Bilbao

Hoy apetece hablar de Bilbao; es más creo que, desde el viejo condado de Treviño a la punta de Tarifa, esa inmensa tajada del solar hispano lleva más de doce horas mirando para arriba. Para Bilbao. Hoy toca evocar el toque de las bilbainadas y unirse a ellas. Subirse a la gabarra –aunque sea de forma virtual-- para celebrar un hecho reciente, considerado por la ciudad y su inmediato entorno un acontecimiento singular: ganar la Copa. No importa su titulación consiguiente, su apellido; da lo mismo que sea Súper, del Rey o del Generalísimo; para Bilbao es “la Copa”, con mayúsculas. Hoy más de media España ama a su Athletic Club, el de Bilbao. Entre ellos, servidor.

Anoche, durante la celebración tumultuaria del triunfo del equipo de fútbol de la capital de Vizcaya sobre el Barcelona, me acordé de mis muchos amigos bilbaínos y, en especial, de Nerea Abásolo, con quien siempre estaré en deuda permanente. Ella me enseñó que allí, en su Bilbao, la gente de bien --es un decir-- solo puede tener dos devociones: la virgen de Begoña y el Athletic. Y lo entendí durante aquellos agostos de Corridas Generales que coincidían con el Trofeo Villa de Bilbao, algunos de cuyos partidos presencié en el anterior (que no viejo) San Mamés. Hasta los recovecos interiores del entrañable Hotel Ercilla, llegaba el  rumor espeso y febril de un gentío que acudía al estadio, calle Pozas arriba. Todo era rojiblanco. Todo eran himnos, consignas y arengas atizadas por la lumbre de la pasión a chiquitazo limpio. Un espectáculo que se prolongaba durante el partido; pero con el savoir faire genuino de la gente noble. Yo he visto –palabra-- cómo se aplaudía al Real Madrid, aunque le arrebatara la victoria y la procesión fuera por dentro. Con los toros pasaba lo mismo. Dentro de esa cuña triangular que pespuntea la cornisa cantábrica, Bilbao es el epicentro de la tauromaquia del Norte. Sin discusión. Desde aquél legendario Zacarías Lecumberri que—dicen— brindaba en euskera y mataba a los toros más con el puño que con la espada, al infortunado Iván Fandiño, Vizcaya en general y Bilbao en especial siempre han  tenido presencia de muy apreciable rango en el escalafón de matadores de toros, algunos de celebrado renombre. Y un Club de aficionados –El Cocherito—que es decano entre los de su clase y ejemplo de afición inquebrantable por el arte del toreo. No es mi intención hacer comparanzas, pero es evidente que el fútbol y los toros han sido vehículos principales en que viajaron las pasiones lúdicas de los bilbaínos. Cuando Belauisteguigoitia dijo en Amberes el año 20,  aquello de “¡’a mí, Sabino, que los arrollo!” --y arrolló a los suecos para marcar un gol antológico--, hacía dos años que Diego Mazquiarán, Fortuna había inaugurado la Monumental de Sevilla y once después sería cabeza de cartel en el estreno de la Plaza de Las Ventas. Y es que en cuestión de protagonizar efemérides para la historia del fútbol y los toros, un apellido vasco siempre estuvo de por medio. El propio Fortuna protagonizó una hazaña singular cuando el año 28, vestido de paisano, mató un toro desmandado en la llamada Red de San Luis, confluente con la Gran Vía de Madrid. Es evidente, pues, que en las suertes supremas de estos dos espectáculos de masas –el gol no deja de ser la estocada definitiva del juego—Bilbao ha tenido mucho que decir.

De estas cosas he hablado frecuentemente con el impagable equipo de gentes que me han regalado su cariño y amistad, en esa tierra que se aprieta en el “bocho” que parte en dos la espada del Nervión. En cierta ocasión hablé  de toros con Zarra, el del gol a Inglaterra que, por el impacto que causó en España,  bien pudiera llamarse “el volapié de Maracaná”. Fue durante una cena en Bilbao, con tertulia taurina posterior. Le encantaban los toros y admiraba a los toreros. ¡Menuda espada la suya, en la cabeza y en las botas!  La espada, siempre la espada. También conocí, en mi primera juventud, a un viejo sestaotarra llamado Domingo Uriarte y apodado Rebonzanito que me ilustró sobremanera acerca  de sus andanzas por tierras americanas, regodeándose de haberle brindado un toro a Pancho Villa, que le regaló un reloj y cadena de oro. Rebonzanito mataba cebús por sobre la giba de aquellos cuadrúpedos. “Se morían en seguida”, apostillaba; pero su obsesión era la espada, la suerte suprema, el colofón de la lidia. Algo de esto debió enseñarle a José Valencia, el mejor matador de la celebrada dinastía, al que apoderó. Ayer también me acordé de él –del torero vasco-- cuando Iñaki Williams clavó por la escuadra el balón y culminó el triunfo de su equipo, reverdeciendo la muy antañona costumbre en España –la España de Mauri y Maguregui-- de tener como segundo equipo de fútbol, incluso primero, a este atlético club bilbaíno. Fue una impecable estocada en la yema, culmen soberbio de una faena memorable. ¡Aúpa, Athletic!  ¡Viva el Bilbao taurino y futbolero!