Ventura y El Juli en la tarde de "ayusismo"

Ha sido largo, larguísimo, el plantón que le han dado a la Plaza de Las Ventas. La maldita pandemia, dicen. Es posible, pero no fácil de digerir o de explicar. La salud es lo primero, naturalmente, pero no me cabe duda de que si no se echa para adelante Isabel Díaz Ayuso, la señora que gobierna la Comunidad de la capital de Reino de España, no vemos aparecer un pitón por el portón de chiqueros ni de coña. Esto ya no lo discute prácticamente nadie, ni siquiera quienes le han tratado a desgarrapellejo desde los altos poderes del Estado en cuanto osó enfrentarse al mandamás de los mandamases. Los tiene cuadrados, la señora. ¿Era la apertura de la Plaza un acto con claro tinte electoral? Desde luego. ¿Y? Dentro del recinto, prácticamente nadie se lo reprochó. Fue algo así como la confirmación pública del ayusismo que se ventea en Madrid. Pero este es tema bien distinto –aunque no ajeno-- al que tiene página reservada en este medio de comunicación: escribir de toros y toreros. Si hago esta breve digresión es porque me sorprendió el afán vindicativo del público que ayer agotó las localidades –seis mil, de las casi veintidós mil del aforo completo, eran las permitidas a la venta--. Desde el palco que ocupé ayer se veía  perfectamente la disposición de los asientos y sus indicaciones para cumplir las normativas sanitarias. “Siéntese aquí”, decían las pegatinas adheridas al granito de Colmenar, lo cual significaba que los otros huecos estaban anulados para la ocupación. Y la gente, por lo general, obedecía. Ahora bien, la panorámica desde mi atalaya ofrecía una imagen frontal que invitaba a la duda. “Parece que hay más de seis mil”, confidenciaba con mis compañeros de localidad, todos ellos del oficio. Personalmente, llegué a la conclusión de que todo estaba en orden. Creo en la buena voluntad y en la “urbanidad” --¿ya no se estudia en los colegios esta asignatura que nos daban a los niños de mi generación?—de las gentes que poblaban los graderíos de Las Ventas, las que aplaudían a rabiar la soberbia actuación de Diego Ventura con un noble toro de Capea, especialmente cuando clavó un par al quiebro imposible, electrizante e inverosímil, que me hizo echar las manos a la cabeza. Soberbio Ventura. Colosal su exhibición de tauromaquia ecuestre, la que parece tener por lema “el arte de torear a caballo y su trasformación en espectáculo”. Hizo de todo y todo lo hizo bien. Más que eso, toreó en redondo con su caballo por muleta y hasta se tomó la licencia de quitarle la cabezada al noble semoviente –el que monta— para seguir clavando farpas de variada longitud como quien lava, rematando su lección con un rejonazo mortal de necesidad. También ese público aplaudidor y entusiasta se entregó sin reservas a la actuación de El Juli, que bordó el toreo de capa en los lances de recibo y el quite posterior. Se echaba Julián encima de la suerte, meciendo el capote con las manos bajas y pasándose al toro a pocos centímetros del pañolón que llevaría atado a la cintura. Atronaban los olés, ante el estupor del antijulismo  militante que todavía existe en esta Plaza. La faena fue milimétrica, ajustada, precisa y preciosa, con series en redondo enhebradas con la muleta arrastras y adornos varios que festonearon el epílogo de su labor, ante un burraquito de Garcigrande, que fue un dechado de bravura, entrega y nobleza. Incluso la estocada fue cobrada en lo alto, sin el aparatoso saltito de otras veces. Lo de Manzanares fue otro cantar, porque el de Victoriano del Río salió respondón y el alicantino hubo de tragar en cada pase de las series. Bravucón encastado, no permitía el mínimo error. Se vio entonces, al José María  Manzanares poderoso, dominador y valiente, que coronó su esfuerzo con un volapoié de libro. Y también a Miguel Ángel Perera enfrascarse en el “más difícil todavía” del pase cambiado en los medios con las dos rodillas en tierra a un toro de Fuente Ymbro, encastado y bravo, y su continuo ir y venir de acá para allá, por delante y por detrás, obnubilado tras los flecos de una muleta, que no paró de aparecer ante sus ojos hasta que se vio herido por el rayo del acero. Hubo, no obstante, dos entreactos que cambiaron el carácter festivo y aplaudidor de la gente: la invalidez de dos ejemplares de Juan Pedro Domecq (devueltos ambos) que le cayeron en desgracia a Enrique Ponce y la premiosidad de Paco Ureña ante el toro de Jandilla. Tras las devoluciones –la primera ya en el tercio de banderillas--, Ponce, acabó enfrentándose a un extraño sobrero de Capea, que por su estampa y cornigachas defensas, parecía el sobrero de rejones. El de Chiva porfió hasta la extenuación para lograr estirarse y templarse en dos series de pases naturales, enjaretados en una larguísima faena, y Paco Ureña se entretuvo en planificar su labor con lapsos de larga duración y movimientos excesivamente parsimoniosos. El caso es que algunos pases le salieron limpios y templados, pero entre la bajada de temperatura ambiente y la friura que aportaba el torero a sus  movimientos, aquello acabó por parecer deslavazado. Tampoco acertaron con los aceros y la gente se cabreó un pelín. El caso es que llevábamos más de tres horas de festejo cuando salió el séptimo de lidia ordinaria para un chavalito de la Escuela Taurina José Cubero Yiyo. Un alumno aventajado llamado Guillermo García que salió decidido a parar al torete de El Parralejo  que le cayó en suerte con dos largas de rodillas, pero en seguida se le abrió la costura de su calzona por la parte de la culera, lo cual es motivo para descentrar a cualquier  novato en semejante tesitura. A Guillermo, en cambio, no. A pesar de que le hicieron un lamentable remiendo a base de esparadrapos gigantescos --¿dónde están los mozos de espadas que cosen como los ángeles entre barreras?—el chiquillo tuvo arrestos para brindar su actuación a los maestros que le acompañaron en el paseíllo. Fue el momento más emotivo de la tarde. El público se decantó por el débil del cartel y a fe que el chico perfiló lances y muletazos de excelente corte. Destaco un quite por gaoneras y dos series en redondo con la mano diestra. Ah, y la estocada, cobrada al segundo intento tras un par de volteretas. También, como a Ponce y Ureña, le dieron un aviso, pero, a él además una oreja. Dos a Ventura, otra dos a Juli y una por barba a Manzanares y Perera. Total siete, que en esta Plaza es número sobradamente citado por circunstancias varias. En ese tendido --el 7-- aparecieron pancartas pidiendo que Las Ventas sea Plaza de Temporada y que los toros sigan en Madrid ¡ya! y una solidarizándose con las víctimas del COVID. Fue una tarde de toros que acabó tarde-tardísimo. Tres horas y media de festival taurino en el que se oyeron ¡vivas! a tutiplén a los más insospechados destinatarios, convirtiendo el santuario taurino de la calle de Alcalá, que debiera ser centro de probidad reconocida, en una corrala de la calle la Ruda.