Miura no afeita

Hace la tira de tiempo, cuando en los comienzos de mi aventura radiofónica en Valladolid trataba de cerca la información taurina en un programa semanal –“Nuestra Fiesta”, de Radiocadena Española-- llamé a don Eduardo Miura Fernández, esto es, el padre de los actuales propietarios de la legendaria ganadería de Zahariche. Eran los finales de los 70 y primeros años 80 del pasado siglo y ya le estaban dando la murga con lo del afeitado de sus toros. Recuerdo la firmeza de su voz, una voz clara, encocorada contra la campaña que afectaba gravemente a sus principios de ganadero y persona intachable. Una voz de mesurada indignación. La voz de la impotencia. Me impresionó don Eduardo con sus alegatos y la evidencia de su desamparo. En aquél tiempo, quien más quien menos –el que suscribe, entre ellos—nos habíamos alistado a la fiel infantería que batallaba por limpiar de broza ese campo de minas que era el campo bravo. Se “afeitaba” a mansalva, según los escribidores más reputados del momento, fuente, prez y espejo de nuestras tiernas inquietudes periodísticas; pero era cierto. Algunos ganaderos –demasiados— bien por fomentar el compadreo con las figuras de entonces o por la necesidad perentoria de sanar la economía de su industria pecuaria, les cortaban los cuernos a los toros –quitaban “el veneno”de la punta--, más o menos burdamente o con habilidades artesanales de exacerbada pulcritud. Comoquiera que fuere, ¡qué asco, por Dios! Primer mandamiento de mi catecismo taurino: el toro debe salir a la Plaza en toda su integridad. Limpio, entero y verdadero, como la vaca que lo parió. Los golfetes, sin embargo, no paraban. Los golfetes no eran ciertamente, los toreros –principales beneficiarios de la corruptela y por tanto responsables subsidiarios--, sino los taurinillos que les adulaban, los comisionistas ambiciosos… y los ganaderos que lo consentían. Como observarán, hablo en pasado, lo cual no quiere decir que la lacra esté totalmente extinguida, pero si mucho más moderada, menos llameante que en ese momento en que tenia al teléfono a don Eduardo Miura, padre, hablándome de la injuria de que estaba siendo objeto, ante la algarabía e impunidad de los imputadores. No solo él, sino toda una tradición familiar de impecable trayectoria, se podía mancillar en unos pocos minutos. Recuerdo que aquél ataque sorpresivo, aquella soflama perniciosa --¡Miura también afeita!— quedó en nada… porque nada se había afeitado, pero al Miura ganadero y a la trayectoria del emblemático hierro les afectó, naturalmente. Las cornadas, aunque sean a traición, dejan cicatrices.

Hace apenas cuarenta y ocho horas los hijos de don Eduardo han vuelto a ser noticia por otro supuesto afeitado, solo que esta vez la soflama es plenamente vindicativa para los ganaderos: Miura no afeita. Así es la cosa:

Nos acabamos de enterar que un presidente de la Plaza de Las Ventas mandó que analizaran las astas de un toro de Miura, lidiado en la feria de San Isidro del 2018. Concretamente, el 3 de junio. Cartel: Rafaelillo, Pepe Moral y Román. Toro: Tiznaolla, número 85, cárdeno claro, lidiado en tercer lugar. Un toro escurrido de carnes –toda la corrida lo fue—que trajo de cabeza al pobre Román, demasiado primerizo en estas lides de lidiar tornillazos y sortear zunas por doquier. Ahí lo tienen, encabezando estas líneas. El presidente de la corrida, repito, ordenó el envío de  las astas de ese toro para su correspondiente análisis en el laboratorio del Ministerio del Interior… y el resultado de dicho análisis dio positivo, de lo cual se infiere que los pitones no debieron superar los factores correctores que en este tipo de exámenes se utilizan. Sanción: seis mil euros. El ganadero recurre y el letrado Joaquín Moeckel demuestra que los toros pasaron los dos reconocimientos preceptivos sin mayor problema. Por tanto, de los prados de Lora del Río los cuernos de Tiznaolla salieron tal cual, intactos.  Si una vez en los corrales, antes de la corrida, se manipularon los ganaderos no son responsables de la supuesta alteración. Pero ¿de qué manipulación hablamos? El toro fue protestado nada más salir por su palmaria escualidez. También era cornicorto, pero hizo un tremendo boquete en la barrera de una brutal cabezada. Entonces, ¿qué criterio impulsó al presidente a mandarlo a analizar? ¿Quizá la brevedad de su cornamenta? ¿Acaso la romez provocada por el trompazo contra las tablas? ¿Supondría que el ganadero sucumbió a las exigencias de la terna lidiadora? ¿Tienen tanta "fuerza" estos toreros como para torcer el brazo de una casa ganadera legendaria, de acendrada reputación? Entonces, ¿por qué dio positivo el análisis? Imagino que en el laboratorio los expertos analistas tendrán conocimiento de que, entre sus peculiaridades anatómicas respecto a sus congéneres de la especie, el toro de Miura tiene muy poco macizo de pitón con respecto a la longitud del cuerno, por tanto, los parámetros para determinar la pérdida de sustancia no pueden ser los mismos. ¿Fueron los  mismos?

En cualquier caso, el presidente se lava las manos, con razón; pero tampoco se cumplió el artículo 52 del vigente Reglamento, que obliga a los delegados gubernativos a “adoptar las medidas necesarias” y estar en permanente vigilancia de lo que sucede en los corrales. En los corrales, repito. Ahora, pagará los platos rotos la Comunidad de Madrid, porque la sentencia absolutoria es firme. Por mucho que se empeñen los reticentes, suspicaces y amantes de la lupa censora, no todo el mundo es malo. Miura no afeita.