Sergio Serrano y un gran toro de Victorino

Garañuelo

Una feria taurina tan larga y tan densa como la de San Isidro de Madrid bien puede parangonarse con las carreras ciclistas de fondo: la última etapa se define al sprint. ¿Y qué mejor sprinter que Victorino Martín, para meter la rueda en el pelotón de corridas, ya ventiladas, y ganar en los metros finales? Pues con esa intención –es un suponer-- se anunciaría el célebre ganadero en el último festejo de este ciclo taurino que comenzó un ya lejano 8 de mayo. Hoy, se anunciaba la de Victorino como Corrida de la Prensa, rememorando aquellas que organizaba la Asociación de Periodistas, poniendo a algún que otro crítico taurino de reconocida solvencia (Clarito, verbigracia) en la difícil tesitura de contratar toros y toreros y garantizar la suficiente rentabilidad para quitarle las telarañas a la depauperada Caja de la Asociación; pero ya lleva varios años siendo incumbencia de la Empresa de la Plaza de Madrid, metiéndola con calzador en la bandeja de festejos programados a celebrar en tan popular y prestigioso evento. También se ha recuperado la costumbre de disputar la Oreja de Oro, que no es tal oreja, sino una especie de ánfora achatada, un poco más chica que la copa que le dieron a Nadal tras ganar el Roland Garros a primeras horas de la tarde de ayer, cuando aún no se habían abierto las puertas de Las Ventas.

No se cortaron orejas a los toros de Victorino, pero pudo hacer corte cisorio si la espada de Sergio Serrano entra con puntería y letalidad en el morrillo del segundo toro de la tarde. Se llamaba Garañuelo, y a fe que fue un toro de alta nota, un billete de lotería con premio asegurado, de los que reclaman los toreros a los santos y vírgenes de su devoción en los rezos íntimos, preliminares al paseíllo. Se fue a buscarlo Sergio a porta-gayola y… ya saben lo que suele ocurrir: el torero se echó al suelo para evitar el choque y el toro lo buscó con saña, antes de que llegaran los compañeros con sus piernas aladas y capotes ligeros. Por fortuna la cosa no pasó del susto tremendo y el grito ahogado del personal que cubría las tres cuartas partes de las localidades del coliseo madrileño. Otro alarde inútil; pero no insistiré más en su nula rentabilidad de esta relación premio/riesgo. Menos mal que el de Victorino no aprendió zunas y picardías mientras buscaba afanosamente al torero, medio tapado por el rebuño del capote. El toro cinqueño  –todos lo fueron—, no sacó nada en limpio de aquél encontronazo. Y el torero, menos. El caso es que, a pesar del desaguisado,  el animal no dejó de ofrecer eso que la moderna jerga taurina llama “calidad” en el capote del diestro albaceteño y del lidiador Caco Ramos su condición de bravo, tomando con derechura las telas y echando el hocico abajo, condición esta que no dejó de exhibir Garañuelo a lo largo de toda su lidia. Aguantó un tercio de varas pesadísimo, en el que el de tanda, Paco Plazas, no levantaba el brazo de la garrocha ni a tiros, impidiendo, por tanto, que el toro se arrancara y el puyazo se ejecutara en las distancias y condiciones idóneas. Después, en la faena de muleta, ya se decantó definitivamente el tranco largo y recto del toro, y la ligera curva de su cabeza para que los pitones “aterrizaran” en la muleta del torero manchego, desplazándose largo y lento hasta muy atrás, para que Sergio pudiera instalarse en el lugar adecuado y ligar los muletazos. Tal ligazón se hizo esperar, por ese afán que tienen algunos toreros de “recolocarse” en cuanto el toro se muestra remiso a tomar el señuelo escarlata, en vez de ir en busca del toro para ganarle la acción y enhebrar los pases, uno tras otro, que es lo que lleva emoción e interés a los tendidos. ¿Hubo muletazos buenos? Los hubo; algunos, extraordinarios, pero faltos de continuidad, por eso dio la impresión de que la faena de Sergio Serrano no acabó de romper. Desde luego, el toro fue extraordinario, y quien mejor lo sabe es el que lo toreó. Toro de triunfo gordo en Madrid… siempre que se le mate como Dios manda; pero, no; Sergio se lio a pinchar antes de la estocada, refrendada con dos golpes de verduguillo. Sonó un aviso y sonaron fuertes las palmas en la ovación, pero…. ¡qué pena de zambombazo! ¡Cuánto se va a acordar Sergio Serrano de este toro de Victorino en Madrid! El quinto, grande y cornipaso, también fue recibido a porta-gayola por Serrano y esta vez la cosa salió algo más limpia, incluso se estiró a la verónica en terreno de toriles. A la muleta llegó el toro frenándose y remoloneando las arrancadas. Toro deslucido de Victorino, al que el albaceteño mató de una estocada en la parte alta del costillar.

