El viento embiste a oleadas

Eran las ocho y veinte pasadas cuando el cielo de Valladolid perdió el azul zafiro de estos días de sofocante calor y se transformó en negro antracita. Era una capota que ganaba oscuridad por momentos. Negro panorama. Como el reinado de Witiza. Habían pasado los prolegómenos de la corrida –descoordinados a más no poder--, con minuto de silencio en recuerdo de los fallecidos Zósimo de Gregorio y Pepe Rabadán, dos médicos de esta plaza de toros muy queridos y admirados, y de Teodoro García González, heredero del apodo Matilla que ahora ostentan sus hijos, Antonio y Jorge, empresarios taurinos, apoderados de toreros y no sé cuantas cosas más; mi amigo Teodoro, el del cigarrillo de rubio emboquillado entre la comisura de los labios, la chaqueta por sobre los hombros y las gafas de ver sobre el pelo de peinar, el “hombre de Balañá” en sus dominios taurinos, a quien tanto y tan estrechamente traté en Sevilla. Al minuto del recuerdo siguió el del himno nacional, ya con la formación del paseíllo medio desecha. En resumen, un prólogo mal comunicado y peor programado. Había toreado El Juli un toro terciadito de Garcigrande, bravo y flojo, con el que Julián midió distancias y alturas a la perfección, hasta lograr varias series de muleta ligadas con ambas manos que obtuvieron el beneplácito del público que colmaba el permitido aforo de la Plaza. Si no pincha dos veces antes de clavar una estocada defectuosa, se lleva premio, pero la gente, mientras aplaudía a rabiar, miraba al cielo con preocupación. Y los toreros no digamos. El Fandi, capote en manos, se echó de rodillas bajo la techumbre negruzca y dibujó la prevista larga cambiada a un toro muy bravo del ganadero salmantino Justo Hernández, pero cuando se puso en pie apareció una ventolera descomunal, como si a los toreros de estos tiempos les hubieran desatado la bolsa de los vientos, a semejanza de lo que hicieron los marineros de Ulises en su tempestuoso viaje a Ítaca que se describe en la homérica Odisea. Fue entonces cuando los toreros anunciados tomaron conciencia de que había que torear dos toros a la vez: el de turno que salía por chiqueros y el que se coló de rondón desde los cielos. Aquél, ciertamente, es de consuno habitual para los tres matadores. Es el toro que les ha caído en suerte. Este otro, en cambio, es un invitado indeseable, imprevisible, artero y malaje; el peor de cuantos toros tiene el torero que torear. ¿Cómo se torea un viento huracanado que levanta polvaredas cegadoras y hace revolotear capotes y muletas, desarmando al hombre y desconcertando al otro toro? Nadie –ni el diestro más diestro en cuestiones meteorológicas-- lo sabe a ciencia cierta. El viento embiste a oleadas, insufla su  soplido por sorpresa y tiene capacidad para abrir la caja de Pandora del ruedo y destapar todos los males del mundo. En esas lamentables condiciones empleó David Fandila su capacidad para “enfandilar” a los públicos, colocando banderillas con precisión y velocidad de relojero, toreando de pie y de rodillas al abrigo de las tablas, como buenamente pudiera, mientras el toro negro, el de verdad, tomaba nota de que detrás de capotes y muletas había algo más que una tela cromática por alcanzar: una figura de lentejuelas que aparecía de cuando en cuando, a su merced. No cabe duda de que este público amable y condescendiente de mi tierra hubiera comprendido la toma de precauciones que exigían tan malévolas circunstancias; pero hete aquí que ninguno de los tres espadas se dio la más mínima ventaja ante el infortunio de la ventolera. Al contrario, El Juli, salió a realizar la faena de muleta al cuarto toro (el de verdad) con la rabia de un novillero que esté ante su única oportunidad para descollar en el escalafón. Increíble. Se jugó la vida toreando al viento, a sus oleadas, y tuvo arrestos para conducir, a su vez, al de la piel negra y los cuernos afilados que andaba por allí. Me recordó aquella tarde de Sevilla, con el agua hasta la pantorrilla y la alternativa recién estrenada. Este Juli parece dotado de una capacidad especial para meterse de lleno en la epopeya.  ¿Y cómo toreó? Pues… es difícil de explicar, porque la muleta flameaba por entre los cuernos del toro o la cintura del torero, según. Lo mismo le ocurrió a Roca Rey, que hizo gala de un amor propio encomiable y no dio un solo paso atrás, en dos faenas en las que el “hule” parecía avisar de su presencia en la enfermaría. Así trascurrió el segundo festejo programado para San Pedro Regalado y trasladado al día de San Antonio, entre constantes aprendices de tornado, que aquí en Castilla llaman “brujas”,  y estampidas del público en busca de refugio en las localidades cubiertas. Porque, encima, hasta llovió. La fantasmagórica corrida acabó cerca de las once de la noche. ¿Resultado? Se cortaron ¡siete orejas!, tres El Fandi, dos El Juli en el segundo de su lote y una de cada Roca Rey. El público las pidió con enfático clamor  tras la contundencia de los estoques. ¿Pero se toreó con temple, ritmo, armonía o suprema belleza, como anteayer? En modo alguno. Era imposible. Como imposible, también, valorar el comportamiento del ganado vacuno que se lidió. Ayer, el toro que se lidió en el coso del paseo de Zorrilla se llamó Eolo. Un marrajo de tomo y lomo que, repito, embiste a oleadas. Desconozco su encaste o la genealogía que le adorna. También la extraña mentalidad de unos hombres que se juegan la vida ante semejante amenaza telúrica. Se me hace tarde para entrar en las profundidades de la mitología griega. Esta crónica debería escribirla Homero.