Lorca tenía razón

Ahora que la ministra Celaá no cela ante los despropósitos que encierra “su ley”, la que regula una  nueva orientación educativa, y ahora que la minimizada temporada taurina parece que ha echado el cierre definitivo, creo oportuno y necesario derivar el acalorado tema de la Educación, con mayúscula, hacia la Tauromaquia, también con mayúscula, rescatando la muy difundida frase de Federico García Lorca: “el toreo es, probablemente, la riqueza  poética vital mayor de España, increíblemente desaprovechada por escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado…”.

Antes de incidir en cualquier otra consideración, es obligado consignar que tan rotundas afirmaciones vieron la luz en el periódico El Sol ¡hace 84 años!, acaballadas entre los párrafos de una singular entrevista, firmada por el caricaturista catalán Luís Bagaría, 38 días antes de que a su amigo poeta lo fusilaran en Granada, víctima de la barbarie que asoló a la España gangrenada por la guerra civil que  corroía el tejido menos beligerante de las retaguardias al capricho venal de una tenebrosa “ruleta rusa”. A Lorca, le tocó la que manejaron los “nacionales”; pero le dio tiempo a responder a las peguntas de un personaje que se autoproclamaba “caricaturista salvaje”, empeñado en esta ocasión en retratar al entrevistado sin valerse del fino trazo del lápiz o la plumilla untada en tinta china --como hizo en el documento gráfico que encabeza estas líneas--, sino a través de las hebras de un diálogo cabal y sincero, logrando extraer del descomunal talento y de la fina sensibilidad de Federico una de las sentencias más certeras y visionarias sobre el arte el toreo.

Es curioso cómo las palabras del entonces joven intelectual, forjado en el crisol de la muy taurina generación del 27, cobran en estos días rotunda actualidad. Con las plazas de toros abiertas en un estado de semiinconsciencia, he visto y oído poco, pero he leído mucho. Principalmente, en las redes sociales, que en este tiempo son el termómetro más cabal de lo que la gente del toro –esto es: aficionados, profesionales, arribistas y curiosos—piensa, razona o maquina  acerca del futuro de la tauromaquia, tema este de amplio espectro que bien merece comentario aparte; porque hay de todo, y en ese “todo” ocupan gran espacio y se propagan de forma notoria el pilotaje de tópicos que, en cuestión hablar de toros, son la materia prima que se tiene más a mano para alcanzar “la verdad”, recurso ancestral que se han empeñado en poner en práctica --al menos durante dos siglos—los activistas del proselitismo autóctono, invocando reglamentos caducos o catequesis de viejas consignas que cargan las maldades de la Fiesta a la cuenta de los buenos toros --los que posibilitan el arte del toreo-- y los toreros buenos –los que lo ejecutan--. Ni una sola figura del toreo o ganadería de postín se ha librado de las diatribas de la afición y de la crítica. Ni una.

Escribo estas líneas cuando en el ordenador me salta la noticia del fallecimiento de Diego Armando Maradona. Fuera de los campos de juego, habrá sido “canchero”, provocador, imprudente… y lo que ustedes quieran, pero dentro de ellos, en su época más fértil como futbolista, siempre fue el rey, un ídolo de masas venerado, reverenciado y adorado hasta el paroxismo. En los toros –en tauromaquia— ocurre lo contrario: se ensalza a los toreros cuando se van, cuando están fuera de su actividad o con una rara contrición de corazón cuando se los ha llevado la muerte; pero cuando estaban en el ruedo frente al toro, han sufrido la inverecundia del juicio más sumarísimo o de la intolerancia más sistemática. Paquirri, Dámaso González y Manzanares, pudieran ser los ejemplos más recientes.

Si se hubiera conocido en profundidad la influencia del genotipo y el fenotipo del ganado de lidia en función de sus encastes, si el conocimiento de la historia del toreo y las variantes en el trazado de las suertes, incluso la propia evolución de las sensibilidades de los públicos, fuera algo utilizado de consuno entre quienes tenemos el privilegio de informar de toros y toreros, probablemente las corridas tendrían hoy una militancia fiel e inmarcesible en las nuevas generaciones. No es el caso, ¿verdad? Ahí está “la verdad” tan buscada: la brutal evidencia de la realidad. No les hemos sabido contar las cosas… o se las hemos contado mal. Hemos creado nihilistas indocumentados. Urge, pues, la pedagogía. La Educación es imprescindible en el desarrollo de los pueblos, siempre que la instrucción docente se implique en el desarrollo de la inteligencia y de la formación cultural o científica de las personas, ajenas a toda ideología política. La Tauromaquia tampoco tiene ideología. El toro es un misterio y el arte del toreo la evidencia viva de un milagro. Por ahí hay que empezar la “reconstrucción”. Lorca tenía razón.