Rufo, del supremo riesgo al triunfo incontestable

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Fuera/aparte del juego de los toros y la pericia de quienes a ellos se enfrentaron con puya, banderillas, estoques, capotes y muletas, en la tarde de toros de ayer en Las Ventas se vivieron dos momentos dramáticos, en los que la angustia precisaba una intervención por vía de urgencia para liberar a la escena de un desenlace de indeseables consecuencias. El primero, se produjo en la lidia del segundo toro de la corrida, poco después del segundo puyazo, y tuvo por principal protagonista al diestro talaverano Tomás Rufo, al realizar un quite por gaoneras al toro de Manzanares; unas gaoneras que nada tienen que ver con las que inventó el mexicano Rodolfo Gaona, sino con la versión que de ella realiza José Tomás; esto es: hacer de la echada del capote a la espalda una ceremonia poco menos que litúrgica, superando en boato al recorrido de la casulla que se pasa por encima de su cabeza el sacerdote en la sacristía, antes de colocarse en el ara del altar para celebrar la Santa Misa. Es la recreación pomposa de algo tan simple como colocar el capote trasdosado con el cuerpo, acción ésta en la que, toda la vida de Dios, los toreros no tardaron en llevarla a cabo arriba de veinte segundos. En cambio, en estos tiempos, el capotero anuncia sus gaoneras con un retorcimiento tan espacioso, tan, lento, tan aparentemente enredoso, tan, tan, tan misterioso, que, entre la ralentización del viaje y las acomodaciones de pliegues del capote, puños y puñetas, algunos practicantes-oficiantes, puede que lleguen al minuto. ¿Para qué tanta pregonería? Pues para luego dejar llegar al toro hasta el centro de la suerte y pegar un trallazo con la tela (telonazo) hacia atrás, sin llevar toreado al cornúpeta con el haz de la capa. Esto es lo que hacen la mayoría de los toreros, al tratar de imitar a sus ídolos. Esto fue lo que hizo Tomás Rufo en el segundo toro de la tarde. Y esto otro fue lo que hizo el del Puerto de San Lorenzo: echarse a los lomos a Tomás y apalizarlo sin piedad en el suelo. Daba grima ver al muchacho, a merced del toro, tratando de apartar el cuerno de su garganta, esquivado navajazos en el rostro y tratando de salir de aquél atolladero a la mayor brevedad posible. ¡Menudo rato debió pasar el de Talavera en tan terrible desamparo!; pero, por fortuna, tras visitar la enfermería pudo salir a torear y matar al sexto de la tarde. El segundo trance horríbilis se produjo en ese último toro de la corrida, cuando el buen mozo del Puerto derribó con estrépito al caballo de picar, haciendo con él y su jinete –Manuel Sayago—un revoltijo de equino, humano, peto y atalajes varios que el torazo pisoteaba con rabia y corneaba con furia, aunque por fortuna no hicieron carne en la figura de tan excelente picador. Un milagro, porque hubo de echar capotes sobre el testuz y tirar del rabo de toro con protectora insistencia, para apartarlo de su multiforme presa. No obstante, el piquero pasó a la enfermería –se temió ser víctima de un aplastamiento—y el caballo a la sala de urgencias del patio de caballos. Nada grave.

Estos fueron, repito, los momentos más emotivos, angustiosos y comentados de la tarde, porque la corrida de Lorenzo Fraile tampoco ofreció muchas posibilidades de triunfo a los toreros. Hubo toros que mansearon de salida (el “abantismo”, tan habitual en este encaste), pero se vinieron arriba en el último tercio, y otros que mantuvieron su mansueto carácter hasta que avistaron el balancín de las mulillas. Que se sepa: estos toros mantienen una línea de comportamiento regular, el de una cierta mansedumbre entintada en braveza,  hasta que se cumple el tercio de banderillas. Después, unos se vienen arriba y otros abajo, unos aguantan la fatiga de la lidia y otros doblan las manos. Todo es cuestión de paciencia… y de conocimiento de las virtudes y defectos de esta estirpe de toros de lidia. Alejandro Marcos, que confirmaba alternativa, no acabó de centrarse con el mansote huidizo de la ceremonia, pero pudo comprobar que se dejaba torear sin poner grandes problemas, todo era cuestión de buscarle las vueltas y encelarle en la muleta. El quinto fue mejor. El clásico toro galopón que repite la embestida con monocorde movilidad. No emociona como el encastado, pero “sirve”… siempre que se le domine y se aprovechen las embestidas. Una de ellas, la aprovechó Fernando Sánchez para clavar el que puede ser el par de la feria. Inconmensurable, Fernando. La ovación fue rotunda, de gala. Este Marcos, nacido en el riñón de toreo salmantino de la Fuente de San Esteban, parece que se ha preocupado de “amorantarse”, porque dio muchos pases, sobre todo con la muleta, tratando de yuxtaponer la estética propia con la importada gracia andaluza de la Puebla del Río; pero las estéticas no se fabrican, son cirugía provisional, de prestado. No obstante, Alejandro tiene clase, madera de buen torero. En cuanto afine con la espada y defina su propio estilo, logrará su propósito. Se hartó de pinchar a sus dos toros –sobre todo al quinto--  con espada y verduguillo y se llevó un aviso a la muerte de ambos. Su padrino de ceremonia fue José María Manzanares, que sudó tinta para conducir templadamente las indómitas arrancadas de su primer toro –el del palizón a Rufo--, encastado y acostadizo, al que mató de una soberbia estocada, a pesar de que le echara la cara arriba. Un volapié hundiendo el estoque en la misma cruz. Puede ser la estocada de la feria. Su segundo toro fue muy protestado; pero para protestas, las suyas, las del toro, que arremetió a oleadas, rebrincado e incierto. Toro de los que “transmiten”, por su encastada movilidad… siempre que se les coja la onda. Y bien se la cogió Manzanares en el segundo tramo de la faena, logrando dos tandas a derechas y otras de naturales, limpias, ligadas y templadas, con dos cambios de mano que levantaron clamores. Antes de la estocada (otro volapié impecable) pinchó dos veces y se esfumó la oreja; pero Manzanares redimió con esta faena su paso por la feria de San Isidro.

Más que redimido, salió de Madrid poco menos que consagrado Tomás Rufo. Tardó en recuperarse del trance escalofriante citado anteriormente, por tal motivo –es un suponer-- se dejó enganchar las telas de torear en el tercer toro, uno de los más protestados, por falta de trapío –en realidad, la presentación bajó en algunos toros ostensiblemente--, con el hierro de la Ventana del Puerto. Tomó capotes y muletas al paso y dobló las manos con excesiva frecuencia; pero Tomás llevó siempre al toro hacia fuera y poco ceñido. Además, lo mató, yéndose, de un bajonazo. La otra cara de la moneda la ofreció en el sexto, el de más cuajo del encierro enviado por Lorenzo Fraile. Muy serio, el toro. Engatillado de cuerna, fuerte y rematado de carnes. Protagonizó el lío del derribo con picador al descubierto que se ha descrito, pero también acometió encastado, mucho y bien, a la muleta del talaverano, que cuajó una faena de alta calidad, especialmente en tres tandas en redondo por el pitón derecho. Bajó algo el tono en el toreo al natural, pero el final de faena por bajo, con la pierna flexionada acabó poniendo a la Plaza en pie. Estocada letal, de la que el toro rodó sin puntilla. Se pidieron las dos orejas, pero el presidente solo concedió una. Mejor una incontestable que dos polémicas. Tomás Rufo tiene cuerda para rato.

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