Entre el almíbar y el acíbar, Morante

Antes de que los toreros hicieran el paseíllo, estaba la Plaza llena de Morante. ¿Qué tendrá este torero que tanto subyuga, que tanta premonición despierta? “A ver si quiere Dios que le embista uno”, se podía oír por los alrededores de Vistalegre poco antes de la siete de la tarde. No hacía falta aclarar que  el destinatario de la invocación divina era el mozo de la Puebla. Morante por aquí, Morante por allá. Todo giraba en torno suyo. Los morantistas –nunca abjuraré de mi voluntaria militancia—sabemos que a José Antonio, el de la Puebla, hay que saber verle, que no es facil. Estudiar su semblante, bucear en sus gestos,  advertir sus flaquezas. Comprender que su exclusiva forma de practicar el arte del toreo –su “entendimiento” de tan sublime cuestión-- está supeditada a las condiciones de un ser irracional, lo cual da idea de lo improbable que resulta dar con la  tecla de tan abstruso acertijo. Hay toreros a quienes les “valen” la mayoría de los toros, pero no es el caso. El caso es que ayer a Morante le salieron del chiquero dos toros de muy diferente condición: uno, de Juan Pedro Domecq, bravo y noble, y otro, sobrero de Daniel Ruiz, indócil, artero, malaje en el más amplio sentido de la palabra.  Por tanto, pudimos ver las dos caras del torero más sorprendente y más solicitado de la actualidad: una, risueña, amable, de tío inspirado y echado para adelante y otra de hombre precavido ante la patente adversidad. Con aquél florecieron los lances a la verónica, garbosos y “sentidos”, y los pases de muleta de bellísima composición en los que el toro iba empapado en la franela y obnubilado por el trazo suave y lento de la tela roja, que se movía en redondo guiada por la diestra mano o los naturales limpios y largos trazados por la zocata. Sucedía esto entre medias de una faena que encandiló al público, desde el principio, con los pases de tanteo de pierna flexionada, o ya al final con unos ayudados por bajo de claro corte “gallista”, que acabaron por desbordar el entusiasmo. Esta fue la cara que ofreció Morante ayer tarde en Carabanchel. La cruz, llegó con el sobrero que salió como quinto-bis, un toro de nombre Juguetón, herrado con el marbete legendario de Coquilla que adquirió Daniel Ruíz. Morante no aceptó el juego del cinqueño serio y alevoso, y lo que habían sido parabienes tras la estocada letal anterior, trocóse en paramales con aquél remiendo que acometía a oleadas y se resistió a doblar tras la media estocada entrando con alivio, precedida por tres pinchazos de idéntica ejecutoria. Y allí fue Troya. Bronca gorda. Denuestos varios. Lío en los tendidos. En una tarde de primavera pasó Morante del almíbar al acíbar en poco menos de una hora: de la victoria más meridiana –oreja y petición de la segunda-- al “guaterló”, como diría Rafael el Gallo.

Durante el resto de la corrida no llegó a consumarse el pretendido duelo entre el artista consagrado –Morante de la Puebla—y su “delfín” más preclaro: Pablo Aguado. No tuvo, ciertamente este joven torero su tarde más afortunada, a pesar de que le correspondiera un toro, el tercero, de bravura noble y reperidor ataque, que metía la cara en las telas de torear y se desplazaba hasta el final de las suertes. En puridad, Aguado toreó de capa con su habitual parsimonia y bordó un quite majestuoso por el mismo palo. También con la muleta, ejecutó unas preciosas dobladas de sabor añejo y un garboso toreo por la cara. Por supuesto, hubo series en redondo despaciosas, de lento recorrido –es el adalid del reposo-- que es la principal seña de identidad de este torero; pero sin desmerecer su proverbial capacidad para ralentizar los pases, su labor en este buen ejemplar de Juan Pedro fue demasiado premiosa –le dieron un aviso-- y dio la sensación de que el toro se fue al desolladero con unos cuantos muletazos dentro. El sexto, en cambio, fue un “tío” que arreó descompuesto desde que apareció en el ruedo y puso en serios aprietos al personal que andaba por allí. Pablo lo aguantó con firmeza y torería, hasta que el animal se vino abajo estrepitosamente. Durante los dos primeros tercios de la lidia de este toro, Morante se empleó a fondo para sacarlo, tirando del rabo, de su encelamiento bravucón con el caballo de picar y después cortando eficazmente –con riesgo más que evidente-- a la salida de los pares de banderillas, donde brilló Iván García, como era de prever.

Enrique Ponce abría cartel y toreó templadamente de capa al toro que abrió plaza y hasta hizo un ceñido quite por chicuelinas, que no es habitual en su repertorio. El juampedro fue perdiendo codicia a medida que avanzaba la faena y Enrique terminó metiéndose encima de los astifinos pitones, antes de que se le fuera muy atrás la espada en la estocada. Al astifinísimo cuarto le colocó un monumental puyazo Manolito Quinta, pero el feroz cornúpeta se fue hacia los banderilleros como un huracán. Algabeño saludó tras dos pares arriesgados y Ponce se batió el cobre con un toro que escondía sus intenciones tras una embestida alegre, soltando la cara en los embroques. Toro de “peligro sordo”, que dicen los taurinos. Enrique Ponce se la jugó, sin que el personal apreciara su esfuerzo, en una labor demasiado extensa que acabó con media estocada tendida.

La corrida de Juan Pedro Domecq --toda ella cinqueña, camino de los seis años-- estuvo magníficamente presentada y muy seriamente armada. En este aspecto, nada que objetar. Las varas de picar debían tener la madera quebradiza, porque se troncharon tres garrochas, tres, durante los primeros tercios. ¿La entrada? Pues calculo que se agotarían las localidades puestas a la venta. Los recortes del aforo provocan estas inconcreciones. Ah, y Morante sigue desatando pasiones, a pesar de “mítines” como el de ayer en su segundo toro. Cosas de los artistas de cuño --o de viola-- irremplazable. Así es, si así os parece.