Arranca una insólita feria de San Isidro

Se estaba raro, ayer en Vistalegre. Este sorprendente ciclo de toros en Madrid que se sacó de la manga Toño Matilla les ha pillado a  muchos con el pie cambiado. Un sector apreciable –el más “rigorista” e inconformista del Foro—ha puesto el grito en el cielo por bautizar “feria de San Isidro” al serial carabanchelero. ¡Sacrilegio! San Isidro, en clave taurina, está domiciliado en la Plaza de Las Ventas. ¡Si don Livinio levantara la cabeza! Por eso se estaba raro ayer en los asientos de poliéster de este ciclópeo edificio que mandó levantar mi amigo Arturo Beltrán sobre el solar desolado en que viví –como tantos arrapiezos incipientes-- mis primeros años de cronista taurino, en aquella Plaza  que el viejo revistero Don Benigno bautizó como “Alegre Chata”, porque le rebanaron –como a la de Albacete-- una planta de su proyecto original. Original, desde luego es esta feria. Quitando los carteles del arranque y el final, huele mucho más a parque de María Luisa que al de Retiro. Es más de Sevilla que de Madrid. Y le llaman “feria de San Isidro”. ¡Sacrilegio!

Hasta aquí, las premisas de una feria de toros y toreros probablemente, irrepetible. Reconociendo la apuesta ingeniosa –y riesgosa—del joven empresario, hay que convenir también que Las Ventas del Espíritu Santo es un venerable santuario taurino y el Palacio Vistalegre un formidable recinto multiusos, que tiene unas ventajas y otras prestaciones enmarcadas en la modernidad, aunque, evidentemente, no puede competir con el encanto emocional del viejo coso de la calle de Alcalá. Se estaba cómodo ayer, en Vistalegre, es cierto, porque las butacas son amplias y con respaldo y porque las medidas sanitarias se respetaron escrupulosamente; pero para mí que San Isidro fruncía el ceño por allá arriba.

No me pidan el dato estadístico de la respuesta de público. Calculo que unas cuatro mil personas acudieron al festejo, pero no me hagan mucho caso, porque no veía más que aspas rojas en los asientos colindantes, prohibiendo sentarse a menos de metro y pico del siguiente. En este ambiente fue transcurriendo una tarde de toros que puede considerarse histórica. Un ambiente en el que confrontaban puristas y reformistas, liberales y antisistema. Se oían gritos y comentarios de lo más sugerentes, como si quisieran advertir a los toreros de que estaban vigilados celosamente, bajo sospecha, como lo estaba Juan Belmonte aquella tarde que se empeñó en domeñar a un toro arisco y peligroso en la placita de una pequeña población, cuando sonó una voz campanuda y amenazante: ¡Eh, Belmonte, que no todos somos de pueblo!”; pues así sonó, por cima de la contera de la mascarilla, ya por debajo del mentón, la voz de un conspicuo aficionado que conminó al primer espada de la tarde con esta severa admonición: “¡Hay que poner el caballo en su sitio, director de lidia!” . El director de lidia en cuestión  y por tanto destinatario del rapapolvo, era Alberto López Simón. Desde las localidades altas, un grupo de jóvenes se partían las manos, no aplaudiendo, sino protestando porque le habían concedido una oreja a Álvaro Lorenzo en el quinto de la tarde. Allí estaban ellos, para parar estos desmanes. Una oreja en la feria de San Isidro se corta después de sudar tinta. ¡Habrase visto!  Hubo quien invocó a “Alexa” para que diera las últimas noticias de la renovación por el Real Madrid de Sergio Ramos o una señora entradita en carnes que hizo una video/llamada a su hijo, para que compartiera con ella lo que ocurría en el ruedo; y, en fin, quien tras dos serias volteretas del citado López Simón y el subalterno Jesús Fernández resolvió que tan comprometidas situaciones estaban cantadas, en base a esta sentencia filosófica: “Se empeñan en que el toro los pille… y los pilla”.

Entre esta bruma ambiental se batieron el cobre tres toreros jóvenes ante los toros de la ganadería de El Pilar. Una corrida cinqueña, pero guapamente presentada, con algunos toros, como segundo y sexto, de muy seria presencia y astifina arboladura. Mas, ¡ay!, que bajitos de casta todos ellos. Y de fuerza. Les duraba el combustible lo justito para que los toreadores intentaran demostrar que están capacitados para tomar el relevo de las figuras consolidadas. Sobre todo, Álvaro Lorenzo y Ginés Marín. Aquél, torea de capa primorosamente, porque dibuja la verónica con arrogante templanza y maneja la muleta con soltura y buen aire. Buen torero, este Lorenzo toledano, que se esforzó ante un lote venido a menos y logró algunos muletazos de excelente traza, con los pies firmemente asentados en la arena. Y colocó al quinto un volapié extraordinario que, por sí solo, valía la oreja que el citado grupo juvenil tan ardorosamente protestó. Ginés es otra valiosa pieza para el relevo y también se llevó la oreja del sexto, al que toreó de capa con variedad y asombrosa quietud, aunque por exceso de ceñimiento, convirtió las chicuelinas en chicotazos; pero toreó magníficamente en redondo y al natural y también clavó una estocada soberbia a su segundo toro.  Ambos hicieron faenas larguísimas, y fueron avisados. Brindó Ginés a Lorenzo --¿qué se dirían?--, mientras López Simón observaba entre barreras, después de haber toreado hasta la extenuación a un toro, el primero, más bueno que el pan, pero muy escaso de fuerza y casta, al que pinchó antes de recetarle una estocada que lo sentó de culo. El cuarto fue un toro galopón, que repetía incansablemente, pero con mosqueante calamocheo… hasta que lo empuntó al mínimo descuido. Se llevó un palizón. Al igual que sus compañeros cosechó algunas palmas del público heterogéneo que acudió a Vistalegre. Fueron las “palmas a la voluntad” que consignaban los antiguos revisteros taurinos.

También se lo llevó el público, porque hubo momentos en que el tedio amuermaba al personal. Este será un sanisidro más breve, pero radicalmente distinto a los celebrados en sus más de setenta años de existencia. Desde luego, celebrar toros en estos días de mayo lejos de Las Ventas queda como raro; pero ahí está, por obra y gracia de Toño Matilla. También el Real Madrid ha jugado la Liga y la Champions League en Valdebebas y no en el Bernabéu. Y vale lo mismo.