La Maestranza, bajo el "síndrome Ortega"

Ya se hacía notar un vaho misterioso y penetrante en el tramo de Carmona a Sevilla, por la carretera de toda la vida. Sevilla, es verdad, huele que da gloria. Como ninguna otra ciudad en el mundo. Dicen que es el azahar o la “dama de noche”, pero nadie acierta a discernir la procedencia del perfume natural que destila la ciudad en las horas templadas de medianoche en adelante. Y es que, a veces, se cuelan en la urbe, de rondón, aromas desconocidos, no identificados ni catalogados por los alquimistas más reputados en la materia. De ahí que el vaho que ayer mañana procedía de la vieja Híspalis fuera extraño para las pituitarias de los viajeros de tierras arriba. Olía delicioso, pero raro. ¿A qué olía Sevilla en la mañana del 25 de septiembre del 2021?

Unas pocas horas después, cuando me dirigía a la Maestranza, me percaté del halo que envolvía a las dos márgenes de su río grande, a las urbes que se levantan a ambos lados y, sobre todo, a ese templo del Arte del Toreo que es La Maestranza. Allí, en la plaza de toros, anidaba el clamor callado y espeso de la tarde de toros anterior, el poso sublimado de lo que debió ser un acontecimiento: los lances de capa de Juan Ortega. No se hablaba de otra cosa: “¿Vio usted lo de Ortega ayer?”, me asaltan a pocos metros de la Puerta del Príncipe. “No, señor, estaba en Madrid, pero ya he leído y mirado –admirado—fotografías e imágenes. Debió estar magnífico, sí”. “¿Cómo magnífico?” remachan a modo de reproche: “¡Sublime!”. Y concluye: “No sé qué hacemos hoy volviendo a los toros; lo de ayer es irrepetible”. Y así una y otra vez, hasta que me aposento en mi localidad; pero apenas estiro las piernas, el de atrás, me dice: “¡Hoy toca soportar la vulgaridad!”. Y me callo. Me callo porque me he dado cuenta del efecto que ha causado en el público un manojo de lances a la verónica impecables de temple y cuajados de sentimiento. La crítica, en general, así lo certifica, y no seré yo quien eche una gota de agua a la hoguera de la pasión que ha encendido un torero. De ello se desprende que público y crítica –en general—han entrado “en trance” Dichosos ellos. Y mísero de mí, e infelice, que me fui a Las Ventas a contar paletadas de barro, mientras aquí, en Serva la Bari, se sumían en un gozoso estado: el generado por un síndrome procedente de Triana y llamado Juan Ortega. Entonces caí en la cuenta del estado de la cuestión: el ”síndrome Ortega” es quien destila ese aroma penetrante que acaba de adueñarse de la Maestranza.

En tan imprevista como increíble tesitura hube de afrontar una tarde de toros abocada al fracaso, periclitada por el síndrome de marras. Ya podrían los toros de Justo Hernández, con los dos hierros de la Casa Garcigrande, embestir por derecho; ya podían los toreros hacer maravillas con capa, muleta y estoque, que en seguida llegaba el síndrome –esto es, el vecino de localidad—y te tocaba en el hombro: “Sí, pero lo de ayer”…

Lamentablemente, los toros no dieron la talla, en tarde de No Hay Billetes. La cosa empezó con mal bajío, porque el primer toro fue devuelto por inválido y el sobrero, de la misma ganadería, también blandeó. El Juli le tomó el pulso con el tensiómetro de su muleta y lo embarcó por aquí y por allá, a derechas e izquierdas, dando la sensación de saberse su cometido de carrerilla, antes de ponerle en el balancín de las mulas de una estocada trasera. Algunos pañuelos, pocos, y muchas palmas, muchas. Peor fue el cuarto, abanto, mansón y de una insulsez desesperante. Un sansirolé que, de tanto mirar para arriba, parecía poseído por la cámara de televisión que toma imágenes cenitales. Nada que hacer, salvo matarlo con dignidad; pero El Juli pichó dos veces –una feamente—antes del espadazo definitivo.

En cambio Miguel Ángel Perera toreó en segundo lugar un toro con más motor que los descritos, que se venía de largo y apretó en banderillas. Miguel le enjaretó tres tandas de muleta ceñidas, muy ligadas, en un palmo de terreno. Tenía el premio de la oreja pendiendo de un hilo, pero la espada cayó abajo del morrillo y recogió una ovación. El quinto fue el toro de la corrida. Bien hecho y mejor armado, bravo y encastado. Toro de triunfo gordo, al que Perera toreó de capa con extraordinaria lentitud: al ralentí. ¿Cómo los lances de Ortega del día anterior? No me atreví a mentarlo, por si acaso me atacaba el síndrome; pero a fe que fueron magníficos. La faena, brindada al público, comenzó en los medios, pasándose dos veces al toro por la espalda y las dos rodillas en tierra, antes de ligar una serie en tan incómoda postura con asombrosa tranquilidad. Debió pensar Perera en Roca Rey, y se dijo: “antes de que forme el taco el peruano toreando de esta forma, me adelanto y le obligo a desistir de arrodillarse, que es muy dado a ello”… Y, en efecto, los tendidos estallaron en un clamor unánime. El público, en pie y la Plaza boca abajo. Por desgracia, el toro se trastabilló en una fase de la faena y se dio de bruces con el suelo, teniendo que ser levantado forma poco edificante. Ahí perdió la labor de Miguel gran parte de la pasión que despertó en las primeras tandas de pases largos, templados, dominadores y exigentes para el toro, pero de gran impacto en el tendido. Lo malo es que también perdió el premio gordo de las dos orejas, que hubiera paseado, sin lugar a dudas, porque fulminó al de Garcigrande de una estocada en la yema. Oreja, nada más; pero dio la sensación de que ayer, Perera, podía haber abierto la Puerta del Príncipe.

Roca Rey tuvo que luchar con un  toro reservón e incierto, que protestó en varas y se destroncó con un volatín. Su esfuerzo, fue baldío. Estocada arriba y ovación. Ya con la baraja de la suerte gastada, se jugó el físico en el sexto, un toro muy bajo de casta, al que había que arrancarle las arrancadas a base de quietud, temple y dominio. De todo eso derrochó Andrés, que no se inmuta cuando deja llegar los cuernos del morlaco a la barriga y le acaricia la punta del pitón lo alamares del delantero de la chaquetilla. Acabó Roca por poner al público en pie con tal exhibición de poderío y desprecio del peligro. Eso, también está en los catálogos del arte de torear. Estoconazo en la cruz y oreja indiscutible. Es un decir. No faltará quien cierre los ojos a las evidencias y niegue méritos a quien los exhibe sin despeinarse. Ese es Andrés Roca Rey, con todos los respetos a actuaciones anteriores, por muy antológicas que sean. El toreo, créanme, es universal; no solo de Triana.