¡Ay, si Bastardero sale de cuarto!...

Bastardero

Al llegar a la Plaza me encuentro con Moisés Fraile, ganadero de El Pilar, cuyos toros se van a lidiar esta tarde en Madrid. En el saludo le expreso mi alegría por encontrarnos en tan grata tesitura, pero no con el sobado y artificial “¡m’alegroverte!” de acento andaluz, sino con el sincero “me alegro mucho de verte, y lo sabes” pronunciado en castellano, seco, “a la pata la llana”, que es la munición de la sinceridad que se carga en nuestra tierra para este tipo de situaciones. Le deseo suerte, porque se la merece, por buen ganadero y mejor persona; y por pertenecer a una familia de criadores de bravo –los Fraile-- que goza de todas mis complacencias. Por todo eso, a la hora de hacer lo que llaman de forma gratuita el “juicio crítico” de la corrida, me conforta el hecho de haber presenciado una gran corrida de toros; dicho lo cual, y a la vista del resultado artístico del festejo pudiera parecer que la complacencia antes confesada ha podido influir en la creación de la tinta en que se habrá de mojar la punta de la pluma de escribir; pero, no. Insisto: los toros que ayer salieron al ruedo de Las Ventas completaron un lote que para sí quisieran el resto de ganaderías que habrán de comparecer en tan ilustre como complejo palenque taurino. Ocurre, sin embargo, que, de la misma manera que los toreros rehúyen los carteles en que –por mor de la antigüedad—deben “romper Plaza”, y acuden a la argucia de una alternativa o a un reaparecido que “vaya por delante”, también los toros deberían gozar de este privilegio y ser el ganadero el que dictamine el orden de lidia. Hace siglo y pico era así, ¿recuerdan?: en quinto lugar debía lidiarse el toro de mejor nota o el que más fe en su buen juego tenía el ganadero, detalle éste que, como todo el mundo sabe –y si no lo sabe, se lo recuerdo-- propició el dicho “no hay quinto malo”… hasta que se instauró el sorteo puro y duro.

Esta antigualla tan manida me viene como anillo al dedo para construir un relato hipotético, en el que se hubiera alterado el orden numérico de salida al ruedo de los toros. Sin ir más lejos, el que abría la corrida, un cinqueño de nombre Bastardero, de 543 kilos, bajito de cruz, manicorto, bravo donde los haya y encastado como el que más de los criados en el Puerto de la Calderilla de Tamames. No paró de embestir, tomando por abajo los utensilios de torear y rebosándose en el viaje hasta más allá de lo que ofertaba el mando del torero. Un torero llamado Javier Cortés que lo toreó barriendo la arena con los flecos de la muleta, abriendo mucho el compás de sus piernas y quebrando la cintura para alargar al máximo la dimensión de las suertes. Un toro de altísima nota, de los que consagran en Madrid a una figura del toreo o le ponen en ese camino a quien quiere serlo. Por ahí anduvo Javier, pero sin alcanzar el culmen que el toro demandaba. Torea poco, es verdad, pero un toro de esta categoría es para reventar la Plaza. Hubo pases en redondo con la mano derecha que fueron acogidos con beneplácito por el público, y naturales de buen porte, abrochados con pases de pecho y de trinchera de buena nota. La faena fue larga, porque el toro no paraba de embestir, a pesar de tener la espada hundida hasta los gavilanes. Por eso sonó un aviso y por eso se dio por buena la oreja que concedió el presidente, atendiendo a la petición popular, mientras el toro era conducido al arrastradero en medio de una ovación… que se me antojó corto premio. Y es que el público todavía estaba por entrar, no solo en la Plaza, sino en la corrida. Llega a lidiarse en cuarto lugar y a Bastardero le premian con la vuelta al ruedo. ¡Ya te digo! Ese cuarto, en cambio fue uno de los toros más “pilar” de los que trajo Moisés a la villa y corte. Agalgado y zanquilargo, hecho cuesta arriba y bien armado, descolgó sin embargo en un inspirado quite por chicuelinas de Cortés, lo mejor que se hizo con el capote en la tarde de ayer. La faena de muleta, sin embargo, tuvo demasiados dientes de sierra, tal cual muletazo limpio y largo, junto a otros de menos mando y dimensión. Además, el fallo con la espada le cerró definitivamente el sueño de Puerta Grande que el excelente lote prometía.

Los demás participantes en la contienda de esta segunda corrida de toros de la feria de San Isidro no pudieron siquiera acercarse a esa premonición de triunfo gordo que la corrida de El Pilar ofrecía. Tomás Campos, porque estuvo increíblemente errático toda la tarde, como si el escenario y el buen juego de los toros le pesaran como una losa. Al bravo y noble jugado en segundo lugar no logró cogerle el aire en ningún momento, contribuyendo a que se descubrieran dos realidades: la impotencia del joven diestro y la excelencia del comportamiento del toro, dejando que masacraran al quinto en varas, al punto de que el animal salió con la sentencia de una muerte prematura del peto del caballo. A uno lo despenó de un bajonazo y a otro de un golletazo. No les digo más. Le pitaron por ello y, además, le avisaron. También fue avisado (uno y casi tres avisos) Francisco José Espada, sin que lograra plasmar en la arena de Las Ventas la faena larguísima que traía estructurada desde casa, o desde el hotel o desde el patio de cuadrillas. Trató, eso sí, de ofrecer la imagen de “fino estilista”, tanto en el tercero –el único que apuntó rajarse hacia las tablas—como en el sexto, el toro más noblón y galopón de la corrida, pero el que aportó menos emociones. Aun así, toro para torear hasta hartarse. Y eso fue lo que hizo este Espada: dar pases y pases “de todas las marcas”, como decían los revisteros de antaño, lo cual provocó la hartura del público. Un mitin con el verduguillo por poco propicia que le echaran el toro al corral. El mismo animal debió pedir eutanasia de urgencia al dios Tauro, porque en el último segundo se desplomó. Hubiera sido injusto.

Destacaron los subalternos Iván García y José Luís Triviño con capa y banderillas y también Jesús Arruga con “las frías”; pero, a veces, los toreros con su impericia o terquedad en el repertorio, difuminan el gran juego de seis toros y el prestigio de quien los cría. Gran corrida de Moisés Fraile. Que nadie se olvide de ella. Dicho queda.

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