El toro que "se deja", no sirve (salvo para Morante)

Ayer, en Sevilla, se olía a toros por doquier. Se esperaba la apertura “oficial” de la temporada como se espera a la novia a la puerta de la iglesia: con impaciencia e incertidumbre. Y la novia, en forma de fiesta de toros, llegó al templo sagrado de la Maestranza, del cual alguien dijo que solo le faltan las pilas del agua bendita para culminar su catalogación de sacrosanto monumento. La fiesta, pues, comenzó con las mejores galas, al estilo de las “cortesías” que recrean los prolegómenos de las corridas en la Plaza de Campo Pequeño de Lisboa. Todo fue, pues, boato en la recreación del acto ritual del paseíllo, esta vez partido en tres partes –tercios--, como si se quisiera ofrecer este recorrido, solemne de por sí, en algo más degustable, cuasi orgásmico. Primero, en el umbral de la doble hoja que abre el patio de cuadrillas al ruedo, después, en las rayas del tercio y, finalmente, en los medios, los toreros y sus correspondientes cuadrillas, a más de los operarios y auxiliadores se detuvieron, solemnes y descubiertos, para escuchar un  minuto de silencio en memoria de las víctimas del infame Covid, antes de que sonaran las notas del himno nacional, más lentas que nunca, más emotivas que jamás lo fueran. En seguida, los “vivas” de rigor, cada vez más estrambóticos, rayanos ya en el despropósito.De inmediato, los tres toreros son obligados a saludar una ovación. Y, en esto, se abre el ancho zaguán de chiqueros y aparece el toro. Todo se ha consumado. La fiesta está aquí y la Maestranza se llena de enhorabuenas.

Lo malo es que el toro empezó a fallar desde que apareció en el ruedo el primero de Victoriano del Río. Me da igual lo de los hierros de la casa. Según los ganaderos, todos comen de los mismos morriles y todos llevan la misma sangre. El mismo encaste: Domecq refinado y acondicionado a las exigencias de la tauromaquia moderna. ¡Ay, la modernidad! ¡Cuán perniciosa resulta, a veces! Por defecto y por exceso. Se quiere el toro “bien presentado” y se tira por elevación hacia los más corpulentos y cornalones. Se quiere que “coloque bien la cara” y que se adecue al toreo lento de la nueva moda, sin tener en cuenta que,  llegado el caso, se lleva de calle al elemento básico de la lidia: la emoción. Sin la emoción que aporta el toro jamás llegarán otras emociones por la vía de la estética o el dominio. Si no hay nada que dominar o se confunde la estética con el postureo, las emociones se diluyen y discurren por el desagüe del adocenamiento. Es la eterna cuestión del toro bueno y el toro bravo. Aquél siempre tenderá hacia la apacibilidad (lo contrario a la lidia: lid, lucha) y éste al ataque, a la rebelión, en definitiva, a la defensa de su territorio en un nuevo albedrío.

A tenor de estas premisas, habrá que convenir que los toros llegados a Sevilla desde la sierra madrileña no aportaron la parte alícuota que les corresponde para convertir tanta expectación en un despliegue de arte sin precedentes. Con esa intención acabaron las localidades (con el aforo permitido la Plaza presentaba un lleno “esponjoso” que daba gusto ver) aficionados indígenas y foráneos; pero el primer toro, para Morante, fue malo de solemnidad, de una mansedumbre alocada y artera y el de la Puebla se lo quitó de en medio con brevedad. Entonces, el personal empezó a mosquearse.

