Curro y el tiempo

Curro

Me planto ante el teclado con un cabreo de mil diablos. Estoy aquí, en mi tierra de nacencia, mirando por la ventana cómo miente la grisura del cielo de Valladolid cuando le abre las fallebas al sol del invierno, ese sol de azul hiriente que engatusa y engaña como pocos soles cuando su punzada rompe la manta densa de la niebla. Al frío de por aquí, en este tiempo, no hay sol que se le resista, y viceversa. Estoy aquí, con la maleta recién desecha, porque un frío-castellano-viejo, inmunológicamente mal digerido, no ha permitido que pueda viajar a Sevilla, para estar con Curro Romero y participar de forma simplemente presencial, en lo que considero un acto taurino de extraordinaria relevancia: celebrar sus primeros 88 años de vida y asistir a la proyección de un documental titulado “Curro Romero, el maestro del tiempo”, en el que sus promotores—especialmente Pedro Pérez, Chicote y el director, Curro Sánchez Varela-- me honraron grandemente incorporándome al elenco de personajes que aportan breves testimonios verbales sobre la figura y la obra del maestro de Camas, es decir, el Faraón. Va para un año en que, en estos mismos lugares y enredado en una niebla de mil diablos, realicé la grabación solicitada. Desde entonces, perdí la pista del proceso subsiguiente, pero Pedro me iba comunicando, periódicamente, el proceloso montaje de tan denso aporte documental, en el que destaca sobre todas las aportaciones la del gran protagonista. Es muy difícil, créanme, poner a Curro delante de una cámara para que hable. Menos aún, para que hable de sí mismo. He aquí el gran triunfo del grupo de trabajo que se embarcó en la tarea de llevar a cabo un proyecto poco menos que irrealizable. Curro es la persona más cautelosa ante el ditirambo propio y más prudente y respetuosa para con los demás que he conocido. Así de claro; por tanto, una vez conseguida la proeza de sentarle ante una mesa camilla y dejar que fluyan sus reflexiones sin prisa, con las pausas que estime convenientes, sus palabras adquieren una impensable dimensión, una trascendencia fuera de lo común, mostrando, por primera vez, el insólito descubrimiento de la veta filosófica de un torero irrepetible. Esa es la referencia que tengo del documental que esta tarde-noche se proyectará en Sevilla: la aparición de Curro Romero como un artista emérito, felizmente reencontrado consigo mismo, que remansa el inmenso caudal de su experiencia, dentro y fuera de los ruedos, y lo manifiesta desde el reposo, que siempre fue el apoyo inmarcesible de su proverbial forma de entender el arte del toreo. Aparte la referencia apuntada, me asiste el privilegio de haber sido vehículo transportador y notario verbal de la decisión más trascendental de su longeva trayectoria taurina: el anuncio de su retirada de los ruedos. Nunca podré agradecer la inmensa fortuna que tuve de ser partícipe directo de aquella confesión espontánea y de las íntimas reflexiones, en tan delicado momento, de uno de los toreros más carismáticos de la Historia de la Tauromaquia. Hoy, primero de diciembre de 2021, se verán en Sevilla imágenes de Curro prendiendo al toro en su capote y su muleta con una prestancia inigualable, con un empaque indescifrable; pero, sobre todo, se percatarán de que Curro habla como torea: dando tiempo al tiempo, es decir, dejando que sea la parsimonia quien lo consuma. Será el tiempo, también, el gran protagonista de esta obra cinematográfica –más que un documental es un Documento--, porque se verá a un Curro Romero encanecido, pero con una lucidez y una fuerza expresiva sencillamente maravillosa. El tiempo corre veloz a medida que van corriendo –cayendo—los años del árbol de la vida.  El tiempo es, en esencia, el contador de pasos de nuestra existencia; pero, también, el que nos señala los virajes de la temperatura ambiental. Cuando el viraje se transforma en biruji, mal asunto. Por eso, por un tiempo de viento frío, me encuentro a estas horas en Valladolid, y no en Sevilla. Perdóname, Curro. ¡Maldita sea!

 

 

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