Cuando el valor del torero puede aburrir

Valor Juan Leal

Llegados a este punto, la feria de San Isidro pesa como una losa. La sensación de avidez por llegar a la meta –solo faltan tres corridas— debe ser parecida a la del viajero que ha hecho en coche tropecientos kilómetros y los cincuenta últimos parece que no se acaban nunca. De ahí que la cifra de asistentes –alrededor de catorce mil—hiciera el efecto de que los tendidos estaban medio vacíos, que lo estaban. La tarde, de primavera con cielo entoldado y ligero viento, y el cartel –con perdón--, tampoco arrebataban. Y menos la insistencia difícilmente justificable de repetir ganadería por tercera vez. ¿Otra de Fuente Ymbro? Sí, otra. Y aquí no acaba la cosa, porque ya está anunciada una novillada del mismo hierro para dentro de unos días. Con todos los respetos al bueno de Ricardo Gallardo, ganadero “estrella” de esta feria, creo que el campo bravo español tiene sobrado material bovino para ofrecer una variada gama de toros y novillos de diferente tipología y suficiente prestigio para lidiar en esta Plaza; pero, en fin, vayamos a lo nuestro: una corrida de Fuente Ymbro para Juan Leal, Joaquín Galdós y Rafael González, que toma la alternativa. Ahí viene el primer toro de la tarde, con sus cinco años a cuestas, como todos sus hermanos de camada que dormitan en los chiqueros. Se llama Pardillo y ha sido elegido por la fortuna para que con él tome la alternativa un muchacho de Madrid que ya actuado varias veces en Las Ventas y, dicen, tiene muy “buenas maneras”. El toro tiene buena planta, rizoso morrillo y luce generosa y astifina cornamenta. Una buena cabeza para colgar en la pared del caserón de la finca que se piensa comprar el que está a punto de cambiar de escalafón. El toro se mueve por el ruedo sin prestar demasiado interés a las capas que relovolotean en su entorno, mete los riñones en sus dos encuentros con el caballo de picar y llega al tercio final con prometedora embestida. Tras la ceremonia de cesión de trastos por parte del padrino, Juan Leal, el nuevo doctor en Tauromaquia –pomposo título honorífico que se concede en estos casos—muestra que, en efecto, un tal González, de Madrid, se maneja con soltura y torea de forma reposada, muy confiado, sin el más mínimo atisbo de bisoñez. Liga las series de muletazo con refinadas formas, tomando al toro con la muleta baja y llevándolo en curva hasta donde pueda iniciar el pase siguiente. A derechas e izquierdas, algunos pases resultan largos y templados. El público ha coreado los muletazos más impactantes –sobre todo los naturales--, pero la faena no acaba de explotar; por eso Rafael se coloca la muleta por detrás, a la altura de sus nalgas, e inicia una serie de bernadinas, que es el colofón de moda de las faenas contemporáneas. Se pasa al toro tan cerca que acaba volteado y seriamente herido, con una cornada de 20 centímetros que alcanza la espina ilíaca, que anda por allí. La herida es grave, y la clavícula izquierda también parece dañada. Por tanto, la corrida “internacional” se queda en mano a mano entre un francés y un peruano. El español, el nuestro, Rafael González, está fuera de combate; aunque entró a matar al toro agresor, su palmaria debilidad impidió que consumara la suerte suprema en tiempo y forma. Leal tomó los trastos y liquidó a Pardillo de una estocada.

Entonces se planteó una cuestión: ¿Es válida la alternativa? ¿Se ha cumplido el requisito ceremonial, según el cual, el padrino cede al neófito “la MUERTE del primer toro de la tarde”? ¿Si no mata el toricantano, se puede considerar “matador de toros”? El tema es debatible, porque, en efecto, Rafael, aunque con visibles dificultades, empuñó la espada e intentó lograr la estocada, ésta no se consumó; por tanto, lo que hizo Juan Leal fue REMATAR al toro que no mató su compañero, aunque lo intentó vagamente. En consecuencia, estamos ante el caso de un matador de toros que no ha matado ningún toro. Alguien deberá encontrar la salida a este laberinto. Sea como fuere, la corrida siguió su marcha y los dos toreros restantes se repartieron los cinco fuenteymbros que quedaban por lidiar y dar muerte a estoque. Tres para el de Francia y dos para el de Perú.