Sin embargo, un toro de bellas hechuras (“muy sevillano”, decían por detrás de mí) permitió a Andrés Roca Rey torear a la verónica con ceñido embroque y excelente juego de brazos. Fue el toro de la corrida, por estampa y por carácter. Un toro más dócil que bravo, de embestida rebosante, de largo recorrido. Ideal para “cuajarlo” a placer. Media docena de series con ambas mano permitieron al público contemplar un toreo suave, lento y reunido, y al torero disfrutar de una embestida pronta y codiciosa, de las que permiten acabar con el cuadro, en un “marco incomparable”, como la Maestranza. Roca, en efecto toreó a placer. Ni un enganchón, ni una duda, ni una torpeza en el diestro. Ni una renuencia, ni un resabio, ni un acecho fuera de la línea recta de la embestida, en el toro. Si lo mata al primer viaje puede que le hubieran concedido las dos orejas, pero la estocada llegó al segundo intento y el premio se redujo a la mitad. Quedaba otro dentro y Roca Rey debió pensar que tenía otras dos orejas emergiendo tras las mazorcas de otros cuernos. La Puerta del Príncipe –su objetivo, sin duda—seguía entreabierta.

Antes de que llegara la segunda oportunidad del peruano, Morante se las vio con un toro mansito, de los que “se dejan”. Mala cosa es que los toros “se dejen”, porque esa dejadez es, precisamente, una de las causas que fagocitan la emoción del arte del toreo. El toro que “se deja”, no sirve… salvo que enfrente esté un torero como Morante de la Puebla, ahora mismo –y antes, también—el único capaz de hacer vibrar al público con la excelsitud de su toreo. Morante empleó ante el toro que “se dejó”, el cuarto de la tarde, un estímulo infrecuente en estos tiempos de destajo: la enjundia. Según la RAE, la enjundia es la “importancia o riqueza de una cosa  no material”. Morante tiene la llave de esa cosa; por eso citó al toro en corto y se lo pasó por la cintura a derechas e izquierdas, de frente o ligeramente perfilado, con una precisión y un ”tempo” realmente admirables. Todo fue inmaterial en la faena morantista; una faena imposible para el resto de los mortales, en los que se incluye el director de la banda de música, que interrumpió los “Suspiros de España” por un simple incidente sin trascendencia. Si Morante llega a matar al toro al primer intento, le dan la oreja, pero no fue así y le dieron un aviso. Estoy convencido de que el toro se fue para el desolladero en paz y en gracia de Dios. Morante y su enjundia, hacen milagros.

Enjundias aparte, la lidia del quinto toro fue, para el abajo firmante, la que provocó mayores emociones en la Maestranza. Fue un toro venido a menos,  a pesar de no haber sido apenas castigado en varas. Un quite alado y muy sevillano –muy chicuelo”-- de Pablo Aguado  provocó la repuesta del muy respondón Roca Rey, que se echó el capote a la espada para pasar la curva de la pala del pitón rozando el raso del calzón. La competencia echaba humo, y Roca se echó de rodillas para empezar una faena ante un toro aquerenciado y rebrincado, por lo cual cada embestida era una incertidumbre por resolver. Faena de alto voltaje, con  la vista puesta en la Puerta del Príncipe. El toro no pasaba y el torero se dejaba acariciar los alamares de la chaquetilla por las agujas del los pitones. Pasaban los minutos sin que el toro pasara y el Roca era un Rey que no estaba dispuesto a bajarse del trono. Erró con la espada, perdió las orejas y todo quedó en vuelta al ruedo, pero este “bicho” llegado del Perú lejano es un torero de época. De esta época. ¡A ver quién puede con él!

Tampoco pudo Pablo Aguado, que sorteó el lote más desabrido, pero aparte del quite reseñado, dejó dibujado tal cual lance a la verónica y muletazos en redondo o al natural instrumentados con su personal sello de armoniosa naturalidad. Se lastimó los ligamentos de la rodilla y casi no termina la lidia del último toro. No es que tuviera una mala tarde, es que la suerte le volvió la espalda descaradamente. Le tocaron dos toros que “se dejaron” en mayor o menor medida; pero su concepto del toreo no se adapta al buenismo tontorrón de los toros de este corte. Ya digo: el toro que “se deja”, no sirve.

La excelente brega de Juan José Domínguez obligó al torero de plata a saludar montera en mano, lo mismo que Iván García, Tirado y Mellinas en banderillas. Con esto, está todo dicho. O casi.