El 18 de julio taurino de Ceret

Lo confieso: ayer sábado me hubiera gustado estar en Ceret (Francia),  para ver la presentación “en sociedad” –la sociedad “torista”por excelencia-- de los toros de Reta de Casta Navarra que cría el animoso Miguel Reta Azcona, joven ganadero empecinado en la resurrección y pervivencia de una de las castas fundacionales del toro de lidia; precisamente esa, la navarra. Él los tiene recluidos –toros y vacas-- entre la fronda espesa y empinada de la finca La Tejería, en el lugar navarrico de Yerri, y él los mantiene contra el viento en contra de un empeño tan onírico como utópico, y la marea de la tauromaquia contemporánea. Podría decirse que es la reserva espiritual del “toro de antes”,  pero de “mucho antes”, de cuando los de don Nazario Carriquiri, por ejemplo, eran temidos por la torería de pañolón al cuello y ropa bordada de rica argentería. Si un toro de don Nazario/te llega un día a coger/poco por ti podrá hacer/ médico ni boticario, era el sonsonete que corría de boca en boca por los mentideros taurinos de mediados del siglo XIX.

Pues bien, ese toro todavía existe. Con las salvedades de rigor, porque no es el célebre torico menudo y nervioso, saltarín y agresivo, duro de lidiar y artero donde los haya. Ahora, es un bóvido corpulento, dijéramos, abisontado, de cuernos de lira y morrillo prominente. Ahí lo tienen. Da miedo hasta en el retrato. A punto de cumplir los siete años de edad, salió ayer al diminuto ruedo –un “guá”—de la plaza de toros Ceret, una pequeña villa del sureste francés, a tiro de piedra de Cataluña. Ayer sábado fue la cosa, y de ello dan cuenta los medios especializados y los que, todavía, mantienen su sección taurina correspondiente. Así, pues: ¿Cómo fue la cosa?

La cosa debió ser una especie de aquelarre. Una guerra terrible. El anticipado 18 de julio taurino de Ceret, visto desde el lado de acá, el de España. Al principio, conforme los toros iban apareciendo en el ruedo, eran saludados por la ovación del público; un público fervoroso que confiaba en ser testigo de una tarde de toros histórica, poco menos que un acontecimiento. Sin embargo, fue un espectáculo bien distinto a lo deseable. El tercio de varas –principal argumento de las corridas que se celebran en este pequeño escenario taurino--, simplemente no existió, salvo en uno de los toros que se arrancó belicoso a favor de querencia y corneó sañudamente el peto del caballo, antes de salir de naja a predios menos beligerantes. El resto, una persecución inútil, con dos picadores cercando los dominios del morlaco. Nada de arrancadas alegres, bravas y encastadas. Nada de nada. Por este motivo –no hubo forma de clavarles la puya--, tres toros, primero, tercero y quinto, fueron condenados a banderillas negras, con el consiguiente quinario que hubieron de pasar los pobres subalternos, a merced de oleadas intempestivas y tragantones por alcanzar el alivio de la barrera.

Ante este panorama, los livores del miedo fueron anidando, poco a poco, en el rostro de los espectadores, pero no así en el los toreros de a pie y a caballo. Ellos, los toreros, fueron los héroes de la tarde, saliendo indemnes de una batalla durísima contra la mansedumbre y el sentido que desarrollaban aquellos toros viejos y traicioneros, salidos de un averno desconocido. Sánchez Vara, Octavio Chacón y Miguel Ángel Pacheco, junto a sus correspondientes cuadrillas, cumplieron sobradamente con su deber –lidiar—y abandonaron la trinchera de aquella guerra  con la anatomía intacta. Así y todo, Sánchez Vara logró imponerse gallardamente al cuarto toro y si lo mata antes hasta hubiera obtenido mayor premio que la ovación que le acompañó en la vuelta al ruedo.  También Chacón consiguió hilvanar dos o tres lances de capa estimables, y Pacheco sobreponerse a la paliza que le dio el último “reta” de la espasmódica tarde. Una tarde de toros que, de alguna manera, se gestó amparada por la morbosidad que se halla implantada en un determinado tipo de aficionado a los toros: “A ver qué hacen los toreros de hoy con el toro de hace ciento ochenta años”... Pues ya lo han visto: lidiarlo más y mejor que los toreros de entonces. Picarlo y banderillearlo, casi imposible, a tenor del comportamiento de estos de Reta de Casta Navarra que ayer salieron a les arènes de Ceret.

Insisto en que hubiera querido escribir esta reseña aportando lo visto in situ, pero no me fue posible. Ni siquiera verlo por televisión, porque el ganadero se negó –a saber por qué-- a la transmisión en directo por Canal Toros; por tanto, no hago sino transmitir, a mi vez, lo que otros colegas transmiten, todos ellos coincidentes en sus apreciaciones. No obstante, debo dejar bien patente mi admiración por la labor que lleva a cabo Miguel Reta, que con treinta y dos vacas y dos toros de simiente ha sido capaz de ingresar en la Unión de Criadores de Toros de Lidia, esforzándose por lograr genéticamente unos ejemplares adaptados a la tauromaquia contemporánea, sin perder un ápice de la esencia biológica que caracteriza a la raza de lidia “arqueológica” que tiene entre manos. ¿Lo conseguirá?

No ha sido el caso de su “debut oficial” en corrida, digamos, formal. Y me temo que su proyecto –mantener la “esencia” de las guindillas navarras en cuerpo de toro de lidia y que haya un ser humano capaz de interpretar el arte del toreo con este material-- sea poco menos que una hermosa quimera. Lo dice un redundante aserto popular: “lo que no puede ser, no puede ser; y, además, es imposible”.

Ahora bien, siempre habrá gentes que disfruten con una buena ración de morbosidad. En los toros --como en el cine-- el terror tiene su público.