Emilio de Justo, de nuevo, revienta Madrid

Definitivo: Emilio de Justo se proclama en Madrid figura de la tauromaquia de nuestro tiempo, torero consolidado como reclamo de gran atractivo en los carteles de toros del inmediato y próximo futuro y puntal novedoso para el incierto porvenir que nos aguarda. Emilio Elías Serrano Justo es su nombre de pila, natural de Torrejoncillo, provincia de Cáceres. Ahí lo tienen, un poco más arriba, vestido de nazareno y oro, izado en hombros, rodeado de una legión de admiradores y sonriendo al cielo negro de la noche de Madrid. Tal hecho ocurría ayer, dos de octubre de 2021. Un hecho histórico para el torero y un dato más para adornar el elenco de triunfadores en la plaza de toros –dicen—más importante del mundo.

Ocurrió en el quinto toro de la corrida, llegado a Las Ventas, en compañía de sus hermanos de sangre y de casta, desde las llanadas de Garcigrande, la explotación pecuaria de ganado bravo que ahora dirige Justo Hernández, el hijo de Domingo, que en gloria esté. Se llamaba Farolero, castaño de pelo, herrado con el número 90, a falta de un mes para cumplir los seis años, el tope de edad para no irse de cabeza al matadero. Inclinó la aguja de la báscula hasta los 623 kilos, que ya es inclinar. Ah, y tenía dos leños por delante que daban pavor. Un torazo. El torazo de turno que antes, en ese estado, se echaba a las calles para ser corrido por la turba de un pueblo de Castilla y capeado por un escuálido batallón de “aficionados”, manejando capotes lamigosos y muletas deshilachadas. Hoy, es “el toro de Madrid”, el que se aplaude cuando sale al ruedo, aunque los perfiles que presente sean los menos adecuados para practicar con él el arte del toreo. Ocurre, sin embargo, que, a veces, estos toros sacan del fondo más abstruso de su carácter músculo y fuerza para desplazar su tonelaje, porque tienen almacenado el cupo de bravura y de encastada nobleza que se le supone al toro de lidia. Como el valor al soldado. El garcigrande de ayer lo tenía y Emilio de Justo no cejó en su afán por encontrarlo y sacarlo a la pública curiosidad, en una labor de indiscutible talento, valor sereno y desbordante torería. El comienzo de faena, por bajo y con la pierna flexionada, fue sencillamente, magnífico. Ahí comenzó la Plaza a caldearse, rompiéndose el público la garganta de tanto “ole” rotundo y las manos de tanto entrechocarse en atronadoras ovaciones. Toreo asentado, largo, profundo, de zapatillas atornilladas en el suelo y las muñecas lacias, doblándose sobre las muescas del estaquillador para engarzar pases en redondo de ceñimiento absoluto y naturales de largura y templanza exquisitas. Así toreó De Justo ayer en Madrid: con empeño indomable por alcanzar el triunfo y profunda exquisitez. Por eso, cuando se adornó con una sinfonía de trincherillas y pases de la firma y recetó un volapié letal, las dos orejas cayeron en sus manos como la fruta madura del ramaje leñoso que la sostiene.

Muy antes, había cortado El Juli la oreja del toro que rompió plaza, un colorado huidizo un mansón, que se dolió del hierro de la vara manejada por el piquero Salvador Núñez y parecía hacerle ascos a todo lo que se movía por el ruedo. Sin embargo, El Juli le ofreció la muleta como si fuera uno de aquellos  parches Sor Virginia que, en mi niñez eran el lenitivo más eficaz y rápido contra todos los males del cuerpo humano. El cuerpo bovino es otra cosa. Ese toro primero de la corrida padecía “mal de ausencia”, que es aquél que afecta a los toros sin fijeza, distraídos y escasos de casta. El parche, en esta ocasión, era una tela tersa color escarlata, y el “parchero” este Juli que todavía está padeciendo los dolores que le causó un novillo de esta ganadería durante un entrenamiento. Así que los dos, toro y torero, necesitaban parches aliviadores y curativos. Toreaba de muleta Julián dando un pase y un paseíto, prácticamente inapreciable, para que el toro sintiera alivio al acercarse a la tela y no castigo, como pudiera suponer. Y cuando el toro se convenció de que las fatigas eran muy menores durante la faena, le dio por embestir, a tal punto, que El Juli lo toreó a placer, con temple y armonía, sin forzamientos ni pamplinas. Esta vez, la estocada se hundió por arriba del morrillo –o sea, en su sitio—y los pañuelos flamearon en nutrida algarabía, hasta conseguir el premio de la oreja para el torero madrileño.

