernero, le dio una voltereta, cuando Don Antonio Bienvenida –incombustible su enorme afición-- participaba en las labores de selección para elegir a las futuras madres de toros bravos, una placita de tientas muy cercana a la Plaza de El Escorial de la foto de allá arriba, y le fracturó las vértebras cervicales, causándole la muerte. ¡Qué impresionante manifestación de duelo su entierro y qué emocionante la llegada a Las Ventas y la última vuelta al ruedo en el féretro! ¡Cómo aplaudían y cómo lloraban hombres de todas las edades! Nunca vi tanta sinceridad en la congoja de la gente. Habían transcurrido cuarenta y un años, desde aquella aparición en público con calcetines largos y blancos, de lana… y pareció que fuera ayer. También hoy lo parece y se cumplen ¡cien años! de su nacimiento en Caracas, accidental lugar y extraño paritorio por mor del nomadeo de una familia que se buscaba la vida allende la mar. Cien años, ¡madre mía!, estará celebrando el maestro Antonio Bienvenida, instalado ya en la otra Gloria --la auténtica, la no terrenal-- junto a su familia directa al completo. ¡Salve, Antoñito Bienvenida! ¡Felicidades, Don Antonio! Los mortales de acá, jamás le olvidaremos.

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