El perdido día de la Virgen

Para los chavales de los años 60, el día de San Roque era el Día Después. El día que sigue a los aconteceres recién pasados, es decir, la jornada propicia para contar avatares vividos –o soñados— en la anterior. La anterior, naturalmente, es el 15 de agosto, el día de la Virgen, la festividad de su “asunción” a los cielos, según la doctrina cristiana.  Es el único día en que la Virgen es la de todos. La Virgen sin apellido, podríamos decir, sin ánimo de caer en irreverencia. En Sevilla y Madrid a la Virgen del 15 de agosto le han puesto apellido porque ambas ciudades gustan de ser especiales en todo. Para la capital de Andalucía es la Virgen de los Reyes, ya que tienen a la Esperanza de Triana y a la  Macarena en candelero –y candelabro—perpetuo durante todo el año, y para la capital de Reino, el Madrid castizo y verbenero, es la Virgen de la Paloma, por aquello de rivalizar con La Almudena; pero nadie pone en duda que el 15 de agosto es un día de Fiesta con mayúscula en todo el territorio español. Especialmente, en los pueblos de Castilla, donde unos y otros –los pueblos—se disputaban el boato y la magnificencia lúdica y religiosa. En aquél tiempo, el día de La Virgen nos endomingábamos que era un primor, aunque no teníamos fácil señalar el lugar elegido y diseñar una ruta para disfrutar del ocio, porque la oferta de fiesta, de fiestorro, más bien, era tanta que a los zagalones pretenciosos nos superaba. No podíamos elegir fácilmente entre tantas expectativas. Había toros –vaquillas, la mayoría de las veces—mañana, tarde y en algunas ocasiones noche, y eso era un punto que consideraba indispensable, a pesar de mi justificada fama de cagueta, en el más amplio sentido de la palabra. En el encierro, me encalomaba a la ventana más alta del recorrido y de allí no me bajaban ni a tiros; por la tarde me refugiaba en las zonas más discretas del tablado o me subía a las alturas más insospechadas en la plaza de talanqueras. Los toros o las vacas eran corridos y cortados –en la Castilla taurina clásica no se dice “recorte”, sino “corte”, mucho ojito— por los hombres más osados y escurridizos, algunos verdaderos autodidactas, creadores de cualquier filigrana improvisada y temeraria, realizada  sobre vías urbanas y recintos empalizados. Constituían el espectáculo más fascinante que se ofrecía de balde por tierras de pinares de la vieja Meseta, una demarcación geográfica que, en temas taurinos y faranduleros, dominaba a la perfección. Personalmente, mi atención se detenía en la imagen de los “maletillas” de hato, gorrilla y alpargata. Puede que los implados por una estulta superioridad consideren que son personajes de la España profunda, pero en realidad es la imagen que nos devuelve el espejo de un pedazo de la reciente la historia de nuestro país. En otros países de nuestro entorno europeo mucha gente andaba como puta por rastrojo y no por ello se declaran inmersos en profundidades ni se avergüenzan de nada.  Estos tipos que llegaban de matute al pueblo, dormitaban –para mejor soñar-- en los pajares y luego le echaban un trapo raído al hocico de toros o vacas que sabían latín, me fascinaban. ¿Llegarían a figuras? Algunos, llegaron. Por ejemplo, el Nono de Villalpando (trasmutado en Andrés Vázquez) o El Renco, de Palma del Río (reconvertido en El Cordobés). ¡Cuántos quinces de agosto pasaron por los flecos de muletas deshilachadas y capotes emponzoñados de sangre y excrementos de variada procedencia! ¡Y cuánta gratitud recogían al convertirse en lacias bandejas donde se depositaba el limosneo que la generosidad de la buena gente aportaba a sus irrepetibles “hazañas”! ¡Ay, 15 de agosto taurino de los pueblos castellanos de mi alma! ¡Cuánto te he echado de menos en el día de hoy, en el que una peste cabrona todavía nos tiene cautivos y desarmados! No hallo nada que contar. Vuelvo la vista atrás y revivo los días después –los “sanroques-- en que se detallaban las peripecias de la vaca que volteó a dos hombres a la vez en la fuente de la Plaza Mayor de Viana de Cega, a uno de los cuales dejó con la pirindola al aire. O el pánico que desató un toro desmandado del encierro en Tudela de Duero, yéndose para los pinares que cercan la carretera de Quintanilla.  O los tres capotazos que le dio un chavalillo imberbe al toro pinto en Rueda, debajo mismo del Ayuntamiento. ¡Qué tío y qué toro, Dios! En Rueda, solían salir los toros a toda mecha, y sus 15 de agosto reclamaban a un gentío impresionante de toda la comarca. Una noche de toros y fiesta, se derrumbó un tablado, pero, por fortuna, solo hubo decenas de heridos de diversa consideración. De Rueda, precisamente, contó Roberto Domínguez la anécdota de aquella mujer que presenciaba el festejo taurino del día de la Virgen, cuando un morlaco con kilos y pitones barrió la plaza en las primeras oleadas que dio nada más salir del toril. Ante el espanto de otra convecina que gritó “¡qué toro más bravo!”, la mujer de Rueda, sentenció: “¿Bravo ese toro? ¡Bah! ¡Bravo el que mató a mi marido el año pasado!...”

Cosas como estas ocurrían en las fiestas populares que me tuvieron durante años –período de vacaciones-- casi todo el mes de agosto de acá para allá, de la Ceca a la Meca, al punto de que, junto a mis dos inseparables amigos, hice varias amistades entre los almendreros, y demás personal de la farándula ambulante. A la par que estas amistades improvisadas hicimos también nuestros pinitos como donjuanes de emergencia, en las pistas de baile acondicionadas para la ocasión. Todo puramente venial, por cierto, aunque lo exageráramos, sin el menor pudor. El día de la Virgen que este año hemos perdido irremediablemente,  siempre fue para millones de españoles, una cita a ciegas permanente, un día de fiesta total, con toros, comidas pantagruélicas, vino a discreción, misas, procesiones solemnes y… encuentros amatorios de diversa consideración. Todo ello impregnado de la pertinente pasión que cada ocasión y circunstancia merecen, pero dentro de un orden, porque así lo exigía la mentalidad de la época, entonces en permanante censura celestial: la Virgen lo ve todo.