El lánguido sesteo de la tauromaquia

Metidos de lleno en el largo y cálido verano de este año veintiuno del siglo veintiuno, la tauromaquia aparece en el horizonte tumbada a la bartola, entregada al placebo de un sesteo intermitente que la deja medio grogui o medio zombi, como ustedes quieran, pero en cualquier caso, traspuesta y remolona; casi abatida. Diríase, dejada de la mano de Dios. Es lo que tienen los calores: amuerman y aflojan, trastornan y atolondran. A más temperatura ambiental, menos ganas de abordar problemas, suturar heridas y corregir errores. ¿Qué hacer, pues? No le den más vueltas al asunto. Para mejor canalizar las digestiones molestas de anteriores ingestas o como terapia eficaz contra los intríngulis de la vida diaria, los españoles inventamos la cabezadita de después de comer, esto es, la siesta. Un ratito feliz con la panza llena y la cabeza apoyada contra el cojín –almohada de urgencia-- que descansa sobre el brazo del sofá no tiene precio en la sociedad carpetovetónica. Ahuecamos el ala del sueño, corremos ligeramente la cortina de la ventana y nos entregamos un ratito a los brazos de Morfeo. Zzzzzzz….

La tauromaquia, preciado patrimonio de los pueblos hispanos, está ahora mismo en ese estado de semi-inconsciencia. Desmadejada en el sofá. Encaramos agosto –el mes que toda la vida se vistió de luces a diario— y se nos anuncia que Bilbao tampoco dará toros. Ni San Sebastián. Ni, por supuesto, Vitoria. El País Vasco, taurino donde los haya, no verá un pitón, como tampoco lo vieron las grandes citas tradicionales de Valencia, Madrid, Pamplona, etcétera. Por la pandemia. La pandemia nuestra de cada día --¡maldita sea!-- es el recurso perfecto, el saco de boca ancha e inconcreto fondo donde echar nuestras miserias, según convenga; pero en el caso de la tauromaquia se ha convertido en un martillo pilón, en el comodín del público para la clase política que dirige este país. El público es el pim pam pum de cada día. Da la impresión de que el público de toros es zarandeado en el cedazo de los porcentajes sin orden ni concierto. Da la impresión, digo, que no seré yo quien ose frivolizar  un ápice con la salud de los compatriotas. Y, entre tanto, los empresarios taurinos que se echan para adelante y montan festejos haciendo malabarismos con la cabalidad del rendimiento económico, miran a diario los datos de Covid, temerosos de que un repunte dinamite su reciente inversión.

Reconociendo que la Fundación Toro de Lidia está haciendo una encomiable labor en la organización de certámenes de novilleros y que la televisión privada –Canal Toros, de Movistar- y los canales autonómicos y locales han apostado generosamente por la difusión de los festejos, la incertidumbre ante el inmediato futuro es palmaria. Seguimos igual, o casi, que hace un año: acomodados al goteo de festejos, a la baja, hasta ver si escampa. Y, entre tanto, en vez de aprovechar el forzado estado de la cuestión, en vez de llenar de agua fresca las lagunas de tiempo que ha generado la pandemia, los estamentos taurinos sestean en el sofá, a verlas venir. Se ha perdido un tiempo precioso, una ocasión propicia –lamentablemente propicia—para abordar drástica, incluso traumáticamente, el futuro de la tauromaquia, para poner orden en esta ceremonia de la confusión en que se halla envuelta la llamada “fiesta de los toros”, regida por un Reglamento obsoleto y desmembrado, por unas medidas organizativas desproporcionadas y unas relaciones socio-laborales aberrantes. Nadie le quiere meter el diente a este rebojo taurino, que es el pan nuestro de cada día. Nadie quiere meter la tijera en un zurcido de retales que huele a naftalina. Es el soga-tira de siempre: los empresarios por aquí, los ganaderos por allá, los toreros por acullá, los subalternos aferrados a lo que llaman “conquistas sociales”. ¿Y el público, dónde queda instalado en este despropósito? Pues en el alero del desamparo, a merced de su propia incertidumbre. Ojo, porque como no se tome conciencia de esta situación, el futuro taurino –tan vapuleado desde otros flancos-- se puede poner del color de la lombarda. Los precios de las localidades se van encareciendo, precisamente, en tiempo de penurias y desosiego económico. Joselito el Gallo ya lo presintió hace más de un siglo, auspiciando la monumentalidad –en aforo—de las plazas de toros. Ahora, la cuestión se cifra en los gastos de producción, inasumibles para el promotor de festejos --sobre todo, los que han de cultivar la cantera de toreros--, en la recuperación de la variedad en la tipología y carácter del toro de lidia, en la difusión y pedagogía de la tauromaquia, en general, y en el apoyo sin fisuras del gobierno pertinente. ¿Demasiada ardua, la cuestión? Probablemente. Pero tan urgente como necesaria. El lánguido sesteo de la tauromaquia es pernicioso. Dormir, también, es morir un poco.