El Cuco, torero de Medina

Cuando los años 60 levantaban el telón tomé la decisión de irme a Medina, a “ver los toros”, yo solito, como un hombre.  Los “toros” en cuestión no era más que una novillada sin caballos (de balde, creo recordar) que se anunciaba en la Plaza del Arrabal medinense; pero me emperré tanto, tanto, en ir a los toros a Medina y mi madre se cerró tanto, tanto en la negativa que hubo de terciar mi padre: “déjale, que vaya si quiere, pero nada de tren: en bicicleta”…Y mi madre: “pues que se lleve al niño, así no se entretiene con nadie”… El niño era mi sobrino Paquito, que, a la sazón, pasaba el verano en nuestra casa y por entonces  debía tener sus cuatro o cinco añitos, bien alimentados. ¿Qué hacer, pues? Lo más sensato hubiera sido renunciar a mi desbocada afición y prepararme para el berrinche correspondiente; pero, quiá, me armé de valor, monté en la bici de mi hermano y cargué  en el soporte de atrás con mi sobrinillo –es un decir—, que se abrazó a mi cintura apenas echamos a andar, recién comidos, camino de Pozaldez, pensando en la que me espera cuando abordara la cuesta de los almendrucales, remolcando a la rémora que suponía la carga trasera. Pero tiré para adelante, como un jabato.

Abusando de la benevolencia de quienes me leyeren, hago este introito a sabiendas de la escasa importancia que puedan generar cosas y casos que solo conciernen a una personal experiencia de primerizo adolescente, pero, qué quieren que les diga, a veces una noticia puede hacer estallar la carga de melancolía que todos llevamos latente en el cajón precintado de nuestras vidas. La noticia es esta: Ha muerto El Cuco, torero de Medina del Campo. Y, de repente, la melancolía se ha puesto a desovillar el ovillo añejo que uno tiene bien apretado en la memoria.

Mientras rememoro aquél pedalear echando el bofe, se me aparece El Seda (Manolo Blázquez) el torero local que venteaba la alternativa, y a su rebufo, dos nuevos toreros de Medina, anunciados en el cartel de aquél día caluroso, que parecían estar llamados a seguir la estela de la prometedora trayectoria del jacarandoso, rubicundo y ya famosillo torero medinense. Por tanto, los nuevos valores eran  dos brasas incandescentes e incipientes, dos ilusiones abrazadas a la gratuidad de lo impredecible. Uno se llamaba Calixto Díaz y el otro Agustín Boya: El Cali y El Cuco, respectivamente.

Llevando a mi sobrinillo de la mano y con una sudada de picapedrero, entré en la Plaza del extrarradio de Medina mucho antes de que sonara el clarín para ver de cerca a los toreros, antes de buscar la sombra en los graderíos calentados sin piedad por un sol de justicia. Lo recuerdo bien: El Cali, de azul y oro; El Cuco, de rosa y oro. Ambos, naturalmente, vestidos de luces en régimen de alquiler. En puridad, aquellos trajes de guardarropía de urgencia mostraban la imagen solanesca de la aventura por desventura. Más cornás da el hambre. A El Cali, más estiradito, le faltaba taleguilla de pernera y le sobrada de cintura; a El Cuco, por contra, le sobraba tela por doquier, dada la menudencia de su anatomía: un retaco.

Debo confesar que de aquél “sensacional mano a mano” no se sacó nada positivo. Mataron como pudieron  los cuatro erales regordíos –seguramente de Pedro Zaera, pero no estoy cierto—y aquí paz y después gloria. Mejor dicho: aquí no ha pasado nada, y de gloria, menos.

El Cali se percató pronto de sus escasas posibilidades para alcanzar el triunfo, pero El Cuco se empeñó en seguir intentándolo a desgarrapellejo, por acá y por allá, por tentaderos en ganaderías de escaso renombre, ofreciendo capas y muletas a unas utreras de mucho trapío o por las capeas de los pueblos de Castilla, donde se echaban toros como castillos. Pasaron los años y El Cuco no lograba progresar, pero se le trataba con cariño en Medina, al punto de que logró su empeño en tomar la alternativa en los sanantolines del 82, con Morenito de Maracay por padrino y el malogrado Yiyo por testigo. Fue una de esas alternativas que se abordan para culminar un deseo largamente perseguido. Punto y final. Ignoro las corridas de toros en que participó de ahí en adelante, pero a buen seguro que no pasarían de un puñadito, no más.

Ha muerto El Cuco de Medina, un torerito sin antecedentes familiares. Su apodo ya fue utilizado por aquél banderillero de Joselito el Gallo llamado Enrique Ortega, vinculado al gran maestro por lazos profesionales y familiares, al haber casado con  su hermana Gabriela. Aquél Cuco fue padre de Gabriela Ortega, que recitaba como Dios --con su voz aguardentosa-- versos flamencos y taurinos; y también de un matador de toros de notable éxito en los años 40: Rafael Ortega Gómez, Gallito. Un apodo que puntualizaba Rafael el Gallo, con una punzada irónica y vindicativa de su estirpe: ése no es Gallo, es Cuco.

Comprendo que este Cuco nuestro no permite otra referencia que la que valoriza su incrustación en el ingente montón de silencio que cubre todo anonimato. Pero su muerte me ha obligado a retrotraerme a mis primeros escarceos por una plaza de toros. Se ha muerto, precisamente, el día de su onomástica, y también el día en que, hace 73 años, Manolete salió mortalmente herido de la Plaza de Linares.

Permítanme, pues, la pequeña licencia de repasar algunas secuencias de mi incipiente afición y las hojas del árbol de un mediodía de verano que me dejó molido el cuerpo de pedalear por la cinta negra de una carretera comarcal. Todavía me dura la sofoquina. Mil perdones.