El día que conocí a Santa "Clos"

Papa Noel

Sucedió hace veintitantos años, durante un vuelo desde la ciudad de México a Madrid. Comoquiera que me sintiera poseído por esa laxitud que se abraza al aburrimiento cuando el ronroneo de los motores invita a la somnolencia y la maravillosa quietud de la aeronave se estanca a varios miles de metros de altitud sobre el Atlántico, decidí darme un garbeo para fisgar entre el pasaje, a la caza de entretenimiento a costa de algún aficionado a los toros, por ejemplo; pero no hallé sino dos rostros muy conocidos, dos jugadores de fútbol recién salidos del Real Madrid. Saludé a uno de ellos con un gesto de mera cortesía, pero su cariñosa respuesta –“¡hombre!”, replicó a mi saludo—me dio pie para celebrar el encuentro y pegar la hebra descaradamente. Encontré, pues, un palique de máxima categoría. Dos figuras mundiales del balompié para matar el tiempo sobre la panza de un avión, sin turbulencias que inviten al sobresalto, era un premio que sobredimensionaba mis pretensiones. Me cuentan que están jugando en el equipo de la ciudad de Puebla y regresan a España, por Navidad. O sea, que debíamos andar por la linde de la última semana de diciembre. El primer interpelado me presentó a su esposa, que viajaba con dos niños muy majos, de sobre los cuatro y seis años, respectivamente. Los adultos hablamos de toros, porque era de lo que aquellos padres querían hablar. Mejor para mí. Fue una charla larga y confortante que, probablemente, no supe agradecer lo suficiente. Quizá me desconcertara la respuesta que me dio la esposa citada cuando en un parón de la plática me dirigí a los pequeños y lancé la clásica y tontorrona pregunta que en esas fechas se suele hacer a los niños: “¿Y qué les habéis pedido a los Reyes?” Terció la madre: “No hay Reyes, nosotros venimos a por los regalos que ha traído a Madrid Santa Claus, verdad?” Y los niños, sumisos y creyentes, asintieron. En realidad aquella bella y joven mujer pronunció Santa "Clos”, por lo que, en principio creí que había santificado –en femenino, por error-- a un jugador del Barcelona, coetáneo de su esposo: un tal Paco Clos, delantero centro, por más señas; pero no, en seguida me percaté de mi atraso mental en lo tocante a la nueva mentalidad de una generación de españoles inmediatamente posterior a la mía. Al parecer, ya entonces la Navidad en España estaba empezando a desmarcarse –lo propio, en este caso--  de su origen cristiano, algo que, en estos tiempos está cumpliéndose hasta extremos insospechados. La gente mayor echa –echamos-- de menos aquellas Nochebuenas de familiares en revoltón, en mi caso, con las calles del pueblo alfombradas  por dos cuartas de nieve y las gentes del lugar yendo a la Misa del Gallo --los hombres, pelliza con cuello y forro de piel de borrego y las mujeres, toquilla trenzada de lana gorda--, en medio de la ventisca. Después del emotivo epílogo del besapiés a la figura policromada de Jesús nacido, en brazos del Cura de la parroquia, tocaba irse a casa, a seguir comiendo turrón y otras golosinas navideñas, al tiempo que se jugaban unas perrillas a las “siete y media” entre padres, abuelos, hijos, nietos, cuñados y algunos miembros de la vecindad. Entre lance y lance del juego, los peques cantábamos villancicos. ¡A Belén, pastores, a Belén, chiquitos! ¡Campana sobre campana! ¡Pero mira cómo beben los peces en el río! ¡Hacia Belén va una burra!... Y la mujeres, mayormente, tintineaban con el mango una almirez de bronce o frotaban con el rabo de una cuchara los relieves de vidrio de la botella de anís del  Mono. Todos, chicos y grandes, sabíamos que se celebraba el nacimiento del Mesías. Y que el Mesías era Bueno, Grande, Misericordioso. El canto era un rezo inocente de voces atipladas, coreado al final por risas y besos familiares. Con el tiempo –sobre todo, en este último tiempo—todo se ha ido evaporando, desfigurando, malrotando. Los villancicos han ido desapareciendo de los días navideños, los días en que, supuestamente, se celebra un acontecimiento de enorme trascendencia para la Humanidad. El villancico ha pasado de ser una sinfonía indeleblemente alineada con la Navidad a considerarse una tabarra cutre, abominable… fascista, quizá. Es decir, que, hace mucho más de medio siglo, cuando en los pueblos de Andalucía las campañillas despertaban en la madrugá a la Niña de la Puebla, los Campanilleros eran unos tipos miserables, sucios, de mal gusto; pero no lo sabían. Como tampoco sabían que empezaba a forjarse y afianzarse la figura de un tal Papá Noel que acabaría por hacerse con el “negocio” de la ilusión de los niños de la parte de acá del mapamundi. Dicen que es un personaje de leyenda, un ser inventado para destronar a los Reyes Magos. De momento, solo ha conseguido compartir --duplicar, más bien—el brillo de unos ojos tiernos y limpios, de esa esperanza hecha alegría que se aloja en el campo mollar de la inocencia. Pepe Pinto, el esposo de la genial Niña de los Peines cantaba un popurrí de palos flamencos titulado “Noche de Reyes”, con el que mostraba su ductilidad en el dominio de lo profundo y lo liviano del cante jondo. Todos los años, mi hermano Domi, que cantiñeaba con majeza, lo repetía por lo bajini a su amigo Chiquito, el cartero: Vienen bajando/por los caminos del cielo/los Reyes vienen bajando/y en bolsas de terciopelo/a los niños van llevando/bombones y caramelos… Ahora, ya ven, Papá Noel acaba de dejar su cupo de regalías y los Reyes Magos, en España, van cayendo, poco a poco, en un progresivo desuso, configurándose en una especie de ilusión de segunda mano. Les ha pasado como a los villancicos: de una rutina esperada con avidez y una tradición graciosa, divertida, incluso emotiva, ha dado en una evocación indeseable y latosa. Se dice todo esto sin añoranzas de beatería, de la que estoy bien lejos, ni temerarias renuncias al progreso de la sociedad civil. Es que me ha causado gran impresión comprobar cómo, en esta Nochebuena, dos  niñas de cuatro y nueve años esperaban, cargadas de nerviosidad y henchidas de emoción, la llegada de Papá Noel. O el Santa "Clos" que me dio a conocer la esposa del pelotero en aquél avión. Encima, les pido que canten un villancico y se arrancan con Merry Christmas, ¡cantándolo en inglés!

En fin, ya comprendo que todo esto tiene poco que ver con la actualidad del mundo de los toros, pero es en lo que ocupo mi pensamiento en estos últimos días del año veintiuno de nuestro siglo. Empiezo a pensar que soy un rancio. Qué le vamos a hacer.

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