¡Menos lobos!

Hace poco más de un mes, me dio por escribir la narración imaginaria de un suceso acaecido en la dehesa, concretamente en la boscosa realidad de una ganadería de reses bravas, teniendo por protagonistas a una vaca recién parida, su becerrillo y una pequeña manada de lobos. Lo titulé “Cuento de Navidad”, haciendo exaltación del coraje y el valor --”poniendo en valor”, se dice ahora-- de una madre que defiende a cornadas a su hijito desvalido de la brutal carnicería que estos cánidos ocasionan en rebaños, cercados y potreros de la ganadería que se cría, en régimen extensivo, en nuestro país. El lobo, ya se sabe, ataca en manada, formando un comando genéticamente entrenado para capturar y devorar a sus presas, por lo general, mamíferos de la especie animal. No importa su tamaño (a más corpulencia a reducir, mayor dotación logística en el grupo de agresores), sino su carne. A poder ser, la tierna, por hallarse más mollar e indefensa. Así ataca el lobo a los rebaños de ovino, equino, bovino y caprino en la España vaciada de nuestra tierra de campos y bosques, llanuras y montañas, agrícola y ganadera. ¿Mata para comer? Por supuesto, pero no tanto para eliminar su hambruna ocasional como para encontrar placer en el daño ocasionado. Una vez exánime la pieza, golosinea en sus entrañas. El lobo es así. Se diferencia de los clásicos depredadores en el desarrollo de una astucia congénita, en la solidaridad de los miembros de su especie y, según expertos en la materia, utilizando la ventaja de ver en la oscuridad, merced a un refuerzo especial en la retira del ojo. Resumiendo: el lobo mata porque vive de ello y para ello. Es su “oficio”.

Reincido en la cuestión lobuna a raíz de haberse aprobado recientemente –el pasado jueves-- una resolución de la Comisión Estatal para el Patrimonio Natural y la Biodiversidad, dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, que son las rimbombantes definiciones de las materias que tiene a su cargo la vicepresidenta –cuarta, supongo-- Teresa Ribera Rodríguez, que ya apuntaba maneras de su totalitarismo ecológico y medioambiental en tiempos de Rodríguez Zapatero.  Esta buena señora quiere poco menos que prohibir la caza y la pesca. De momento, le ha dado al lobo un nuevo status que puede ser decisivo para el futuro de las ganaderías de carne de nuestro país, uno de nuestros productos estrella más demandados por el comercio interior y exterior. Pues, bien, la citada Comisión ha determinado incluir al lobo en el listado de Especies Silvestres protegidas de la actividad cinegética, por lo que prohibirá su caza en todo el territorio nacional.

Como era de prever, la nueva normativa ha sido acogida con alborozo entre los núcleos ecologistas, especialmente entre la “veganía” que tiene su nicho en el Consejo de Ministros. Es decir, está amparada y bendecida “desde arriba”, frase que, como bien saben, es el paradigma de la ambigüedad. Se ha aprobado en segunda votación, después de un empate técnico, por los representantes de las Comunidades y Ciudades Autónomas, lo cual quiere decir que, entre ellas están algunas como Canarias, Baleares y Melilla, que han votado a favor de la prohibición. ¿Qué saben estos territorios del lobo y sus fechorías?

Pues ya ven, tanto su ignorancia como su poder decisorio se han aliado para armar un lío monumental en la ganadería española, afectada directamente por el dictamen de la Comisión, que para algo tiene facultad para cometer, en este caso, un disparate monumental. El lobo ibérico fue estudiado y explicado deliciosamente por el profesor Félix Rodríguez de la Fuente. Nos hablaba de su asombrosa capacidad para practicar el “arte” venatorio, seduciendo a los espectadores –entre los que me incluyo—con su verbo magistral e imaginativo; pero nunca ocultó los desaguisados que los lobos ocasionaban en los grupos de animales que se crían en régimen de libertad, controlada por el pastoreo de hombres y mujeres que aman a su ganado tanto como a su familia. El lobo no es un animal corriente y moliente, es una alimaña. Y las alimañas son, por definición, animales dañinos.

Aquí, el firmante, es testigo de algunos relatos de ganaderos castellanos de la cuenca del Duero, reunidos en las tabernas del pueblo. Contaban cómo, al llegar la noche, se acercaban a las teleras donde estaban encerradas las ovejas y los corderos –lechazos, la mayoría-- y hallaban al ganado con un temblequeo especial, balando de miedo –gimiendo-- sin parar. Presentían al lobo, y el lobo presentía el olor a pólvora que el ganadero llevaba al cinto en la canana y en el alma de la escopeta de doble cañón. El lobo, astuto, aullaba –gemía, de impotencia-- en la oscuridad, pero no se acercaba al redil.

Cosas como éstas, estoy harto de oírlas en tertulias y conciliábulos del campo bravo. Hace mes y medio, repito, se me ocurrió cuentear inocentemente sobre el asunto; pero lo cosa se ha puesto muy  grave, porque las familias de este cánido pueden ampliarse de forma exponencial y, en consecuencia, su apetito por la carne ajena. Esta declaración oficial de abrir la protección al lobo hasta más allá del norte del Duero –lo zona lobuna, por excelencia--, va a traer cola. Oficializar lo dañino, por mucho que apene y acongoje a los sensibleros, no deja de ser una barbaridad. El lobo puede subsistir perfectamente con planes de gestión negociados para obtener un equilibrio que se instale en el ecosistema, donde la muerte es consecuencia y parte de la vida. ¿Condenamos a una muerte brutal a miles de animales para que con su carne despedazada subsista el lobo?

De pequeños, mientras Walt Disney desde Hollywood nos hacía creer que el león era un animal juguetón de la selva, y no una fiera que depreda con una congénita bestialidad, aquí en España ya sabíamos que el lobo se quería comer a Caperucita, después de engullir a la abuelita. Habrá que insistir en la revocación de este sinsentido –uno más—de la corriente animalista que nos amenaza constantemente desde la calle y desde el gobierno de la nación. Habrá que poner pie en pared. Sin miedos a nada ni a nadie. ¡Menos lobos!