Juan Leal—ya se sabía—es un torero que adoba su repertorio con una constante ostentación del riesgo. Se expresa en el ruedo provocando situaciones que pueden llegar a producir angustia en quienes las contemplan. Torea de pie y de rodillas pasándose tan cerca, tan cerca, los pitones del toro, que da la impresión de estar ejercitándose en un funambulismo permanente. Le va la marcha; pero, curiosamente, sabe embarcar a los toros en las telas de torear, especialmente con la muleta. Ayer se explayó en algunos momentos de su faena al segundo toro de la tarde con unos naturales largos y lentos, de categoría; y sin embargo, llega más y mejor a los tendidos cuando los pitones acarician los bordados de su vestido o los morrillos ensangrentan delanteros de chaquetillas y taleguillas. En verdad, hubo algunos pasajes de buen toreo, pero en cuanto puede, parece gozar con angosturas imposibles y situaciones límite. Como maneja la espada con contundencia –se echa encima de los pitones—tras la estocada a su primer toro los tendidos se poblaron de pañuelos agitados por el público con vehemencia y la oreja fue a parar a sus manos. Una oreja, digamos, reglamentaria, aunque hubo votos en contra, precisamente, de los reglamentistas. Su segundo toro fue un toro viejo, al límite de edad, feo a más no poder y jabonero de pelo. Jabonero sucio, ¡y tan sucio! Alguien podía haberle bañado con la manga-riega, antes de salir al ruedo, a ver si se ofrecía más presentable. Éste sí fue un toro para ser protestado, por sus hechuras badanudas, de semoviente a punto de jubilación, y ¡por sucio! Estamos en Madrid, por favor. Es justo reconocer que tomó dos varas empujando, pero también que se puso a escarbar metiendo el hocico sobre la tierra del ruedo, a escasos centímetros del torero. ¡Hay que tener valor para aguantar tanta incertidumbre!… hasta que el veterano de guerra le cazó y le pegó un volteretón tremendo, pero como falló con la espada, le dieron un aviso. Esta fue la norma a seguir por Juan Leal durante toda la corrida. Mostrar que a él, a valor nadie le gana. Lo repitió en el sexto, un toro que estuvo mucho tiempo en el peto del caballo de picar y buscó el bulto insistentemente durante la faena de muleta. Leal fue fiel a sí mismo y realizó un trasteo con cites inverosímiles, pasando el toro en permanente fricción con su cuerpo serrano, hasta dejarle el precioso vestido rosa y oro hecho una calamidad; para que no se lo admitan en ninguna tintorería. La dilatada muerte de este toro, provocó que le dieran dos avisos, sin que su exhibición de valor fuera valorada por el público; antes al contrario, se mostró escéptico y ausente, aburrido, incluso. ¿Puede llegar a aburrir el valor de un torero?  Tremenda pregunta.

Entre medias de estos avatares se desenvolvió con cierta solvencia Joaquín Galdós, pero ciertamente sus toros “no se prestaron al lucimiento”, como decían los antiguos revisteros. El tercero, porque fue un escarbador tardo y un punto noble, y el quinto, porque le faltó celo –como a toda la corrida— y llegó al tercio final con una rebrincada movilidad que la gente no tomó en demasiada consideración. En la parte positiva, anotar dos grandes puyazos de Óscar Bernal y los pares de banderillas de Roberto Blanco, que se llevaron las ovaciones que no logró el maestro.

Y así, entre cornadas, arrimones, vestidos y capas de toros ensuciadas y discrepancias varias, algunos salimos de la Plaza hechos unos zorros. Y tampoco es eso.

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