Aquél 28 de septiembre

La fiesta de los toros, como todas las grandes manifestaciones artísticas, cuentan con un amplio muestrario de fechas dignas de ser recordadas en el catálogo epigrafiado como “efemérides”, esto es, hechos dignos de ser destacados, tanto por sus connotaciones jubilosas como por las luctuosas. Entrambas, cabe introducir las que tienen bien ganado el calificativo de trascendentales. Y esta del hoy, 28 de septiembre, es una de ellas.

Me complace, pues, retrotraerme en el tiempo hasta más allá de un siglo (ciento ocho años, exactamente) y evocar aquél viaje en tren desde la estación de Atocha de Madrid hasta la “de Córdoba”, llamada así por ser la ruta férrea más utilizada por los andaluces, fin de trayecto en Sevilla. Es una estación de arquitectura tendente al barroquismo, cuya estructura metálica, compuesta en vertical por enormes pilares de hierro de fuste aligerado, sobre los que descansan unas cerchas roblonadas del mismo material, dotadas de una enorme luz entre sus pares; una arquería faraónica, muy en boga a finales de siglo XIX para instalaciones de este cariz, que se arropaba por cerramientos exteriores de ladrillo colocado a cara vista, y vistosos apuntes de cerámicas de vivos colores, con aberturas de iluminación y ventilación adinteladas por arcos de medio punto y ojivales, reminiscentes de la cultura islámica que estuvo asentada durante largos siglos por estos pagos. Viene en el tren un tropel de mozuelos con ganas de jarana, entre los que destaca la figura juncal de un chiquillo de diecisiete mayos, de sonrisa fácil y ademán solemne, trajeado con ricos paños, camisa rizosa de bullones y tocado con un sombrero de alta copa. Se llama José Gómez Ortega y todavía hay quien le apoda Gallito III o Gallito Chico, porque es el más joven de la dinastía torera nacida en el sevillano pueblo de Gelves. Este Gallito de última generación ha resultado ser un polluelo respondón. Trae en jaque a la torería andante. Le acompaña su hermano Rafael, apodado el Gallo, como su señor padre, porque esa tarde deberían haber toreado en Madrid para darle la alternativa a José. Sería una alternativa retardada, puesto que estuvo programada para el 15 de septiembre, pero un estúpido percance en Bilbao el primer día de ese mes –cornadita dolorosa en una pierna, al saltar la barrera) le obligó a posponerla para doce días después. El después es ese hoy del 27, pero (un pero más)… una imponente tromba de agua cayó sobre Madrid, y la corrida que convertiría en matador de toros al joven José, fue suspendida, sin remisión. Así, pues, ahí van, traqueteando por los caminos de hierro que han dejado atrás el desfiladero del Despeñaperros hasta que despunta el aguijón moruno del giraldillo de la Giralda. José no para de reír. Mañana, día 28, tomará, por fin la alternativa. Poco más que un adolescente, ya se siente importante; más aún, imprescindible en los grandes carteles de toros de aquella segunda década del siglo XX. De novillero, ha arrasado. De matador, arrasará, aún más. La llegada a esa estación “de Córdoba” es para los aficionados sevillanos –tan proclives ellos a la influencia supersticiosa-- poco menos que el gran acontecimiento taurino del año. Las circunstancias indeseables (percance y diluvio) han actuado a favor de los hados, impulsores de una suerte de predestinación: tenía que ser en Sevilla, en “su” Sevilla”, donde este Príncipe heredero al trono hiciera sus primeras armas en el reino de la Tauromaquia.

Es feria taurina de San Miguel y el cielo de Sevilla también se encapota. Tampoco los bolsillos de las gentes andan muy boyantes en este final de temporada. Rafael el Gallo y Joselito se dirigen a la Maestranza en coche de caballos descubierto, envueltos en la curiosidad y la emoción contenida de sus paisanos. La Plaza registra una discreta entrada. Antonio Pazos, torero modesto, también de Sevilla, miembro de una familia acomodada, decora el cartel y cumple su función de tercero sin discordia. Los toros de Moreno Santamaría salen mansos y mueren como tales. Solo los tercios de banderillas de los dos hermanos encandilan a la escasa concurrencia. Cualquiera diría que los este Gallito III no da para tanto como de él se habla. El Gallito verdadero, el genio (y la figura) sigue siendo Rafael, cuya calva va ganado espacio a pasos agigantados entre la morenez de su cabellera. Aquél 28 de septiembre –asómbrense— pasó poco menos que desapercibido para la gente de coleta y para los aficionados de la tierra de María Santísima, donde ya se hablaba de un tal “der Monte”, que venía con las del Veri. Pero José, Joselito el Gallo, no llegaba para quedarse, sino para hacer de su historia la propia Historia del Toreo.  Nadie como él. Nadie lo discute. Permítanme que ponga punto y final a  este breve discurso acerca de la efémeride de hoy. No me había percatado de que, para hablar de este Joselito, hay que ponerse en pie.