Gómez del Pilar es torero de "ole", no de "¡ay!"

Del Pilar-2

Hay dos cosas en el toreo que no tienen perdón de Dios: la abulia gratuita del torero cuando la suerte le sonríe y, por contra, el riesgo innecesario cuando la ocasión no lo reclama; para la primera se inventaron las broncas, para la segunda la indulgencia plenaria y la resignación ante la palmaria adversidad. Al segundo caso pertenece el gesto aguerrido, ostentoso y machuno de esperar al toro arrodillado frente a la puerta de chiqueros para saludarlo con una larga  afarolada, llamada “cambiada” porque el diestro despide al toro haciendo volar la capa por encima de su cabeza, utilizando la mano contraria a la de la embestida –o el cuerno-- del animal. También recibe el nombre de “cambio de rodillas” que, como bien saben los aficionados versados en las suertes del toreo, lo realizaba con asiduidad el señor Fernando el Gallo, iniciando el arrodillamiento antes de que el toro se hiciera presente en la Plaza para solicitar la indulgencia o el perdón de público, tras la bronca recibida en el toro anterior, bien a causa de la abulia referida o, simplemente, por un exceso de precauciones ante la evidencia del peligro. Así pasó a la historia tan curioso lance de la lidia, transmutado posteriormente a un quite lucido en las postrimerías de la corrida, ofrecido como moneda de cambio para la reconciliación, que tuvo, entre otros, a Curro y Paula como sus más significados y mejores intérpretes, pasando a llamarse tan lucida como recurrente intervención “el quite del perdón”.

Con el correr del tiempo, lo de esperar al toro frente a chiqueros con las rodillas en tierra ha pasado a ser considerada una “declaración de intenciones” del torero, por si alguien dudara de que viene a torear dispuesto a jugarse la vida. ¡Menuda obviedad!, se dirá; pero, no. Algunos (muchos) toreros necesitan desplegar de manera ostentosa la ofrenda vital de su existencia con gestos de este tipo. “Vean qué dispuesto vengo esta tarde”. "Me la voy a jugar, a ciegas, en la ruleta rusa de la larga cambiada a porta gayola”, parece traslucirse en el pensar de ese pausado andar del torero-porta-gayola, ufano, él, chuleta, él, con el capote arrastras tras la culera de la taleguilla, hasta parar y posar las rodillas sobre la arena de ese lugar del ruedo que huele a chotuno e incertidumbre. Ahí está el toro, se frena ante el monolito de carne humana y percal extendido por delante, en plan alfombra, y… resulta que, en la mayoría de los casos, aquello es un caos, un revoltijo de montera, capa, vestido de luces, pitones y pezuñas. Otras veces, la cosa sale medio bien o bien del todo, y el público aplaude enfervorizado, reconociendo en el hecho la “declaración de intenciones” pretendida; pero, bien mirado, cuando el gesto en vez de gesta se convierte en desaguisado –cuando no en algo peor--, ¿compensa tan amargo trago para tan poca renta? Después de rodar el torero por el suelo y aguardar a que la Providencia se sume a los capotes que revolotean en su derredor, ¿alguien se va a acordar de aquél incidente que terminó en lamentable desaire? Les aseguro, que no. Pasado el tercio de varas ya nadie cree que debe cotizar aquella temeridad gratuita del comienzo de la lidia para justipreciar la labor del torero. Nadie.

