Manzanares

Manzanares es un apellido convertido en apodo taurino por un mocito de Alicante que quiso ser torero de fama cuando finaba la primera década de la posguerra española.  Así se apellidaba, de segundo, la madre del novillero José Dols y Cantó, y de ella lo tomó para sí durante su breve paso por el escalafón novilleril, y el más dilatado como banderillero en las cuadrillas de toreros locales de cierto renombre, el conocido como Pepe Manzanares, patriarca de una dinastía de toreros de largo recorrido y calidad universalmente reconocida. Un hijo y dos de sus nietos lo llevaron o llevan con orgullo hasta éste mismo  momento. Tres toreros, dos de a pie y uno de a caballo, a saber: José María Dols Abellán y José María  y Manuel Dols Samper. Tres ramas del “manzano” taurino que plantó el Pepe Manzanares que conocí cuando --ya cincuentón largo-- lucía su palmito en los callejones de las plazas de toros, vestido de paisano, con su gorrilla ladeada sobre la ceja.

Hoy, 24 de junio de 2021, se cumplen cincuenta años de la alternativa de su hijo primogénito, el José María Manzanares por excelencia, el fruto más lozano de su ramaje. Medio siglo ya que se produjo en Alicante un verdadero acontecimiento taurino, cuando Luis Miguel Dominguín, a la sazón cumpliendo su última y fugaz reaparición en los ruedos, le cedió los trastos de torear en presencia de El Viti, para oficiar como matador de toros ante un ejemplar de Atanasio Fernández. Desde entonces, hasta la hora de su prematura y sorprendente ida de este mundo, José María Dols Abellán, Manzanares, padre, se prodigó por los ruedos del mundo exhibiendo una tauromaquia esencialmente artística, adornada por un clasicismo de refinadas formas y dotada de unos conocimientos del toro de lidia que solo acompañan a los toreros de época. Así fue la tauromaquia de este Manzanares que hoy homenajean en su tierra. Así se ofreció al mundo de los toros este guapo mozo de la capital mediterránea, que lo mismo impartía clases magistrales sobre la candente arena de una plaza de toros, para gozo del público en general, que sobre la apelmazada tierra de una de tienta, para deleite de la gente campera,  o  sobre el solado impoluto de un hotel de lujo, para delectación de toreros en activo, posteriores a su generación. Así fue este Manzanares ante el que hoy se rinden las gentes de su tierra. En casos como éste, cincuenta años no son nada, y mucho menos obstáculo para obstruir el conducto que se enchufa a la mente y activa la memoria.

Por este motivo, el homenaje de hoy en Alicante me parece un acto de reivindicación imprescindible, un reconocimiento cabal de la influencia de este alicantino para que el nombre de su ciudad –y de la comarca mediterránea, en general--, diera la vuelta al mundo, tan triunfal como aquellas que él daba por los ruedos en tardes de apoteosis. Tal causa me obliga a meter el rastrillo de arenero para orillar bajo el estribo la hedentina de una venalidad tan contumaz como incomprensible hacia una generación de toreros brutalmente tratada por un sector del periodismo (¿) taurino que ejercía la crítica en la época de mayor esplendor de los criticados. Paquirri, Dámaso, Capea y sobre todos, Manzanares, fueron piezas codiciadas para tratar de destruir lo que el paso de los años y la evidencia de los hechos ha demostrado: el poder de la grandeza frente a la miseria, aún reconociendo que ésta, en algunos casos, no era sino el producto de la ignorancia o la incapacidad congénita para ejercer un juicio sereno y desapasionado. Sin embargo, no quisiera que esta evocación tocada de cierta amargura empañara el dulzor y la esplendidez que en este día de San Juan prevalece en los actos de Alicante. Lo rastrero, se rastrilla y en paz. Hecho queda.

Morante de la Puebla, le ha regalado a la ciudad un busto en bronce de este Manzanares, para él maestro y espejo de una tauromaquia que mayormente comparte: la que se asienta, se basa, sobre la inspiración, el sentimiento y la compostura. El trípode perfecto para ejercer el arte del toreo. La manzana de este Manzanares que hoy se homenajea aún se mantiene fresca y brillante, porque uno de sus retoños –El José Mari que esta tarde torea, mano a mano con El Juli-- mantiene en alto el banderín de una dinastía esencialmente artística: la que hace recreación de una forma de torear sin prisa, poniendo lentitud a la brusquedad, pausa a la intemperancia, frescor a la calentura. Hace más de treinta años que descubrí, e implanté para ponerle música a un triunfo “manzanarista” en Sevilla, unas bulerías –después repetidas hasta la saciedad-- que cantaba mi querido amigo, El Turronero: ¡qué  despacito torea, José María Manzanares! Pues bien, allá donde estés, querido José María, has de saber que aquí abajo no se te olvida, sino que se te rinde pleitesía; por tanto, créeme que en este día luminoso, aún sin fogueres que quemar, llegará hasta ti la llamarada de aquél soniquete del citado cantaor lebrijano, que también suscribo: ¡Ole tu mare!...