Emilio debió tomar buena nota de lo hecho por su compañero director de lidia y le aplicó  también la fórmula del pase más el paseíto al primer toro de su lote; pero el de Garcigrande era mansurrón y quiso desmontar a Germán González de la silla, ante de clavarle la puya y se fue de naja en cuanto pudo. Era un toro encogido de cuarto delantero y engatillado de cuerna, al que le faltó un mínimo caudal de casta para embestir. Creía Emilio de Justo que podría tener algo de bravura en su fondo de armario, pero, quiá. Embestía borreguil y distraído, lo cual acentuó la premiosidad de la faena, y como el torero pinchó hondo y se puso pesado con el verduguillo –paré la cuenta en el octavo—le enviaron un aviso.  Otro tanto le ocurrió a El Juli en el cuarto, aunque sin aviso. Fue un toro mal picado –rara avis—por Barroso, al que colocó dos pares de banderillas colosales Iván García, jugándose el físico, porque el toro cortaba el viaje, soltaba la cara y embestía al paso. Media y tres descabellos dieron paso a un silencio comprensivo, diría que conciliador.

Precediendo a esta última secuencia de la corrida, apareció en el ruedo el tercero de la tarde y se abrió ante él Juan Ortega. Expectación. Todos, esperábamos una nueva versión del recital a la verónica de Sevilla, un “suceso” que paró relojes, desbordó el río y no sé cuántas cosas más de palmaria siniestralidad. Esta vez, no hubo caso. El toro “no se prestó al lucimiento”, como decían los revisteros de antaño. Era un marmolillo, el animal. Lo dejó crudo en varas el torero y llegó el toro a la muleta punteando la tela y negándose a pasar más allá del lazo de las zapatillas del artista. Porque Juan Ortega es artista, sobre todas las cosas, y el dominio del toro, parece ser que no lo tiene incorporado a su ejecutoria. Por eso, tampoco se entretuvo en estrechuras al entrar a matar. Había que esperar al último de la tarde, no quedaba otra. Y llegó ese toro postrero como postre a una corrida en la que se llevaban cortadas tres orejas. Algo nos debía este Ortega de Triana. De nuevo, la capa, lamentablemente, se arrugó por culpa del toro; pero no se arrugó el torero en la faena de muleta. El que se arrugó fue el garcigrande, que no quería ver muleta en ningún terreno de la Plaza. Encomiable, sin embargo, fue la labor de torero, que supo pespuntear con precisión de artesanía fina un traje de lujo, a base de retazos. Un trincherazo aquí, algunos pases de redondo de uno en uno, naturales con las mismas secuencias, adornos oportunos y muletazos de pecho de indiscutible empaque. Un empaque que se conjuga a las mil maravillas con el “tempo” que emplea este Ortega para ejecutar las suertes. Torea al ralentí, el tío… aunque el toro se quiera desentender de la lidia. Me encantó esta faena de Juan Ortega, aunque, repito, no tuvo la continuidad que aboca a los triunfos redondos. Acertó con la espada al primer viaje, por lo que parecía que el premio de la oreja era indiscutible; pero… la oreja se la llevó el viento, porque el público no la pidió --una mínima minoría, tan solo, agitó pañuelos-- . Eso creíamos, pero, en realidad, se la llevaron el Atlético de Madrid y el Barcelona, que estaban a tres cuarto de hora de enfrentarse en el Metropolitano.

Estas cosas suelen ocurrir en Las Ventas; hay triunfos que se soslayan por la premura que el público tiene por abandonar cuanto antes el graderío. A Emilio de Justo, le importó poco que su salida en hombros fuera menos multitudinaria en el ruedo de lo que se esperaba; pero a Juan Ortega la diáspora de última hora le birló una oreja bien ganada. Menos mal que ganó el Atlético.