Pues, bien, ayer un torero anunciado en los carteles Gómez del Pilar se fue a esperar a su primer toro a la puerta de los chiqueros de Las Ventas, pero el toro no esperaba que le esperaran de tal guisa. El de Escolar, salió, avanzó hasta el montoncillo de colorines que le retaba en extraña postura, se paró un instante y el diestro hubo de desenredarse del lance frustrado perdiendo la compostura, rodando por el suelo y procurando zafarse de las cornadas que el cornudo tiraba, por fortuna con escasa puntería. Fin del primer acto. A continuación la lidia prosiguió, por fortuna, con el torero indemne. El de Escolar mansea en varas y espera en banderillas, cuyo tercio se cumple de forma desordenada, llegando a la muleta desarrollando el sentido que dan los cinco años bien cumplidos, como toda la corrida. La faena de Gómez del Pilar fue, sencillamente, una lección de inteligencia, valor, elegancia y arrogancia, procurando embarcar al toro en la muleta sin la menor vacilación. Fue un verdadero espectáculo ver el enfrentamiento entre la mente clara y la fuerza bruta. Se sucedían los pases en redondo con la mano derecha y los naturales, cada vez más largos, más prietos y más limpios, una vez desbastada la aridez de la embestida de principio de faena; pero los remates eran todos por abajo, ya que el toro no quería nada por arriba, y si lo quería, rebañaba a la salida del muletazo. Tanto se confió Gómez del Pilar, que el toro lo empuntó de lleno y lo lanzó a los aires desde la arena del ruedo como lanza el niño una cometa desde la arena de la playa. Por suerte, nada grave. Volvió a la carga el castellano-manchego en una faena larga, que fue avisada, antes de lograr una estocada entregándose. Faena de torero hecho, cuajado. De gran torero, en suma. La oreja fue de las más legítimas que se han otorgado en esta feria de San Isidro. Un poco más y le sacan por la Puerta Grande. Un poco más, decía. Quizá por eso este Gómez del Pilar se vistió de nuevo de torero-porta-gayola, no tanto para “declarar sus intenciones” como para avisar que venía a por el botín completo. Fue entonces cuando se repitió la escena lamentable del revoltijo anterior, solo que, esta vez, el pitón entró certero y limpio por el glúteo izquierdo hasta bordear el fémur, con una extensión de 20 centímetros. Una grave cornada que le va a tener en cama unas semanas. ¿Había necesidad de este alarde? Una vez demostrada su calidad impecable y contrastado su valor auténtico, ¿por qué exponerse de nuevo ante toros de este encaste, tan proclives a frenar frente a un bulto sospechoso? Ahí terminó la esperanza de un excelente torero, injustamente postergado, que quiso dar que hablar en la Plaza más importante del mundo. Eso lo ha logrado; pero, conste, este Noe Gómez Rodríguez, que se anuncia Gómez del Pilar, merece más atención y mejor trato en este endogámico mundo del toro. No es un torero-porta-gayola. Es un pedazo de torero. Que alguien abra los ojos de una vez.

La corrida de José Escolar tuvo muchos matices, pero, desde luego, un indudable interés para el aficionado. Fue esencialmente brava, con los problemas colaterales que conlleva la bravura a lo largo de la lidia. El primer toro, un entrepelado oscuro de preciosa lámina, fue el más noble –en puridad, el único—de la corrida. Lástima que le pegaran en el caballo hasta que la sangre bajó por el brazuelo hasta la pezuña. El segundo, también bravo y encastado, fue muy mal picado –insistente y muy trasero-- por David Prados, esperó a los banderilleros y reponía terreno a la salida de los muletazos. Es la bravura defensiva, cuando el castigo lacerante de la puya hace estragos. El cuarto, uno de los malos para el torero y, espero, para el ganadero: sin clase ni casta. Embestía con la pala del cuerno por encima del palillo y nunca fue metido en la muleta. El quinto, un precioso cárdeno, justamente premiado al salir al ruedo con una ovación, se fue de largo al caballo de picar y recibió  un buen puyazo de Antonio Prieto. Esperó a los banderilleros y llegó a la muleta mansote y remolón. Y el sexto se mostró negado en el caballo de picar y artero en banderillas, lo que no fue obstáculo para que Ángel Otero colocara dos antológicos pares de garapullos. En el último tercio no tuvo, literalmente, un pase. ¿Fue ilidiable? Desde luego, toreable, no.

Octavio Chacón, mostró sus finas maneras y su buen oficio en los dos toros. Sacó lo que tenía en muy sangrado que abrió el festejo  e hizo un esfuerzo baldío en el cuarto. Desafortunado con los aceros, oyó un aviso en el primero y dos en el perverso que hirió a Gómez del Pilar. Alberto Lamelas tardó en acoplarse al encastado escolar lidiado en segundo lugar, pero estuvo siempre valiente y animoso. En el quinto, que  trató con su proverbial templanza en la brega Rafael González, también le costó afianzarse con el toro por esperarle con la muleta retrasada, en vez de ponerla por delante; por ello, hubo de pasar por algún trance comprometido. Lo dilatado de sus trasteos y los fallos con los aceros en este quinto, propiciaron que le enviaran uno y dos avisos, respectivamente.

El público asistente –algo más de media Plaza—salió lamentando el percance del triunfador de la corrida, Gómez del Pilar; pero nadie se equivoque: éste es un torero que no precisa “calentar” al público con alardes de riesgo innecesarios. Es torero de “ole”, no de “¡ay!”. Sabe torear, y muy bien. Denle más corridas y verán…

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