Así fue... cuando Curro se fue

La verdad es que quería esperar a que fuera de noche –pasadas las 10, para ser más exacto— para meterme en el túnel del tiempo y llegar a Sevilla. Al complejo urbanístico de La Cartuja, dentro del cual, el edificio del Centro Territorial de RTVE luce la flamante peineta de unas antenas parabólicas en sus azoteas. Quiero volver a sentarme en el estudio de Radio Nacional de España y comenzar a desgranar el contenido del editorial con que hacía el paseíllo radiofónico a la luz eléctrica de un domingo de otoño. Ahí me quiero ver, con las orejeras de los gigantescos auriculares de entonces, ante el filtro amarillo del micrófono y un papel escrito en que se leía en grandes caracteres: “Escaleta”. Comienza el programa taurino Clarín del 22 de octubre del año 2000 que tengo el honor de dirigir. Quería esperar, digo, a que fuera de noche para ponerme en situación, pero esa carraca permanente, ese vomitorio insaciable por el que entran y salen noticias y comentarios que llaman “redes sociales” no para de aguijonearme para que me plante ante el teclado y me sume a la efeméride que se sirve de primer plato obligado en el menú taurino del día: el día en que Curro Romero dijo adiós a los ruedos de viva voz, haciendo que la mía se quebrara y se dislocara, entre la emoción y el sobresalto. Me pongo a escribir porque temo que se me eche el tiempo encima entre tribulaciones. No soy nada proclive al alardeo. Me da “cosa”, qué quieren que les diga. Temo que el aficionado a los toros o la gente del común barrunte presunción donde solo hay recuerdos. Recuerdos y gratitudes, esta es la verdad; todos ellos embridados en la gran sorpresa que estaba por llegar. Rebobino: a eso de las inefables diez de la noche estábamos dentro de la  Casa de la Radio sevillana exactamente tres personas, el técnico de ciclo de noche dominical, el redactor de turno y servidor, pero no tardaría en llegar el periodista deportivo Miguel Evangelista, que había estado en el estadio Sánchez Pizjuán, para grabar la crónica del empate (1-1) del Sevilla con el Getafe. Afuera, en su garita, el guardia de seguridad ya se habría comido el bocadillo de la cena, sin dejar de mirar de reojo la barrera echada ni dejar de oír el transistor. Nadie más. Realmente, tanto el redactor (Carlos Ruíz Villasuso) como quien esto escribe apresuradamente, llevábamos desde primeras horas de la tarde dándole vueltas a la dichosa escaleta. La temporada, oficialmente, había concluido con el festival celebrado esa mañana soleada y calurosa en la singular placita de toros de la localidad sevillana de La Algaba, tierra de toreros. Romero y Morante, mano a mano, con novillos de Zalduendo (propiedad de Fernando Domencq), a beneficio de un hospital oncológico infantil y patrocinado por la Fundación Andex. Un lujazo de cartel para Sevilla… y para cualquier Plaza del mundo. Raleaban, pues, las noticias taurinas, así que preveíamos varias entrevistas a los personajes taurinos de máxima actualidad. Costaba encajar la dichosa escaleta. Los programas en directo (Clarín duraba una hora) temen a los fallos en las previsiones más que a un nublado, y a nosotros nos estaba fallando uno. Después del festejo, sobre las tres de la tarde, Curro me rogaba que le acompañara a la comida en Casa Sebastián, en Triana. “Vente; habrá flamenquito y buen ambiente…” No podía. No debía. Y no fui. En Madrid, coordinando, el resto del equipo del programa y especialmente la productora Victoria Hernández hacía que los teléfonos echaran humo. Seguía fallando un personaje previamente concertado (Enrique Ponce), que había celebrado por todo lo alto el exitoso final de temporada en su finca de Sabiote y se le habría hecho larga la noche, la madrugada y la mañana siguiente. Entonces, Villasuso, me recomendó: “Llama a Curro después de la crónica del festival. No concede entrevistas, pero seguro que a ti se te pone al teléfono”… Al fin, a eso de las siete de la tarde, llamé al susodicho restaurante y un murmullo de jolgorio entró en tropel por el hilo del teléfono. Risas y palmas. Canturreo. ¡Menudo lío! A duras penas pedí al maestro que me atendiera a partir de las diez de la noche. “No te preocupes, pero llámame al fijo, no al móvil; estaré solo en casa”. “No tengo ese número, Curro”, respondí. “Toma nota”, me dijo. Y anoté el número en cuestión. Así se hizo. Llamé y Curro habló nítidamente. El programa transcurría sin novedad y Curro Romero respondía con tranquilidad a mis preguntas, todas ellas referidas al festival recién celebrado, pero cuando hilvano las palabras de felicitación por el triunfo y despedía la conversación, el torero me interrumpe porque quiere añadir “algo”. Y ese “algo” fue, más o menos, este diálogo que ahora, por primera vez, voy a reproducir en letra impresa. Comienza Curro: “Estoy aquí en mi casa y estoy meditando. Y te voy a dar una noticia que he meditado: que me acabo de retirar del toreo”. Casi grito: ¿¡¡Cóoooomo!!? Y Curro, “Sí”. Interrumpo: Maestro, ¡qué me está usted diciendo!”… y sigue Romero: “Me acabo (se emociona)… te lo digo a ti y se me están  poniendo los pelos de punta” Interrumpo de nuevo para que se desahogue: “Pues a mí, imagínese… y a todos los oyentes, por supuesto” Entonces, precisa “Me acabo del retirar del toreo profesional, profesional te digo, de lo comercial, mi ‘negocio’”… Y muchos puntos suspensivos más, en los que se inscriben detalles del festejo, la voltereta a Morante que le hizo recapacitar a sus 67 años, y la prevención de que deja entreabierta una puerta a la reaparición, vestido de corto, para una causa benéfica que lo merezca. Acabado el programa (la escaleta  saltó por los aires, todo fue Curro y su despedida de los ruedos) conecto el teléfono móvil y echa chispas. Me llama al teléfono de Radio Nacional su entonces futura esposa, Carmen Tello, abrumada por la noticia que está incendiando la Tauromaquia mundial. “¿Donde está Curro, tú debes saberlo?”, me inquiere. “No lo sé, creí que estaba en casa”, respondo sinceramente. Ciertamente no lo sabía. Afuera, el guardia en su garita no daba abasto para contener a los operadores de cámara de televisión que querían conocer detalles. Me ruegan unas declaraciones, pero, entendí que no tenía nada que aportar y ellos lo comprendieron. El día siguiente, fue, para mí, un verdadero lunes de resaca. Tras la noche casi en vela, enfilé de buena mañana la carretera con dirección Madrid, mientras atendía llamadas de compañeros de prensa, aficionados, amigos y curiosos. La noticia era portada en todos los medios de comunicación, Prensa, Televisión (entonces las redes sociales estaban por llegar) y Radio, naturalmente. Bueno menos la mía, Radio Nacional, cuyo director del informativo nocturno del “día de autos” no incluyó la noticia, recién salida del horno y en sus propias narices. Apabullado por su evidente batacazo, me pidió disculpas, el hombre: “No supe valorarla”, justificó atribulado. Todavía no son las diez. Escrito queda. Así fue. Aquí lo dejo, porque veo que todavía no he digerido el bombazo informativo que me sirvió en bandeja un artista genial llamado Curro Romero. Y han pasado veinte años. Confieso que tampoco he terminado de expresar el infinito caudal de agradecimiento que le debo al maestro de Camas, por el detalle de magnanimidad que tuvo para conmigo. Mi deuda con él será infinita y eterna. Dios le dé larga vida, Faraón.