Hacer tertulia

Recientemente han circulado por las redes sociales las imágenes de una tertulia taurina, rescatadas del archivo de TVE. Se emitió el 10 de junio de 1981,  en un programa de enorme éxito titulado “Tertulia con…” y que ahora se pone de actualidad, pasados 39 años. Le gusta a la gente este tipo de encuentros improvisados entre aficionados y profesionales, sobre todo si los intervinientes tienen acreditada solvencia para opinar. Las escenas rememoran uno de esos habituales encuentros entre taurinos, con la voz cantante –y contante—del actor Fernando Fernán Gómez, que muestra su desconcierto por la palmaria colisión entre las consignas dogmáticas sobre el arte del toreo, cuando se imparten con un decenio de diferencia. En el cuadro de “actores” se encuentran también el dramaturgo Antonio Buero Vallejo, el humanista Santiago Amón, el entonces joven aspirante a figura del toreo, Pepe Luis Vázquez Silva, un conocido guionista ocasional de teatro y muy cercano a las élites de actores y artistas, llamado Pedro Beltrán, la profesora Amparo Gañán, la actriz Victoria Rodríguez (esposa de Buero Vallejo) y la escritora Mercedes Salisachs; pero, sobre todos (“y todas”, habrá que decir ahora), descuella la figura de un gran torero, Manolo Vázquez, en cuanto el tema de la tauromaquia entra en debate. La escena de marras –la que interesa traer a colación-- es el colofón a una tertulia previa en que se trata la convivencia en España de niños y niñas en la enseñanza “mixta” y ambas se desarrollan en la casa de Fernán Gómez. El formidable actor toma la palabra en pie, mientras el resto de invitados permanecen sentados. El toreo de Manolete es la espoleta que provoca una explosión de pareceres… y entonces la tertulia entra en plena incandescencia.

El anfitrión Fernán Gómez –que curiosamente se disfrazó de torero, con bigote y perilla,  en la película “Un marido de ida y vuelta”-- se confiesa admirador de Manolete, pero le recomienda a Mercedes Salisachs no entrar en el tema del manoletismo “porque estos toreros que hemos traído --Manolo y su sobrino Pepe Luis—se consideran de estilos opuestos” en su concepto del arte taurino. Es verdaderamente magnífica la escenificación de cada interviniente, cada cual con su “filosofía” acerca de la ortodoxia con que el diestro debe realizar la obra de arte del toreo. El cite de perfil o de frente a cargo del torero, en el instante liminar de las suertes, es el busilis de la cuestión; una cuestión que llega a extremos de beligerancia realmente divertida, por la pasión que demuestran los ponentes para defender la legitimidad de su ponencias y lo disparatado de algunos “razonamientos”. Así, ese inmenso actor español de cine y teatro que es Fernando Fernán Gómez expone una teoría estrictamente geométrica sobre la extensión del muletazo en función del estiramiento del brazo que cita y muestra su estupor por el cambio brutal de la teoría taurina de diez en diez años, aproximadamente; es decir: la descanonización periódica del toreo, absolutamente desconcertante. Manolo Vázquez apunta que los consejos contradictorios del aficionado que se sienta a su lado en el tendido dependen no tanto de una teoría como del cambio físico en el vecino de localidad, otro consueta que apunta doctrina con un mensaje distinto, que trae de refresco. Buero Vallejo trata de filosofar al respecto, pero en verdad no aporta gran cosa al pequeño rifirrafe, mientras el joven Pepe Luis perfila (con perdón) sutilmente el punto de vista generacional de su magnífica dinastía y Amón intenta mediar con inteligencia y conocimientos sobre tan ardua como subjetiva cuestión. Al final, clase práctica de toreo de salón del aficionado Beltrán, que torea con buen porte, arrebujando el cuello de una chaqueta de señora, a guisa de muleta. Entre tanto, las señoras callan y sonríen, pero son conscientes de asistir a un espectáculo inimitable: el de una tertulia entre gente del toro y arrimados de ocasión que completan con la suelta a la palestra de un bulo muy extendido hace años, que yo también percibí de niño: el toro embiste con los ojos cerrados. Santiago Amón, apunta con ironía que Fernán Gómez ha confundido al toro con el caballo de picar, al que entonces ponían una venda sobre el ojo derecho. Naturalmente lo de la ceguera del toro es una aberración más, una de tantas, que se inventaron los aficionados taurinos de pacotilla para perturbar la inocencia de algunas mentes ingenuas.

En fin, que ha bastado la reproducción de una tertulia sobre toros y toreros en redes sociales para que las nuevas generaciones de aficionados abran los ojos de admiración y se les caiga la baba de gusto. Es el valor de la categoría que aporta la inteligencia y el caudal de emoción que rezuma la opinión emitida por quienes tienen acreditada su vitola de figura del toreo o, simplemente, por quienes “se han puesto delante”, aunque sea de una becerra cagona. No hay cosa más receptiva –y más agradecida-- que el de la inteligencia limpia de los que saben escuchar.

El programa rescatado de TVE es una delicia. La careta de entrada una obra de arte, con ilustraciones de aquellas tertulias literarias de los cafés de Madrid, en las que se puede reconocer a Unamuno o Pérez de Ayala, por ejemplo. La obra literaria La Colmena, de Camilo José Cela, parte también de una tertulia en el viejo Madrid de la Puerta del Sol, un enclave por el que menudearon, desde finales del siglo XIX hasta bien entrada la posguerra civil del XX, las gentes de coleta de diversa graduación, incluso figurones del toreo que jugaban al billar en los atardeceres de los legendarios Madriles.

Todavía hay mucho y bueno que contar de toros y toreros en la época actual. Entre las cosas que la fiesta de los toros debe recuperar, cuando pase la horrenda pesadilla de este año veinte/veinte, está la del hábito de “hacer tertulia”; una tertulia pasional, pero dotada de contertulios capaces de contrastar opiniones con argumentos sólidos e impartir pedagogía sin prejuicios.