En tarde sangrienta, Roca extiende el toreo; Aguado, lo duerme

A Plaza llena, dentro del aforo limitado, se palpaba la competencia, el come-come, el “pique” en Vistalegre nada más hacer los toreros el paseíllo. Quizá sean sospechas infundadas, pero dada mi cercanía al patio de cuadrillas, tuve la impresión que entre Roca Rey y Pablo Aguado no hay comunicación fluida ni trato afectivo que valga. Sin llegar a la abrupta descortesía que –según cuentan los más cercanos a su tiempo—se gastaban Ignacio Sánchez Mejías o César Girón con algunos de sus atribulados compañeros de fatigas en los minutos previos a la corrida, puedo asegurarles que, ayer en la plaza de toros de Carabanchel, Roca Rey y Pablo Aguado se esquivaban cuanto podían, haciendo la ”cobra” con sus miradas si en un azar se entrecruzaban. Ya en el primer toro de la tarde, cuando los picadores cabalgaban hacia el momentáneo retiro que les impone el curso de la lidia, me pareció advertir que el torero peruano “invitaba” al español a hacer el quite. Y Pablo lo hizo, bien que con desigual fortuna. Entonces me percaté de que aquello iba en serio. Era un desafío, un reto, o un “agarrón”, como dicen en México. En suma, lo que toda la vida de Dios ha sido el “mano a mano” en el toreo: ¡Aquí se va a ver quién es cada cual! ¡Que se entere este de lo que vale un peine!

El peine lo pusieron los toros de tres hierros de acreditada garantía: Jandilla, Garcigrande y Núñez del Cuvillo. Comprendo que habrá aficionados que hubieran preferido Miura, Pablo Romero y Tulio Vázquez, pongo por caso, pero la cosa fue como fue, y no hay que darle vueltas, sobre todo porque el toro de lidia hiere y mata exactamente igual, con independencia del anagrama que le pusieron de becerrillo en la nalga.  La tarde de ayer en Vistalegre fue un claro ejemplo: el primero de la corrida, herrado con el marbete de Vegahermosa (segunda “marca” de Jandilla) se fue como un tren al cite del banderillero Juan José Domínguez, quien, en un detalle que le honra, no quiso pasar sin clavar y fue arrollado, volteado y buscado fieramente en el suelo, izando como un pelele, una y otra vez, al hombre vestido de verde y plata que le había dado dos soberbios capotazos pocos minutos antes. Era una noria dramática, con el toro encelado en la víctima, en medio de un revuelo de capotes (todos, absolutamente todos, al quite) de la que Juan José salió visiblemente malherido. “Cornada en el hemitórax izquierdo de 15 y 20 centímetros, con cuatro trayectorias. Pronóstico muy grave”, reza el parte del doctor Enrique Crespo, que tuvo trabajo a destajo en la sangrienta tarde de ayer. Algo más de dos horas más tarde, entraba Pablo Aguado en la enfermería con el muslo derecho partido por el pitón de un toro. Otra cornada grave. Los cuernos que hieren tan gravemente no entienden de etiquetas.

Entre ambos lamentables sucesos, se vivió intensamente en el ruedo la pugna de dos nombres jóvenes que rivalizaban por imponer su forma de entender el arte del toreo: Andrés Roca Rey, defendiendo su título honorífico de líder del mundo taurino. Esto ya lo sabe el joven peruano. Y lo asume. Más aún, creo que lo desea. Lea va la marcha. Por eso impone languidez a su andar por el ruedo y sabe dar con la tecla definitiva cuando la faena entra en un declive pasajero. Así lo demostró en el segundo toro de su lote, un garcigrande, encastado, bravo y noble –gran toro-- que fue toreado de capa templadamente a la  verónica y, además, con lances tomando la tela por una sola mano, novedad en la partitura de Roca Rey. Fue una belleza esta forma de torear de capa, y el público así lo reconoció con su reacción de asombro en forma de ovación cerrada. La faena a este toro fue calcada a la realizada por Roca en el primero de la corrida: muleta arrastrada por la arena, quebrando la cintura y corriendo la mano sin solución de continuidad, haciendo que el animal solo vea una muleta ante sus ojos. Máxima ligazón, pero, también, máxima exigencia para el toro. Muy bravos y fuertes habrán de ser para aguantar tan fatigante como insistente modo de conducirlos por el ruedo. Pero así concibe Andrés el arte que practica: de reunión y de comunión entre él y el toro. Es un toreo que se extiende con generosidad por el mantel del ruedo a los ojos del público. Un toreo explosivo en su concepto y avaro del espacio en que se practica. Lo de explosivo se acrecienta cuando Roca se empeña en meter en un puño el corazón de quienes lo contemplan desde arriba. Así ocurrió con las bernadinas finales de la faena a este toro, un toro que murió de una estocada en la yema, cobrada a ley, como las que recetó a los otros dos toros de su lote, el agresor de su banderillero y el de Cuvillo que salió en quinto lugar, el más desaborío de los enlotados. Le pidieron tímidamente la oreja en el primero, cortó las dos del tercero, tras un aviso, y se llevó otra ovación en el quinto, al que, por cierto, colocó  un emocionante par de banderillas José Chacón. Lo dicho: este Roca, es un bicho. Difícil ganársela en el ruedo. Es el objetivo a batir a partir de este año.

Lo de Pablo Aguado es otra cuestión. Diríase que es la contraoferta de Roca. En el segundo toro el “pique” entrambos se dirimió --¡qué curioso!— por chicuelinas, limeñas las de Roca Rey, sevillanas, las de Aguado. Aquéllas, de ole, estas, de olé. ¿Capiscan la diferencia? Pues lo mismo encaja en sus diferentes repertorios. Pablo saludó al cuarto de la tarde, un torazo castaño de Garcigrande, con unos lances a la verónica sencillamente inimitables. Ralentizados hasta la exageración.  Podría decirse que Pablo Aguado “duerme” el toreo. ¿O lo sueña? ¡Vaya usted a saber! Lo que sé es que levantó al público de los asientos. En el sexto toro trató de repetirlo, pero el de Cuvillo no se prestó a la consumación. Tengo para mí, que para “dormir” el toreo, Aguado necesita un toro que de lejos se le venga y de cerca se le vaya. A veces, estas cosas ocurren y, entonces, la belleza se sublima. Como en Sevilla, hace dos años.

El mano a mano terminó con Pablo Aguado colgado del pitón de ese último toro. Quiso asegurar la estocada y, con ella, quizá el trofeo de la oreja y el toro lo caló en el muslo. Llevaba el combate perdido a los puntos –dos avisos le dieron en su primer toro-- con su rival y arriesgó en el último punch. Se fue a las manos del doctor Crespo y le durmieron sobre el quirófano. Mala suerte, la del torero que “duerme” al toreo.