El lacónico adiós de un torero excepcional

Enrique Ponce se ha retirado de los ruedos. Así, de sopetón. Por sorpresa. La noticia, gestada y puesta en circulación por el propio protagonista, vuela por las redes sociales, el caladero más expansivo y eficaz que ha encontrado la sociedad contemporánea para tratar las cosas de la vida que afectan a los seres humanos, y también el lugar adonde echan la propia –red miserable—los que no lo son tanto, los que aprovechan la marea para refugiarse en su oleaje y dar suelta al contenido de su muladar. La noticia me deja absorto. Lo leo y no lo creo. Uno está acostumbrado a que los toreros, especialmente los grandes en importancia, los que “dejan huella”, preparan los bártulos del adiós con el detenimiento y reposo que demanda su influjo en la evolución de la tauromaquia por ellos practicada durante el período de mayor y más impactante actividad, anunciando con antelación los lugares donde trenzar el rosario de postreros paseíllos, una especie de metas volantes de su última etapa, la del fin de carrera. Pero en el caso de Ponce, no. Se va dando un portazo, y les puedo asegurar que tal comportamiento no “casa” con el carácter de un hombre esencialmente bueno, sensible y generoso ante la adversidad ajena, y de un torero que ama lo que hace –torear—como no he visto amar a nadie en este mundo del toro, donde el cuerno es una amenaza y el trapo, a veces, es sucio. Enrique es el torero que más he visto torear en mi ya larga aventura profesional por los ruedos del mundo, y les puedo asegurar que en la cuestión de practicar ese incomprendido y en tantas ocasiones denostado oficio de conducir lo impredecible, con la muerte andando por allí, no he conocido ejemplar de la especie humana tan identificado con lo que hace. Es una obsesión, sin duda. Se levanta de la silla para dirigirse al aseo y va por el camino dibujando trincherillas o pases de la firma. Toma el driver en el tee de salida, y antes de dar el pertinente zurriagazo no ensaya el swing, como todo el mundo, sino una tanda en redondo y el de pecho. Tiene la locura del toreo metida en la cabeza. No le cabe en ella otra cosa mejor que hacer. Algo muy gordo, muy íntimo, ha tendido que provocar lo que considero una sublime decisión, que parece haber llegado de la mano del abatimiento. No hace cuarenta y ocho horas que hablamos de él en una larga velada en Alicante, con empresarios, toreros y periodistas taurinos. Le habían visto en la corrida de esta feria echarse de rodillas durante la faena de muleta y su gesto de rabia, de rebelión, ante la negativa del presidente de concederle un trofeo les pareció exagerado; pero esto no es nuevo en Ponce. Siempre digirió mal estos pequeños despropósitos, tan habituales en las corridas. Así se ha comportado habitualmente Enrique Ponce en el ruedo. No entiende de censos municipales ni categorías de Plazas. Quiere ganar siempre, como decía Luis Aragonés que hacían los campeones. Lo conocí en Castellón, en la feria de la Magdalena del 88. Me lo presentó su mentor, su verdadero impulsor y algo más que “padre taurino”, Juan Ruiz Palomares, al término de una corrida de toros. “Mira, éste es el que debuta mañana con picadores”. Miré para abajo, para muy abajo, y era un niño, de los que llevan al colegio la cartera y el bollicao. Me molestó lo que consideré una broma de mal gusto, un vacile para conmigo que no venía a cuento.  Sí, sí, broma…, al día siguiente, con utensilios de torear acoplados a su corta estatura –casi de juguete—les formó dos líos monumentales a los cuajados novillos que salieron al ruedo. Desde entonces he sido testigo presencial y notario verbal de su excepcional carrera taurina. Excepcional porque no ha habido obstáculo que pudiera detener su ambición por desbridar lo enredoso y aprovechar lo boyante, superando inconvenientes que para otros fueron ininteligibles. Excepcional, porque no ha habido Puerta Grande de plaza de toros en todo el mundo que no le haya cobijado bajo su dintel. Excepcional porque se ha batido el cobre con tres generaciones de toreros, manteniendo su asombrosa capacidad para resolver los problemas del toro de lidia, con independencia de su encaste. Excepcional porque ha conquistado a los públicos del orbe taurino, a todos, sin excepción, toreando más que nadie durante más de tres décadas. Excepcional, porque ha sido el torero español de su generación que ha terminado el boletaje en la Monumental de México en varias ocasiones, convirtiéndose en el principal “consentido” del apasionado público de aquél país, algo que aún está por igualar entre nuestros compatriotas actuales. Excepcional porque es depositario de una afición inmensa e inmarcesible, así pasen los años. Hago mención de todo esto, a vuelapluma, porque, insisto, he tenido la fortuna –el privilegio, más bien-- de haber compartido tanta excepcionalidad. Por tanto, en lo que a mí concierne, con Enrique Ponce sobra el ditirambo. Esta es la verdad desnuda, la que es la tangible y demostrable. Ello no obsta para que en torno a su figura aparezca el pellizco de la discrepancia sobre su tauromaquia, que no es sino un reforzamiento para el discrepado. La polémica, no solo es consustancial con la fiesta de los toros, sino muy propia para alimentar la pasión entre los públicos, algo así como el plasma que impulsa y mantiene su vitalidad. Sin embargo, puede que sea, precisamente, la vitalidad del torero la que me ha parecido notar algo mermada en estos últimos días. Tocada del ala, podríamos decir. Conste que hace tiempo –demasiado-- que no hablo con Enrique, ni siquiera por teléfono. Pero a nadie se le escapa la “pesazón” que acapara este hombre de un tiempo a esta parte. Tampoco esperen que entre en el tremedal pestilente donde retoza el contingente impresentable que actúa en algunos medios de comunicación, redes sociales incluidas. La vida privada, ni tocarla. La “verdadera verdad” de intimidades, familiares o afectivas, solo la conocen quienes habitan de puertas para adentro, sobre todo las de alcoba. Y los avatares que se debaten con enconamientos derivados de todos ellos, más aún. Me interesa únicamente la noticia de la retirada de los ruedos anunciada de  forma lacónica por un torero llamado Enrique Ponce Martínez. Se va un grande, grandísimo torero. No es fácil que nazca otro con tal número de cualidades para practicar el arte del toreo, plantando batalla a nuevos y muy cotizados valores sobre las arenas candentes, hasta llegar a la máxima longevidad en primera línea de fuego. Por esto, y por sus incontables virtudes y valores, bien se puede decir –y digo—que Ponce es único. Se va un torero histórico. Excepcional. Se va “por tiempo indefinido”. ¿Volverá? No lo descarten.