Perera se arrima en el campo

Antes de que Filomena hiciera de las suyas, antes de que los fríos y las nieves se apoderaran de buena parte de nuestro territorio peninsular, el campo bravo español refulgía al sol otoñal sobre la línea intangible del horizonte que habrá de echarle al día el manto oscuro de la noche. Oscuro, no; negro zaino ha sido el año innombrable que ya cuelga de los garfios del desolladero de la historia. Los ganaderos de bravo, sin duda, han sido los que han sufrido el mayor descalabro. Quienes han pagado la más dura alcabala: tener que llevar gran parte del ganado al matadero. No hay peor castigo para un criador de reses bravas que forzar la caducidad de su preciado producto.

Mientras los toreros de variado rango se preparan –y rezan—para que lo venidero tenga visos de razonable recomposición o viabilidad asequible—reconstrucción, le dicen--, algunas de nuestras figuras del toreo se solazan en el campo, en lo que en lenguaje ecológico se conoce como "bosque mediterráneo", que es su hábitat más apreciado, su ambiente más confortable porque se encuentra en contacto con quien será un inseparable compañero de viaje: el toro. Y también --atendiendo a los antecedentes inmediatos en el proceso biológico de los mamíferos-- la vaca y el becerro, protagonistas junto a Miguel Ángel Perera de las impactantes imágenes que circulan estos días por las redes sociales.

Miguel, como la mayoría de los grandes toreros contemporáneos, tiene una finca de ganado de lidia. Su pequeño edén. La realidad de un sueño largamente esperado y afortunadamente cumplido. Es un paraje boscoso, de verdeante pastura, por el que corretean los novillos que componen el batallón de choque de su incipiente ganadería. Machos y hembras, llevan en sus venas sangre de Fuente Ymbro, esto es, los jandillas que se fueron a San José del Valle para recocinarse en su propia salsa, esto es, encastarse, aún más, en su propia casta.

La escena que encabeza estas líneas está capturada de un video en que se ve al torero de la Puebla del Prior tratando de colocar los crotales a un becerrillo que vino a nacer en la dehesa hace pocas semanas. Se resiste el recental a la mordedura metálica del clip que penetra en el cartílago de sus orejas… y protesta con un mugido tenue, al que pone sordina la mano del torero, para no soliviantar a la madre que merodea en torno al vehículo en que se encuentra atrapado por el amo. El amo, sí, porque los animales domésticos –los que viven en compañía del hombre, aun sin llegar a ser domesticados—tienen amo, mientras no se demuestre lo contrario.

El caso es que este amo se arrima a los animales bravos desde que nacen, sean machos o hembras. Se arrima tanto que la madre del animalito en cuestión muestra su preocupación por la suerte que pueda correr la cría de sus entretelas y pone sitio al vehículo donde se trata de realizar la citada faena campera. Anda la vaca presurosa, amusgada, mosqueada, cada vez más alevosa y amenazante. Es una vaca talluda, que lleva años pariendo por entre encinas, jaras y piruétanos. Por tal motivo, como madre veterana, sabe que su cría pasa por un penoso contratiempo. Y va en su rescate. Lo asombroso es la forma en que Miguel Ángel aguanta el berreo monocorde de la hembra barriguda y cornalona, aspirando su aliento y dejado llegar el humedal del hocico hasta la manga del antebrazo. La vaca, hace valer su autoridad de madre desairada. El hombre, su condición natural de mantenerse estoico ante el peligro inminente. Al final, la vaca lo derribará y el torero-ganadero soltará su presa, un sufrido becerrito que se irá haciendo hilo con la campanuda progenitora.

Está claro que Perera le planta cara a la bravura, venga de donde quiera y sea cual fuere el escenario. Su quietismo es proverbial con su forma de ser. No para de hacer gala de una increíble imperturbabilidad ante situaciones límite, ante el riesgo que parece tan inminente como irremediable. No se cansa de arrimarse. Lo curioso es que su finca se llama “Los Cansaos”. ¡Habrase visto!