El triste sino de los toreros de "a una"

Colombo

Los toreros de “a una” en San Isidro, son gente de hándicap. O de órdago a la grande a voleo, mientras se reparten las cartas en una partida de mus. O de envidar el resto nada más doblar el pico del naipe en una sola jugada de póker. El hándicap es, por definición, un anglicismo que asume quien juega con desventaja, y en esta feria, larga como un día sin pan, los toreros que solo tienen contratada una corrida han de abordar su oportunidad empleándose “a la heroica”,  sin reparar en las circunstancias por las que atraviesa la ganadería que les ha sido asignada, ni la fecha, ni los compañeros de cartel, ni nada de nada. Ni los honorarios, incluso. Van a torear una entre veinticuatro corridas de toros, lo cual equivale a la veinticuatroava parte de posibilidades de triunfar. Una y gracias. Ahora o nunca, hay que coger el tren del toreo que pasa por la estación de Ventas. En eso están los toreros de “a una” cuando se hacen oficiales las combinaciones de los carteles de esta gigantesca manifestación taurina, inventada hace 75 años con moderado metraje por don Livinio y llevada a un verdadero maratón de festejos de la mano de los hermanos Lozano; ambos convertidos ya en empresarios emblemáticos, con busto y placa, respectivamente, en el jardinillo del patio de arrastre; ambos, también, hubieron de poner a los de “a una” en determinados carteles, como los han puesto este año los gestores de Plaza 1, haciendo hilo con el último invento referido. Entre ellos, están Domingo López Chaves y Jesús Enrique Colombo. También estaba, en principio, Diego Carretero, que confirmaba alternativa, pero ha sufrido una inoportuna lesión y su puesto lo ocupó uno de “a una” (Javier Cortés), que le ha convertido en uno de “a dos”, y ustedes me perdonaran este pequeño galimatías numérico. En cualquier caso, los referidos diestros han debido pasar un par de meses con la cabeza a pájaros o en duermevela permanente, porque eran conscientes de que esa corrida, la única, debía ser la clave de sus sueños, la esperanza de un futuro mejor, el acicate que consolida la fe en sus posibilidades. Desde que sus apoderados les comunicaron la buena nueva es de suponer que se pondría en marcha un carromato de ensoñaciones, cuajadas de proyectos y bienestares. “Sí; solo tienes una, pero es de Pedraza de Yeltes que está en un momento extraordinario”, diría uno cualquiera de sus apoderados. “De ti depende que sean muchas más, en Madrid o Sebastopol”, añadiría. Y el torero de “a una” le daba cien vueltas a la cabeza, toreaba de salón horas y horas, iría a ver la corrida al campo, haría tentadero en la casa ganadera… Entre tanto, las cábalas se precipitaban en su magín, haciendo números y más números, bonanzas, prestigios, dineros…¡adiós penurias! Así un día y otro día, hasta que llega el día de ayer. El patio de cuadrillas parece la gruta de los silencios; pero la imagen de Javier Cortés, el que ha pasado a ser uno de “a dos”, estimula el ánimo: “Si este ha llegado a ser ‘de dos’, yo no voy a ser menos”. Y, entonces, con algo más de media entrada de público, sale el toro. Uno tras otro, hasta seis.

El toro es, en muchas ocasiones, un alcahuete maldito del Destino. Mira que la ganadería de Pedraza de Yeltes tiene fama de pasar por una de las más regulares en lo que a comportamiento bravo se refiere. Mira que sus toros presentan una morfología de notable tamaño, pero con proporciones morfológicas bien distribuidas. Mira que gozan de alto cartel en Madrid y, sobre todo, en las Plazas del Midi francés; pues bien, ayer los predrazas no respondieron a las expectativas. La mayoría exhibieron una sorprendente bajura de casta y pronto negaron embestidas en el tercio final. Es verdad que algún toro  mostró nobleza, pero era una nobleza insulsa, de la que no transmite al tendido la emoción indispensable que debe aportar el toro de lidia. El tercero fue el más desafiante del lote de toros que llegó de Castraz de Yeltes, es decir, el más encastado, y el sexto se empleó en varas con verdadera furia y desarrolló codicia en el tercio final, si bien reponía terreno con presteza a la salida de los muletazos y se quedó como ausente en el tramo final. Fue, precisamente, el lote que ganó en el sorteo Jesús Enrique Colombo, un muchacho venezolano que bien puede instalarse en ese grupo de toreros que los antiguos revisteros llamaron “bullidores”, esto es, los que cifran su concepto del toreo en las facultades físicas, el valor, un contundente manejo de la espada y un cierto capital de desparpajo (suyo fue el quite, por chicuelinas, más lucido de la tarde); lo que se dice un torero “popular”, banderillero espectacular y valiente a carta cabal, que gusta a la gente que entiende la Tauromaquia como a una fiesta; en cambio, el aficionado conspicuo lo rechaza de plano, y de estos hay unos cuantos en la Plaza de Las Ventas. También el segundo toro permitió a Javier Cortés ligar unos pases naturales armoniosos, templados y de largo recorrido, porque el toro iba hasta atrás, merced a ese aludido fondo de nobleza. Y poco más. Bajo de raza el primero, pasó por las expertas manos de López Chaves en un comienzo reposado de faena… y sanseacabó. Tampoco el cuarto, grandón y soso, le ayudó a Domingo, que anduvo con él, con la solvencia de quien acumula una veteranía bien aprovechada, pero no consiguió alargar el corto viaje del toro y hacer que humillara ante la muleta. Algo parecido fue el comportamiento de Tontillo (ese era su nombre) que hizo quinto, un colorao, alto y silleto, que salió abanto y cortó en banderillas para --¡sorpresa!— después de embestir sin celo le pegó media docena de arrancadas a Cortés y permitió al torero trazar el pase natural y en redondo como hiciera en su primera comparecencia, cuando era “uno de una”. Hubo, eso sí, estocadas cobradas al primer intento. Ni un pinchazo y solo dos descabellos, por parte de Colombo. ¿Corrida aburrida? Más bien, sí; pero los peores parados fueron los integrantes de la terna. Se les fue la tarde –y con ella las cábalas y los sueños-- sin que apenas se dieran cuenta. Se van de Madrid como entraron, sin ganar ni perder, es decir, con la “tiesura” con que llegaron. ¡Qué difícil resulta aunar voluntades en los toros y concertar a la buena suerte para los toreros ese día y a esa hora! Es el triste sino de los toreros de “a una”.

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