Madrid-Alicante, entre la épica y la lírica

Llama el verano con fuerza cuando ya hemos doblado la esquina del medio año y noto  que la fiesta de los toros ha pegado un acelerón gordo en esa gratificante carrera hacia el ocio que ejercemos los españoles. Hay ganas de toros, ya lo he advertido hace unos días. Ganas de que se abrieran de par en par las puertas de la Plaza de Las Ventas y nos volviéramos a ver las caras unos y otros, profesionales y aficionados, con una corrida en toda regla. Por ejemplo, una de Victorino en Madrid, que no está mal para abrir boca. Se veían los tendidos con la gente pinteando sobre la piedra de Colmenar, a semejanza de aquellos tropezones que sobrenadaban en la sopa que la señora Eutimia nos ponía a los pupilos, de su, digamos, pensión, entre ellos, quien, como servidor --apenas zagalejo—estudiaba el bachillerato en “el Laboral” de Medina del Campo. Una ricura que buscábamos con avidez por entre el ralear del caldo. Dicho lo cual, el reencuentro con la afición de Madrid se convirtió en seguida en una especie de referéndum improvisado en cuanto apareció por el callejón la señora Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad y “casera” del monumental coso. Monumental, también la ovación con que fue recibida. De mayoría absoluta. Así están las cosas en la capital el Reino. Muy pronto, aparecieron las protestas por la flojedad de los primeros “victorinos”, que claudicaban de atrás. Los protestantes, probablemente, ignoran que estos toros ladinos suelen hacerse los longuis, pero recuperan su instinto conservador y buscan los tobillos y entrepiernas de los humanos que merodeaban en su derredor. Son toros que embisten con el reojo puesto en el discurso de las suertes, por eso, en cuanto no se ven sometidos por abajo y la  muleta pasa `por encima de los cuernos, parecen rebañar con delectación. Hubo dos toros buenos, bravos y encastados, pelín más nobles, que permitieron el lucimiento de Escribano y Sergio Serrano; aquél, aguantando en el cuarto de la tarde una porta gayola de infarto, con el toraco parado y resollando ante la esclavina del capote con sostenía con firmeza el torero arrodillado, y este mostrando su madurez y capacidad para abordar empresas de mayor envergadura. Los que vinieron de Albacete para verle –familia directa incluida—se abrazaron jubilosos y emocionados ante el triunfo del torero, que bien merece la repetición en Las Ventas. Cada cual paseó la anhelada oreja de sus respectivos antagonistas, luciéndose Manuel en los tercios de banderillas y en algunos pasajes de sus faenas, la segunda de las cuales remató con un volapié magnífico, y Sergio aguantando mecha en el malo y toreando con temple y ligazón al bueno, al que mató con decisión. Triunfo bien ganado, en tarde de suerte adversa para el valeroso Fortes y feliz para Tito Sandoval, que colocó dos soberbios puyazos.

Y de Madrid, a Alicante, para participar en otro reencuentro: el del arte del toreo en su más fidedigna expresión. Para ello, hasta la capital de la costa blanca llegaron tres toreros que tienen encandilados a los aficionados desde perspectivas bien diferentes. Antonio Ferrera, con su prodigiosa capacidad para hacer de un ejercicio artístico de vida y muerte un espectáculo original y sorprendente, Morante de la Puebla con su “tauromagia” a cuestas, repartiéndola con bendita generosidad y Juan Ortega, el pan caliente que sale del horno en que se cuece un toreo de refinadas formas y que ya cuenta con un apreciable contingente de seguidores. Ferrera, en un alarde de abnegada entrega, apareció renqueante tras el brutal percance que sufrió el día anterior en Badajoz. No es que sea de otra pasta, es que su callada perseverancia raya en lo inconcebible. Quería estar en esta corrida aunque fuera a costa de una recaída inapelable. ¡Qué tío, este Ferrera! ¡Cuántas veces ha superado las más dura adversidad en su ya extensa actividad en los ruedos!  Ayer, tragó paquete ante las tarascadas de un desabrido toro de Algarra y protagonizó su personal performance, para sorpresa de gran parte del público, prologando las series de capa con largas a una mano o galleando por chicuelinas mirando al tendido. Y lo mismo con la muleta, improvisando el primer cite con la tela revoloteando por encima de la cocorota… pero, después, toreando con exquisita templanza y apreciable largura. La suerte de ejecutar la estocada “procesionando” el encuentro con el toro no deja de sorprender. Tiene la denominación de origen en este torero, y a buen seguro estará rumiando nuevos inventos. Ferrera es la variedad al servicio del espectáculo. Un torero diferente. Un lenitivo contra la rutina. Pinchó antes de la estocada, pero le dieron las dos orejas. Por esa regla de tres, también debieron dárselas a Morante –solo paseó una--, a pesar del pinchazo.  ¡Qué faenón, madre mía! ¡Qué forma de expresarse ante la cara del toro! La mejor faena que le he visto este año… y una de las mejores de años atrás, y mira que le he visto veces acá, allá y acullá. No me pidan que lo cuente. Véanlo grabado, si quieren, y ya está. Me ahorraré una infructuosa búsqueda de adjetivos que pueden derivar en ditirambos absurdos o coletillas del manoseado breviario taurino. Ah, y tampoco se pierdan los lances a la verónica que dibujó en su primer toro, devuelto por lastimarse en un inoportuno volatín. Canela en rama, se me ocurre. Y ahí lo dejo, porque el sobrero apenas le dio opciones. También Juan Ortega caligrafió unos lances lentos y armoniosos al último toro. Y punto. No fue capaz de descabellar a su primer “algarra”, de escaso motor pero bondadosa acometida. Se lo echaron al corral, qué le vamos a hacer.

Estas fueron las cosas y los casos que se me han venido encima durante un ajetreado fin de semana, de tren AVE para arriba y para abajo. Un recorrido breve, pero intenso, entre la épica de Madrid y la lírica de Alicante. Un finde fantástico, coronado con una tarde de toros para el recuerdo, en el año que comienza otro tiempo de recuerdo: el que ocupa el torero  más exquisito que ha dado esta fierra, José María Dosl Abellán. Manzanares, forever.