¿Vuelven los toros al Batán?

La noticia taurina de estos días es que, ¡por fin!, los alumnos de la Escuela José Cubero, Yiyo (antigua de Marcial Lalanda) regresan a las aulas de la Venta del Batán, tras unos años de “exilio” en la Plaza de Las Ventas. Será la Escuela Taurina de Madrid, si –como creo—las siete Escuelas que pululan por esta Comunidad se concentran en una sola. Al ser la de Madrid uniprovincial, lo lógico es que, también, los colectivos de profesores y alumnos se reúnan en un mismo Centro educativo, bien que desdoblado en su doble función: elemental en lo cultural y esencial en lo taurino. Es decir, que ambos colectivos tomen conciencia del lema que aparece en el frontis de su aula principal: “Ser figura del toreo, es un milagro”. Esta premisa no existía –al menos no tengo noticias al respecto—en el año en que se tomó la instantánea que muestra a Juan Belmonte acodado en la baranda de obra, enfoscada y pintada al plástico blanco, tocado con su mascotita (me refiero al sombrero) ligeramente alicaída. Me pega que puede ser el año 56, con ocasión de un acto taurino en que se entregaron varios trofeos en ese lugar de la Casa de Campo de Madrid. ¡Ah, la Casa de Campo! ¡Anda, que no he ido veces a ver torear de salón a los toreros en agraz! Había allí una calva, próxima al Lago y abierta entre la arboleda, donde se pegaban un palizón los chavales que tenían la cabeza a pájaros, esto es, convertida en una jaula llena de ilusiones, de futuros idílicos…, en fin, el que tenían, más o menos, los que se entrenaban en el frontón, pegando raquetazos a una pelota de tenis contra ese otro frontis deportivo, que era el lugar de entrenamiento para los que ya eran “gente” en el toreo, los que salían en la revista El Ruedo, principal referencia del periodismo taurino de la época. A estos, lo veía también en las dependencias deportivas de la ciudad universitaria. Otro nivel, oiga. Fumaban cigarrillos rubios, cien por cien americanos, Lucky Strike, Philips Morris y cosas así. Como los que –dicen-- fumaba Manolete. Todos ellos acababan extenuados, por el esfuerzo físico y real o por ese otro esfuerzo virtual, onírico y utópico que es el toreo de salón, donde uno torea poniendo el alma en verónicas de alhelí y muletazos de ensueño y otro dobla el espinazo y echa las manos al suelo portando una cornamenta de mentira encastrada en un madero resobado, que pesa lo suyo. Los veía rematar los pases con esa pinturería cañí y esa suficiencia ampulosa y ficticia que les hace creer que han puesto la Plaza de Las Ventas boca abajo; el que torea, se regodea ensimismado en su propia obra, aspirando un placebo que sabe irreal, mientras el que embiste ruega a todos los santos y vírgenes del cielo que acabe cuanto antes el calvario de su impenitente desriñonada. También la jerarquía se respeta en este ejercicio, considerado imprescindible para “hacer muñeca” con la raqueta, o “dedos” con una pelota de goma maciza, apretujada de cuando en vez contra la palma de la mano; pero los toreros ya "hechos", no hacían de "toro". Parece que estoy viento a El Caracol toreando y a Paco Bautista embistiendo. “¡Visente, que me pichas, coño!”, le decía el jaenero al gitano alicantino, cuando éste le doblaba por bajo en los comienzos de faena y le punzaba en la nalga con la punta del estoque. A Antoñete se le daba bien el frontón, y a un novillero llamado Luis Miguel Sandino (¿qué habrá sido de él?) le gustaba torear más despacio que ninguno, con lo cual, sus trasteos se hacían eternos. El conquense Bienvenido Luján –novillero, a la sazón, mediados los años 60-- entrenaba con un capote de Curro Romero y con él –me refiero al capote-- toreó en San Sebastián de los Reyes. Se lo prestó mi compinche de correrías taurinas en las mañanas en que también abríamos nuestra clarita particular, entre clase y clase. Hacíamos “novillos” para ver torear de salón a los toreros. Los mirábamos, embelesados, sentados en cuclillas, sosteniendo un paquete de libros y apuntes en el regazo. También disfrutábamos viéndolos jugar al fútbol, sobre todo al infortunado José Mata –torero canario--, que hacía diabluras con la pelota en los pies. ¡Menudo pelotero era José Mata! Los volvía locos a todos. Un toro de Frías lo mataría en Villanueva de los Infantes, el año 71. Y a mí me dio mucha pena. Como me dio el abandono de la Venta del Batán por parte de las sucesivas corporaciones municipales en los últimos años 80. Aquélla Venta donde  conocí –ya muy octogenario-- a Marcial Lalanda. Me lo presentó Joaquín Jesús Gordillo, en los primeros años de “nuestro” Tendido Cero. Aquella Venta donde tantas mañanas me acodé para ver el ganado que se lidiaría en las corridas de la feria de San Isidro corría el riesgo de ponerse a la venta por cuatro perras. Afortunadamente, parece que las cosas se han enderezado definitivamente, que se levantará la cochambre del abandono de estas últimas décadas y la Venta del Batán lucirá de nuevo, blanca y radiante. Ya se van a instalar allí los –futuros—toreros. ¿Los toros también?