Fandila, "enfandila"; Morante, enamora

Seamos justos: ayer, en Valladolid David Fandila, El Fandi y Morante de la Puebla triunfaron a lo grande. Los dos. Cada cual, entregado a su propio estilo, a una forma de concebir el arte del toreo. Y ustedes dirán, ¿qué tiene que ver Morante con Fandila? Nada, o casi. Ambos se entregan a una obra bien diferente, en cuyo logro emplean formas y modos diríase que contrapuestos. O quizá no tanto como pueda suponerse. Aquél, utilizando prácticas más artesanales, éste, más artísticas; pero los dos levantaron al público de sus asientos en varios momentos de su actuación. Y esa es, también, una de las grandezas del toreo: logar el mismo objetivo con procedimientos de preclara disparidad.

En numerosas ocasiones he manifestado una teoría personal que mantengo con irrenunciable contumacia: para triunfar en la elaboración de esta milagrosa obra de arte, el artista debe poseer una apreciable capacidad para sorprender al espectador. Si el espectador (el público) que asiste a una corrida de toros es consumidor de un mismo producto durante largos periodos, por muy digestiva que sea su ingesta, acaba por rechazarlo. La insistencia en una misma servidumbre, cansa, llena, estomaga. Lo apetitoso se transforma en desabrido. El refranero castellano lo sirve con meridiana claridad: en la variedad, está el buen gusto.

Ayer, en el ruedo del coso del paseo de Zorrilla, dos toreros rivalizaron de lo lindo practicando tauromaquias en las que imperan patrones de distinto corte: la algarabía entusiasta y rozagante de El Fandi y el sosiego rítmico e insólito  de Morante. Ambos tuvieron delante toros de muy diferente comportamiento. Uno noble y flojo y otro esencialmente bravo compusieron el lote del de la Puebla del Río y dos bravos y codiciosos fueron enlotados para el granadino. Con el primero, Morante toreó primorosamente, como quien lava, como si entrenara con los trebejos de torear, ensayando con El Lili, antes de enfrascarse ambos en una pelea en broma –o no tan en broma-- con guantes de boxear, bajo el fondo de bulerías de La Macanita. Lo mejor, unos lances a la verónica de bellísimo embroque y dos tantas por ambos pitones de medido temple y exquisito trazo. Pinchó antes de colocar una gran estocada y perdió el trofeo, pero le premiaron con una gran ovación. Al cuarto de la tarde lo recibió con un ramillete de faroles de pie y lo llevó al caballo por tapatías; un toreo de capa que dejó al público boquiabierto. Sorpresón al canto. El toro derribó el caballo que montaba Aurelio Cruz y Morante le sopló un quite por cordobinas que acabó por encender el entusiasmo en los tendidos. Y, ya en el colmo de lo inaudito, tomó las banderillas y se fue al toro desde los medios, andándole con parsimonia, torerísimo, con ese ¡voy!, ¡voy!, ¡voy! de los grandes maestros del segundo tercio, que no sé yo si serían capaces de mejorar tan señorial prolegómeno. Cuarteo medido y par en lo alto de antológica ejecución. Perfecto. No tanto, pero bueno también, el segundo, y algo más despegadillo el quiebro al hilo de las tablas. Es igual. El público, puesto en pie, enloqueció de entusiasmo. Es la respuesta a la sorpresa. La magnificencia de lo imprevisible. También en la faena de muleta José Antonio intercaló pases cambiados al comienzo, naturales de desmayada naturalidad con la figura erguida y tandas en redondo de precisión, templanza y métrica admirables. Morante, sonreía. El público, alucinaba. Adornos, desplantes y zalamerías improvisadas precedieron a la estocada, que cayó desprendida. Se pidieron clamorosamente las dos orejas, pero el presidente, en atención a la colocación del acero redujo el premio a la mitad. Es lo que ocurre cuando se enfrentan la “reglamentitis” y la sensibilidad. Y digo yo, ¿qué más da oreja más oreja menos? Me quedo con la obra. Y con la sorpresa que acarrea toda genialidad.

Con El Fandi, en cambio ocurrió todo lo contrario. Encendió muy pronto la yesca de su obra personal e intransferible, que consiste en ponerse de rodillas y farolear con el capote en el saludo al toro de turno, serpentear con su vuelo en las zapopinas y colocar tres pares de banderillas compitiendo con el toro en resistencia física y en precisión química en cada encuentro. Estas osas enardecen una barbaridad, porque Fandi se encarga de recargar la mecha en cada carrera y en cada encuentro, de poder a poder, cuarteando, a la moviola, al violín o al violón, todo ello como prólogo al desafío de “a ver quien se cansa antes”… y siempre gana en torero. Locura en los tendidos. Y, después, más series de rodillas en redondo a un toro de bandera (el segundo de la tarde), al que toreó a placer, en una faena de la que también destacan pases perfectamente ligados, rematados con largos muletazos de pecho o molinetes de pie y de rodillas; pero, ¡ojo!, algunos exhibieron temple y mando, quietud y ceñimiento, porque este torero ha adquirido una seguridad pasmosa manejando las telas de torear. Algo parecido ocurrió en el quinto, un toro bravo y encastado con el que se empleó con renovado entusiasmo, pero topó con un hándicap: el recuerdo fresco de la actuación de Morante. Hay cosas que son difíciles de hacer olvidar. A los dos toros los despachó con su proverbial contundencia, de una estocada en la yema. Dos orejas y una oreja se lleva David Fandila de Valladolid. Y el recuerdo de una actuación de lo más impactante, por su inagotable capacidad para improvisar suertes y adornos. Un detalle: José Antonio pidió perdón a David cuando tomó las banderillas, como si se disculpara por invadir un terreno que pertenecía al compañero. Al final, El Fandi le tiró la montera al de la Puebla, en sincero gesto de pleitesía. Visto lo visto ayer en Valladolid, bien puede decirse que estos dos toreros se llevaron la tarde de calle, cada cual a su forma, cada cual con las armas que defienden su estilo, el que pudiera definirse con un verbo irregular e ilegible y otro regular y expresivo: El Fandi, ”enfandila”; Morante, enamora.

Se die esto porque Roca Rey topó con un lote bien problemático, especialmente el jugado en último lugar, un toro cuajado y agresivo que medía cada embestida y acechaba el bulto con sus constante miradas y acostadas hacia la figura del torero. Roca Rey no dio ni un paso atrás, sino que expuso lo indecible para sacar muletazos de comprometida ejecución que el público supo valorar en su justa medida, premiando al torero con una gran ovación, a pesar de fallar reiteradamente con la espada. El tercero, fue el menos toro de la corrida de Matilla, con los dos hierros de la casa. Cortaba el viaje y racaneaba las embestidas. Media estocada y silencio en las masas. No tiene suerte con los toros este año el peruano.

Así terminó este primer festejo taurino de la pequeña feria de la Virgen de San Lorenzo; una corrida que comenzó con un minuto de silencio en memoria de la ganadera Teresa Molero y con un homenaje al doctor Antonio María Mateo, cirujano Jefe del cuadro médico de la enfermería de la Plaza, que deja su cargo. Y con el himno nacional, que ya se ha hecho costumbre tras el paseíllo. Lo de los ¡vivas! sin ton ni son, a destiempo, ya cansa, dicho sea con el mayor de los respetos.