Tere Molero

La vi venir por la calle duque de la Victoria, de Valladolid, en la cuesta abajo que va de Constitución a Emilio Ferrari, por la acera de la izquierda. Avanzaba del brazo de una mujer de mediana edad cuya identidad me era absolutamente desconocida. Erguida y bella, como siempre, con la mirada escondida tras la negrura de unas enormes gafas de sol y esa altivez natural y displicente de quien se siente admirada, mi amiga Tere esbozó una sonrisa cuando le abordé nada más pasar la fachada del Casino y le espeté: “¿Y tú eres la que estás malita? ¡Cuánta gente malsana hay por el mundo!” Lo dije sin el menor atisbo adulatorio, convencido de la transparencia de una verdad incontrovertible. Y me quedé un ratito hablando con ella, al sol tibio de una mañana de otoño, va para dos años. Se alegró de verme tanto como yo de encontrarla tan bien, tan lozana, tan  ligera de reflejos y oratoria. Y prometí llamarla de cuando en vez, sin día ni horario prefijados. Pero la he fallado. Estrepitosamente. No voy a echarle la culpa al socorrido empedrado de la pandemia, que los teléfonos funcionaban durante los confinamientos. Ha sido esa estúpida pereza mental que te predispone a incumplir lo predispuesto. “Mañana, sin falta, llamo”, me decía a mí mismo; pero ese mañana perecía sin  remedio, y el siguiente, y el otro…como perecieron los días, los meses y el año que estuvo alejado de Toledo el capitán Diego Martínez, que de Flandes no volvía, Diego, que a Flandes partió, según el drama en verso de don José Zorrilla. Hace unos días, encontré junto al mercado del Val a José Molero, el sobrino de Tere, y le pregunté por su tía. “Ahí va”… respondió, y su laconismo me dejó preocupado. Hace unas horas me he enterado de la fatal noticia y siento que de nada vale ya la autoflagelación. He fallado a mi amiga Tere Molero y, encima, me he enterado de su muerte tres días más tarde. Cuando murió en accidente de automóvil su hermano Luis, me encontraba en Quito, y su otro hermano, Pepe, también murió cuando estaba bien lejos de Valladolid; así que no encuentro el modo de bien pagar la hipoteca que he contraído con esta familia a la que me unía una sincera y sólida amistad, especialmente con el trío –la terna—de “moleros” que me dispensó un trato exquisito durante tantos años, visitando los toros de pelaje amelocotonado o berrendo en negro y rojizo que reburdeaban entre los cercados de la finca La Granja, en las tierras zamoranas de Vadillo que riega el río Guareña. Allí toreé alguna becerrita guapa y noble. Allí degusté las alubias con chorizo más camperas y más ricas del campo bravo. Allí disfrute con el taconeo aflamencado de Luisito Molero en el tablao instalado en la bodega de la casona. Hace veintitantos años que todo es bodega en La Granja. El hierro de la parrilla –propiedad de los Molero desde hace más de ochenta años— se dibuja ahora en el anca de las reses de Roberto Domínguez, que se hizo torero en los tentaderos de esta casa. ¡Cuántos recuerdos, santo Dios! ¡Cuántas emociones se me atropellan en la memoria! No esperaba recibir tan pronto –y en mi caso, tan tarde—la fatal noticia de la desaparición de Tere Molero. Digo desaparición, que no muerte, porque –esta vez sí—siento que jamás, jamás, se me despegará el recuerdo de su porte airoso, su sonrisa abierta y la trenza de pelo azabache que resbalaba, en eslalon, desde la nuca hasta la mitad de la espalda. Y su figura de señorona que tuvo veinte años que no se podrían aguantar. Estas cosas no pueden morir, a no ser que la belleza ponga especial empeño en que así sea, porque no haya farmacopea que pueda remediarlo. Si tal circunstancia se produjera, en el caso de Tere Molero habrá que incorporar a la causalidad de los óbitos inesperados un nuevo epígrafe: el que certifique, por dictamen forense, que de guapa también se muere. Adiós, amiga. Un beso tardío y sincero. Confío en que me perdones.