La epifanía del Toro de Madrid

Toro de Madrid

En cuanto apareció Peinanovias en el ruedo de Las Ventas, se aclaró el misterio. El Toro de Madrid, ese que, según se anunció en el escaparate del tendido hace unos días, anda buscando afanosamente la conspicua afición de la villa y corte, se mostró esplendoroso, imponente, hermoso como el que más y asustador como ninguno. Lleno de todo: 603 kilos de peso y leña sobre el testuz para alimentar el horno de la más célebre y castiza de las tahonas madrileñas de hace la tira de años (siglos, quizá). Ahí lo tienen, altivo, retador, orgulloso de pertenecer a la estirpe de los parladés que repartieron en cuatro lotes los herederos de don Luis Gamero Cívico. Su propietaria es ahora Isabel Flores, hija de otro Samuel, sobrino del fundador de esta dinastía de ganaderos, del mismo nombre. Lleva sobre el anca la “F” de doña Manuela Agustina López Flores, madre del actual Samuel y, por tanto, abuela de la propietaria. Tras este Peinanovias fueron saliendo de sus chiqueros otros hermanos de camada de la misma reata, llamados Peinanenas y Peinarizos, segundo y tercero, respectivamente; que digo yo si no serán parientes lejanos de aquél Peinadito que inmortalizó El Viti en la feria de Sevilla del 66; porque esta ganadería está llena de peines, cacharros, instrumentos musicales, etcétera, para identificar trayectorias por resultados de cruzas. En cualquier caso, todos los toros que aparecieron sobre la arena del coso madrileño (incluido el citado Peinarizos, devuelto a los corrales) tenían el código genético machihembrado con este título: samueles. En lo que a tipología se refiere, no se conoce nada parecido. Ahora bien, una cosa es lo que se anuncia, lo que pregona el fenotipo y otra la condición intrínseca de sus propiedades y valores para la lidia. Una cosa es el aspecto y otra el carácter.  Todos ellos salieron, más o menos, abantos, es decir, corretones y distraídos. Hubo uno, el segundo de la tarde, que por poco salta al callejón por encima del burladero de cuadrillas, con el susto consiguiente a quienes ocupaban dicho habitáculo en nutrido y apretado grupo. Y otro, el quinto, que hizo una gran pelea en varas, tomando un fenomenal puyazo de Héctor Piña y apretando de veras en el peto, con pujanza de bravo.  Por el contrario, el resto se dejó pegar sin entregarse a la lucha (el primero) o se repucharon descaradamente (el sexto). Incluso los hubo (segundo y cuarto) que perdieron las manos en distintas fases de su lidia. El tercero de la ganadería titular fue el más bajito del lote de samueles, por tanto, el más y mejor proporcionado, sin grandes desmesuras y, por ende, fue protestado por algunos aficionados, tomando la flojedad por bandera y excusa de la repulsa, hasta que el peón Triviño consiguió con sus capotazos bajeros tirarlo de nuevo al suelo y obligar al presidente a sacar el pañuelo verde. No fue corrida fácil de torear, por dos motivos: la desaforada dimensión de algunas cornamentas, y la escasa capacidad combativa de los semovientes. El primero pareció venirse arriba al iniciarse el tercio final, pegando arrancadas continuadas, pero aquella proclama duró apenas unos pocos minutos. El segundo, un castaño que salió engallado, como pidiendo el carné de toreros a los que andaban por allí, pagó cara su baladronada y fue duramente castigado en varas, por lo que acabó blandeando más de lo esperado. Muy incierto el cuarto, el más peligroso de la corrida, por su impresionante arboladura y porque no perdonaba la menor indecisión. El quinto, ya digo fue el que más se prestó a hilvanar las tandas de muletazos, aunque tampoco fue un dechado de bravura, ni Dios que lo fundó; y el último fue una “aburrición” de toro, muy deslucido y siempre a la defensiva, cortando los viajes y andando por allí, tirando gañafoncitos a las telas de torear. ¿Y los toreros? Valentísimo Fernando Robleño ante un toro (el segundo) que se vino abajo muy pronto, y otro de enorme tamaño y un cuerno derecho que parecía la torre Eiffel, al que dio fiesta en tandas en redondo con la derecha, incluso ensayando algún que otro pase natural y remates airosos. Solo ver pasar por delante de su menuda figura aquellas guadañas córneas, creaba un escalofrío en el público. Mató a su primer toro de pinchazo y media muy caída y se hizo el silencio en la Plaza, pero al de los cuernos desaforados le metió el brazo con habilidad y derribó a la mole de una estocada, ganándose la ovación de la tarde. Morenito de Aranda lidió como tercero-bis un sobrero de José Cruz (encaste domecq, vía Daniel Ruiz), toro cinqueño que hizo cosas de corraleado y fue protestado, probablemente, porque comparado su aspecto con los samueles, no había color. Tomó el toro un gran puyazo de Manuel Sayago y se vino de largo a la  muleta del arandino, que se lució a ráfagas en una faena intermitente, de la que destacan algunos pases naturales, de buena traza. Mató de una estocada y se ganó el aplauso de la gente. En el quinto, subió el tono, porque el samuel embestía como una galerna desatada. Antes de que Jesús Martínez, muleta en mano, se fajara con él, Fernando Sánchez clavó un par de banderillas dejando llegar al toro sin moverse un ápice, para con un ligerísimo movimiento de caderas, levantar los brazos, clavar en lo alto y salir andando de la suerte. Sencillamente, magistral. Este detalle le obligó a quitarse la montera para corresponder a una atronadora ovación y, de paso, animar el cotarro, porque la tarde se estaba llenando de un sopor denso; vamos, que por mucho kilo y mucho cuerno, la corrida de Isabel Flores (cuatro toros de la “F”) y su padre, Samuel (dos toros del Hebillón) estaba siendo dura –dura, de falta de alicientes-- también para los más de quince mil espectadores que ocupaban los graderíos. El toro, falto de fijeza, simplemente se dejó torear; lo que ocurre es que Morenito le echaba hacia afuera en cada muletazo, y eso que este toro no fue de los cornalones. Faena larga, tan larga que nos dieron las nueve en punto de la incipiente noche cuando el torero dejó un pinchazo y una estocada desprendida y tendida. Le dieron dos avisos. Hubo confirmación de alternativa, la de Damián Castaño, hermano de Javier, aquél que, de novillero, hizo cavilar a un chiquillo, figura en ciernes, apodado El Juli. Cumplió con creces. Aprovechó en la medida de lo posible el pitón derecho del toro de la ceremonia, logrando los pocos pases que tenía en su cuerpo serrano, antes de que se le agotara el caudal de embestidas. Pinchazo y media… y cuatro toros más para esperar su segunda actuación en el sexto, un castaño chorreado que apenas ofreció oportunidad al torero novel para mostrar sus cualidades. Nunca volvió la cara, antes al contrario, le robó al Samuel algunos  muletazos yéndose en su busca, incluso estimulándole con la voz. Dio la impresión de que buscaba el trofeo de la oreja desesperadamente; pero no llegó, La cosa acabó con dos pinchazos, estocada que asoma y dos descabellos. Fue la corrida en la que, por fin –y a la vista de los aplausos que despertaron en amplios sectores del graderío de la Monumental de Las Ventas los toros de los Flores, nada más aparecer en el ruedo— se produjo el advenimiento, la epifanía del Toro de Madrid. Helo ahí, en la foto de arriba del todo. Podría ser, más o menos, la de su carné de identidad.

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