Por delante iba Antonio Ferrera, con su capote azul añil y azulina, que se mueve tornasolado ante los belfos del toro. El primero, degollado de papada, hocico de rata, vareado y terciado de carnes, cumplió discretamente en varas, pero permitió un emocionante tercio de banderillas, entre los subalternos José Chacón y Fernando Sánchez. Después tomó la muleta sin codicia, estando ojo avizor de los movimientos del torero, que no fueron pocos. Murió el victorino de pinchazo y estocada, pero fue duro hasta para rendirse. El cuarto, más cuajado y abierto de cuerna, posibilitó un par antológico de Fernando Sánchez, que se ha consolidado como el mejor banderillero –con diferencia—de la feria.  Fue noble el toro, pero duró poco. No obstante, Antonio intentó sacar del fondo los últimos cangilones de bravo que pudiera tener, en una serie larga de muleta sin estoque, con una y otra mano. Una estocada defectuosa y un descabello acabaron con aquella sesión continua de pases en cadena. Sonaron aplausos para Ferrera y también de tocaron un aviso.

 Román hizo un soberano esfuerzo por comparecer en esta corrida postrera de San Isidro, resentido aún de las heridas sufridas en los tramos anteriores de la feria. No tuvo toros; por tanto no pudo brillar, pero tampoco anduvo fino con las espadas. El primero de su lote fue un toro de aspecto chivatón, cornipaso, que fue bien picado por Manuel Jesús, el hermano de Espartaco y mostró una embestida remolona en la muleta, lo cual impidió la ligazón de los pases, ejecutados uno a uno. Faena larga, aviso al canto y silencio en la tarde, ya todo está en calma. No cambiaron las cosas en el sexto, un victorino legítimo, veleto de cuerna y de preciosa estampa, que desarrolló una incierta embestida. Román jamás le perdió la cara y lo mandó al desolladero de una estocada y dos descabellos. Un toro de extraordinaria nobleza (el segundo) fue la gran baza de Victorino para ganar la última etapa al sprint. El resto, ya ven, se deben analizar con ciertos matices.

Los tres toreros y sus cuadrillas se fueron a la Sala Cultural Antonio Bienvenida de Las Ventas y allí se procedió a la ceremonia que proclama al ganador de la Oreja de Oro en –supuesta—disputa. Fue para Sergio Serrano, que posó para la posteridad con el trofeo, en presencia de la Presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, del Niño de la Capea, invitado especial a esta corrida y los altos cargos de la Asociación. Y colorín, colorado… a esperar  la concesión de la gestión de la Plaza a las empresas licitantes sobre el nuevo Pliego. Un apunte: A ver si la Comunidad se hace cargo de las zonas más deterioradas del recinto, que está hecho un asco y mete mano a las borracherías y algazaras que se montan cuando los restos del último toro todavía no cuelgan de los garfios del destazadero. Y de la indecencia de permitir la entrada de bebidas –alcohólicas o no—entre toro y toro a los tendidos, que ponen perdidos a los demás espectadores al menor bamboleo. Sencillamente, vergonzoso. Ahí te quiero ver, Presidenta y Propietaria. Estaremos atentos a la pantalla… del ordenador personal.

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