Una barra de pan en el tendido

Llevo cuarenta y ocho horas debatiéndome si debería o no escribir sobre la última cacicada de nuestro gobierno: retirar a la Tauromaquia del destino para gastar el “bonus cultural” de 400 euros que se concede a los jóvenes que cumplen 18 años el próximo año 22. O sea, que se lo gasten en lo que quieran considerar cultura, menos  en toros. ¿Qué la Tauromaquia está consolidada y reconocida POR LEY como Bien de Interés Cultural Inmaterial? Pues que le den. ¿Qué incumplen la Ley desde el mismísimo gobierno? Se la suda. En realidad, los 400 del ala son para comprar nuevos votos en las próximas elecciones. Y ya está. Es lo que merecemos, lo que puede que voten miles de nuestros nuevos votantes. ¡Menudo regalazo! No acierto a calificar semejante ejercicio de cinismo. Así que me niego a marear más la perdiz, por muy alicortada que esté de tanto zurriagazo recibido desde todos los aproches.  Los de arriba, los gerifaltes que mandan en estos malhadados tiempos a los españoles, deben refugiarse en el refrán: Tírame pan…

Hablando de pan, ayer, en Las Ventas, me quedé prendado de una barra gigante que llegó –no sé bien cómo-- hasta los altos del tendido 10. Era un pedazo de pan enorme –tendría lo menos 125 centímetros de largo por treinta de ancho en la parte central--, con una inscripción, de la misma masa, que decía: CT LORCA, de lo cual infiero que se trataría del Club Taurino de Lorca, ciudad murciana en que nació Paco Ureña, tercer espada del cartel. El portador del monumental obsequio alimenticio no dejó de hacer ostentación del presente que llevó hasta el monumental coso, así que pronto se hizo el amo del cotarro entre el graderío berroqueño salteado de síes y noes, por aquello de la pandemia, todavía con rescoldos preocupantes. Mirando aquella mole pan dorado, insisto en preguntarme qué suerte de devoción debe despertar un torero para que sus seguidores hagan cientos de kilómetros en coche –o autocar, que es peor—con una barra de pan suficiente para mojar la yema de doscientos huevos fritos, por poner un ejemplo. ¿Y qué hacen con ella una vez llegados a Madrid? En el maletero del taxi, apenas cabe. En el metro, se puede montar la mundial, barra por aquí, barra por allá… En fin, sea como fuere, allí aterrizo esta obra maestra y pesada del maestro panadero lorquino, que descansó durante dos horas y media en el lecho de piedra del tendido de una plaza de toros.

Una Plaza que presentaba magnífico aspecto, con numerosos aficionados jóvenes, a los que no les llegará el bonus gubernamental, ni falta que hace. Allí estaban ellos, rascándose el bolsillo, para presenciar el juego de los toros y disfrutar con el arte y el valor de los toreros.

Lo malo es que la tarde –esplendida de sol y de luz—no respondió a las expectativas. De los tres de Jandilla, el primero fue muy protestado por su manifiesta invalidez, el segundo llegó bronco y a la defensiva en el tercio final y el tercero fue bravo y encastado. Aquellos, descarados de cuerna, éste, mucho más armónico de hechuras, en todos los sentidos, destacando su pelea en varas, con la cabeza por abajo y metiendo los riñones al sentir el castigo. Los otros tres, de Victoriano del Río, tuvieron volumen exagerado y desigual comportamiento. El cuarto, de 601 kilos, embistió sin fijeza, con tranco anodino, adornado de cierta nobleza. El quinto –un sardo de preciosa lámina-- protagonizó un emocionante tercio de varas, arrancándose de largo al caballo por dos veces, pero llegó a la muleta incierto y buscón, vendiendo caras las embestidas; y el sexto, que también se aproximó a los 600, debió lesionarse en las manos, porque a partir del segundo tercio embistió echando las pezuñas por delante de forma desordenada, negándose a seguir el trazo de las suertes que intentaba su matador, pegando tornillazos a troche y moche. Ni un pase, tuvo.

Con este material, Diego Urdiales trató de solventar el mal ambiente que se creó en la Plaza durante la lidia del toro que abrió el festejo, por la referida falta de fuerzas –y, quizá también, por algún reparo en la vista del animal--, dibujando pases naturales con su proverbial naturalidad, y en el cuarto, que calamocheaba incesantemente, toreó con soltura a la verónica y volvió a trazar pases naturales, apoyándose en esa estética pulcra, tan suya. Estocada buena en aquél y espadazo refrendado con cuatro golpes de descabello en éste. Balance: silencio y aviso. José María Manzanares se hizo dueño de la situación frente al segundo toro, a pesar de su bronquedad. Sin dar un solo paso atrás, logró ligar muletazos de indudable mérito. Pinchó antes de colocar una gran estocada y recibió una ovación. En el quinto contribuyó al lucimiento del toro en el tercio de varas y, especialmente, de su picador Paco María, que manejó por dos veces el palo de forma magistral, levantando al público de los asientos. En cambio, en la muleta no le regaló el sardo ni una sola embestida por abajo; todo lo contrario, le anduvo buscando las cosquillas al torero en cada pase, hasta que lo cazó en una revuelta y no lo hirió de milagro. Dos pinchazos precedieron a la estocada letal, sonó un aviso y el público premió el arrastre del toro con una gran ovación, mientras algunos espectadores silbaban al torero. Exagerado, por una parte y por la otra. Paco Ureña fue el que estuvo más cerca del triunfo balsámico en este foro en que se encuentra a gusto y es valorado justamente por su entrega absoluta en cada instante de la lidia. Insisto en que el jandilla de mejor estampa, jugado en tercer lugar, tuvo un gran comportamiento en el tercio de varas,  pero es que también fue el único que tomó los utensilios de torear con tranco humillado y largo recorrido. Ureña, que lo toreó muy bien de capa, se fajó con el cornúpeta en una emotiva faena de muleta, en la que sobresalieron tres tandas de naturales, sencillamente magníficos, por su templanza, ligazón y ceñimiento… tanto, tanto, que el toro lo entrampilló, empuntándolo por la pierna. Falló con  la espada. La faena fue larga y le avisaron, pero recetó algunos muletazos de categoría. El sexto, de Victoriano del Río no le dio opción, como queda dicho.

Fue otra buena tarde para los subalternos, destacando en banderillas El Víctor, Mambrú y Daniel Duarte. Una tarde precedida por las expectativas del cartel y por la incógnita que supone el desenlace de toda corrida de toros; pero la incógnita de esta corrida resultó ser el destino final de aquella barra de pan que se exhibía a la luz de los focos, triste y sola, sin haber disfrutado de los minutos de gloria que van desde que llega a los brazos del torero –Ureña, era a priori el destinatario—al esportón de capotes y muletas. ¿Adónde la llevarían, pues? ¿Qué habrá sido de la barra de esta corrida? A estas horas, el pan estará duro como una piedra. ¡Qué pena!