En la muerte de Ignacio Cía

IGNACIO CIA |

No me llegó su postal navideña de cada año, la cartulina de rigor con escenas taurinas, tan suyas, tan lindas, tan exclusivas; así que, sabiendo que estaba malito, me temí lo peor. Estas son las cosas que ocurren cuando te zumba por tu derredor una premonición y no te atreves a llamar, para ver –oír en la lejanía-- qué pasa. Ha muerto Ignacio Cía, mi entrañable amigo Ignacio, el primer amigo que hice en Pamplona, cuando acudí en el año 85 a elaborar un reportaje sobre los sanfermines (encierros y corridas de toros) para la primera cadena de TVE. Me sedujo su bonhomía sin alharacas, su honradez de carácter, serio, adusto, sin dobleces, y, sobre todo su pasión por la tauromaquia. Sabía de toros y de toreros. Llevaba al frente de la Casa de Misericordia de Pamplona (la MECA) desde mediados de los 60 y vivía por y para la Fiesta (la vespertina, la corrida); pero siempre en las dependencias de la Plaza, desde primera hora de la mañana. Allí recalaba yo, ávido de conocer casos y cosas de la Pamplona taurina y allí estaba Ignacio para contarme (para ilustrarme) de lo que menester fuere. Me hablaba de Manolete, de los tudelanos hermanos Marín, de Arruza, de Luis Miguel, de Ordóñez… Me trasladaba a sus años mozos y yo me dejaba llevar, de su mano, de su experiencia, de su generosidad, a los ayeres y anteayeres de la Pamplona taurina. Siempre lo he dicho: soy un tipo con suerte. En este mundo del toro, tan vituperado por quienes son ajenos a sus concausas, he encontrado gentes de una calidad humana excepcional. Gentes que aman esta Fiesta (la de los toros) con una pasión que va más allá de lo puramente razonable. Ignacio Cía fue uno de esos raros ejemplares. Todos los años, por abril, llegaba a Sevilla para perfilar las líneas maestras o cerrar el grueso de la “feria del toro” de San Fermín, “lidiando” con apoderados pedigüeños y desnortados, templando gaitas para ordenar fechas y ternas, armándose de valor para sortear guapamente toda suerte de veleidades y contratiempos. Allí estaba Ignacio, junto a su lugarteniente Eugenio Salinas y posteriormente José María Marco, cuando ascendió al generalato de la benemérita Institución; a todos ellos se unía el genial e inefable Miguel Criado, el Potra, que ya tenía en la talega lo más selecto del campo bravo de la Baja Andalucía. ¡Menudo cartel! Con ellos secreteaba las combinaciones en el cercano velador de El Cairo, o en el piso de arriba del Donald. Después, cuando julio era nuevo y Pamplona hacía estallar la fiesta por las calles, Ignacio departía conmigo de toros en la sala semiprivada que se abre en un recodo del patio de caballos de la Plaza, antes de meterse en el enorme burladero que compartía con miembros de la MECA y algunos lustres invitados. Así pasábamos los días y las tardes en Pamplona; porque las noches (salvo alguna reunión de Jurados) las dedicaba Ignacio al más que merecido descanso. Ese, más o menos, era su quehacer diario por San Fermín. Tardé unos años en enterarme de que compartíamos también una actividad colateral: él, el pincel para el color, yo, el apunte a pluma para la tinta china. Un día le envié uno de mis dibujos, con que suelo felicitar las fiestas de Navidad y el Año Nuevo, y mi amigo Ignacio me devolvió la gentileza con  una acuarela, en cartulina, preciosa. Desde entonces  --¿veinte años?-- no hemos parado de ejercer este trasiego “artístico”, puntual y afectivo. No hemos parado… hasta este año recién pasado.A mediodía de hoy me entero de la luctuosa noticia. Ha muerto Ignacio Cía. A través del teléfono, Eugenio Salinas me da detalles y confiesa: “me he acordado de ti”. Sabe bien cuánto lo lamento. Ahora me siento como el innominado coronel de Gabriel García Márquez: no tengo quien me escriba y me pinte un pequeño cuadro, en cartulina, por Navidad, ni yo tendré que deletrear cuidadosamente el nombre de su calle (derivado de un antiguo topónimo euskaldún), para acertar con la dirección y cumplir a la recíproca nuestro pacto. Te echaré de menos, amigo.