Urdiales poetiza cuando torea

Santiago Araúz de Robles, fecundo esqueje literario de la popular familia ganadera de bravo española, asegura en su espléndido libro Sociología del Toreo que “el pase es un poema improvisado sobre la curva de la embestida”. Cierto, pero siempre que el ejecutante del mismo –autor del pase-- haya encontrado hueco en un hipotético Parnaso Taurino; es decir, sea un  buen poeta. ¿Hay toreros poetas? ¿Los hubo en tiempos pasados? Probablemente, aunque no consta de manera fehaciente en los anales de la Tauromaquia; pero es difícil encontrarlos, por la sencilla razón de que este tipo de poemas no se escriben para publicar, y por tanto no son de curso común. Los toreros los imprimen, directamente, en el capote o la muleta, y son tan fugaces como perecederos. Ayer, en Madrid, Diego Urdiales se reveló como un vate de nuestra contemporaneidad, que emplea su tiempo laboral en el ruedo de una plaza de toros; pero él no lo sabe.

Dicha revelación comenzó a tomar forma en el primer toro de la corrida, cuando se abrió de capa Diego y ofreció un recital de toreo a la verónica, lánguido y hondo a la vez, prendiendo en los vuelos del percal al toro Jubilado, de Victoriano del Río y se fue con él hasta los medios con un frondoso ramillete de lances –cuántos fueron, ¿diez?, ¿doce?-- que remató con dos medias sobre la cadera. Fue la espoleta que nos hizo presagiar una traca de toreo sin precedentes en esta Plaza. A este proemio tan estimulante siguió un quite por el mismo palo –a la verónica—aún de superior categoría. El toro se mostró bravo y codicioso en el primer tercio, desmontando al picador Manuel Burgos y buscando carne entre los refajos de guata que cubren las partes blandas de la cabalgadura. Pasó al tercio final engallado y encastado, pidiendo toreros. Y allí estaba Urdiales, para ofrecer las pautas de una obra por improvisar… si las condiciones de un ser irracional lo permitieran. Mas no fue así. Apenas dos tandas prometedoras, bien encajadas, dieron paso a una “espantá” sorprendente del cornúpeta. “Ni uno más”, pareció decirle al torero. Y se fue a las tablas, proclamando su cobardía. A pesar de tan descarado desaire, Diego fue describiendo algunos apuntes de una prosa sencilla y bella, antes de tumbar al desleal astado de una estocada encunándose. Lo mejor, estaba por llegar.

Y llegó en el cuarto ejemplar bovino de la tarde, un buen mozo de don Victoriano, por nombre Caprichoso, sardo de pelo, de 550 kilos de peso, con cinco años y casi tres meses de edad. Tras los primeros coqueteos con la gente de a pie, pudimos ver un monumental puyazo de Oscar Bernal, en el que toro y piquero se entregaron denodadamente, por lo que temimos que las facultades del burel llegaran resentidas al tercio final. Por fortuna, no fue para tanto, y entonces comenzó el verdadero recital; una sinfonía de toreo curvilíneo, preñado de empaque, en el que un tal Diego Urdiales vino a dejarnos sus versos más luminosos y cristalinos. No se crea que Caprichoso puso el más mínimo empeño en colaborar en la creación de la obra; al contrario, embistió a capricho, sin definir nunca sus acometidas. Tan pronto se desplazaba humillado como se vencía y buscaba carne fresca al final de los pases. Como si embistiera con los renglones torcidos, a pesar de lo cual, se consumó el poema, poniendo por estrambote unos toques de “sevillanía arnedana”, pieza única entre las de su clase. Estocada volcándose y oreja, con petición de la segunda. Sea como fuere, oreja de ley. Premio para un consumado artista: Diego Urdiales. Un torero que poetiza cuando torea.

El resto de la corrida fue otro cantar, porque los toros de Victoriano del Rio no ofrecieron el juego esperado. Bajaron el listón considerablemente en presentación con respecto a las corridas ya celebradas y su juego fue, francamente deficiente. Por ello ni Manzanares ni Roca Rey pudieron consumar el triunfo que persiguieron durante toda la tarde. José María, con un toro codicioso, jugado en segundo lugar, que comenzó ofreciendo un viaje largo y acabó buscando al del chispeante a la salida de las suertes y después con uno escurridillo flojo y bajo de raza, que embistió bobalicón. Se empeñó en matar recibiendo al primero y precisó dos encuentros, pero al quinto le metió el acero al volapié.  En aquél, le avisaron, pero en ambos le aplaudieron. Y Andrés, que tenía la dura tarea de superar su fantástica actuación de anteayer, se estrelló con un colorado de Toros de Cortés, que fue de lo más descortés. Se cayó el caballo de picar cuando lo vio llegar a su encuentro y por poco tenemos otra avería, porque Sergio Molina, el picador de tanda, se quedó materialmente a merced del toro. Después “Viruta” las pasó caninas a la salida del un par de banderillas y cuando Roca terminó una serie de estatuarios, pudo verse cómo el toro se iba poniendo a la defensiva, soltando la cara en los embroques. Roca Rey, en cambio, atacó con toda la artillería de su indomable valor, hasta que el de Cortés lo arrolló y por poco le hiere. En ese  momento, la Plaza ardió de entusiasmo, ante los alardes del peruano, que esta vez pinchó antes de la estocada y perdió el trofeo. El sexto, era un toro cubeto, chico y más feo que Picio. Desentonaba con la corrida y, sobre todo, con esta feria. Roca Rey se reunió con él en los medios y porfió lo indecible, logrando alguna tanda de mérito y una estocada letal, cuando ya había recibido un aviso. También se fue con una ovación.

Plaza “llena”, esta vez. Ya saben que, en estas circunstancias, la aritmética del conteo solo se puede emplear con el jefe de taquilla. Lo que sí hay que contar, y destacar, es un magnífico par de banderillas de Daniel Duarte y, sobre todo, la soberbia actuación de José Chacón, en la brega y en banderillas. Menuda feria ha echado este tío. Chapó.