El agosto taurino más atípico

Arranca este agosto del veinte/veinte con la cosa del toro en el alero y los termómetros como grandes protagonistas. Serán dos instrumentos que, en nuestro caso, habrán de cumplir dos funciones bien diferentes: la habitual de medir el grado de calor que abrasa los cuerpos en tostación permanente, y los que tendrán que calibrar el punto en que se encuentra la afición taurina en esta España embozada por la --todavía--  inseguridad sanitaria y asolada por un batacazo económico demoledor. Nótese, pues, la diferencia entre lo que asolea y lo que asuela.

Hoy, primer domingo de agosto, se anuncian toros en Huelva, donde arrancan las fiestas colombinas, y en Navas de San Juan, ese recodo olivarero de la provincia de Jaén que bien puede considerarse cuna del “poncismo”. Dos corridas, cada cual con atractivos bien diferentes. Es lo que hay, para empezar agosto, el mes más taurino del calendario, con el toro de la calle prácticamente desaparecido en combate, algo que no se conocía desde la guerra, hace más de ochenta años. Oficialmente, en agosto están anunciados treinta y cuatro festejos, la inmensa mayoría en España, con asomadas puntuales a Francia y Portugal, en algunos de ellos con la presencia de las consideradas primeras figuras del escalafón. Asoman la gaita estas figuras con las lógicas medidas precautorias que la presente situación aconseja, algunas de las cuales habrán de reportar no pocos motivos para engrosar el anecdotario taurino o azuzar el ingenio de los que observamos desde afuera. Por ejemplo: ¿habrá mascarillas en esos patios de cuadrillas atestados de curiosos? A la vista del aluvión de gentes que se agolpan en ese camarín de las plazas de toros para manosear los vestidos de luces y echar el brazo por encima del hombro de los diestros famosos, ¿deberían utilizar también mascarillas los toreros antes del paseíllo? Tómese en cuenta que son espacios semicerrados y la normativa actual en algunos lugares de España ya contempla la obligatoriedad de protegerse hasta en espacios abiertos, cuanto más, mejor. ¿Habrá corridas de toros en fase 1 y en fase 2? Por citar algo concreto: como tengo la certeza de que el callejón de la placita de Navas de San Juan se pondrá hasta los topes de curiosos –hay ya una multitud de medios de comunicación acreditados para cubrir el evento, la mayoría por cuestiones bien alejadas del tema taurino-- ¿se guardará entre barreras la distancia de seguridad? Solo nos faltaba a los taurinos que hubiera un brote del COVID-19 en una plaza de toros…

Metidos ya de lleno en el campo de lo hipotético, me preocupa la situación en que se hallan aquellos novilleros que tenían previsto tomar la alternativa esta temporada. Una alternativa sin los abrazos de rigor entre toricantano, padrino y testigo puede acabar en una ceremonia esperpéntica. No me imagino a tres toreros separados metro y medio entre ellos, intercambiándose utensilios de uso personal y dándose el codo o el puño como colofón de tan entrañable y emotivo momento.

Chances aparte, creo que lo importante es echar a andar, aunque sea a la pata coja. Hay que dar toros y, sobre todo, hay que divulgar aquellos espectáculos que ofrezcan evidentes atractivos. La televisión es imprescindible; y la cobertura informativa o crítica en los distintos soportes, también, que se está pasando por alto la importancia que siempre ha tenido la prensa taurina en la salud de la Tauromaquia. Hay que dar toros y que la gente se entere del hecho, así como de las circunstancias de su desarrollo.

Toros ya se han dado, desde luego; pero tampoco hay que forzar la máquina por capricho a la aventura o por vindicaciones exógenas. Ya han visto lo sucedido en Ávila, donde la respuesta de público ha sido paupérrima y el empresario ha salido escaldado –sobre todo, económicamente—de la experiencia. Es muy bonito requerir con vehemencia, exigir desde la libre demanda que se organicen corridas de toros y después huir de la taquilla y provocar la ruina del promotor del espectáculo. Con los dineros ajenos es fácil quejarse a grito lleno de demagogia.

El estado de la cuestión es bien claro: la gente todavía tiene el miedo metido en el cuerpo y los bolsillos tiritando, con un horizonte nada halagüeño. En estas condiciones, hay que ir poco a poco, pian pianito. Exigir quijotismos y baladronadas a los demás está fuera de lugar. En este agosto taurinísimo y acalorado, la corrida de El Puerto de Santa María parece que ya ha agotado el boletaje. Lo que interesa, cunde. Ahora habrá que esperar a ver qué ocurre con el resto de los festejos anunciados, todos ellos en plazas de segunda y tercera categoría, y comprobar el “tirón” que tienen entre los aficionados. Cada cual está en su derecho de obrar en consecuencia con su situación personal. Lo de vender el colchón para ir a los toros es tan añejo, cañí y anacrónico, que pertenece a unos tiempos nebulosos y, probablemente, no pase de ser una entelequia.

Arranca un mes de agosto lleno de incertidumbres taurinas –las políticas, que las cuenten otros--, pero tiene su puntito de misterio, de que algo trascendental está a punto de suceder. El termómetro de la fiesta de los toros está prensado en el sobaco de todos nosotros. Es el agosto taurino más atípico de la historia de la Tauromaquia. Aunque soy consciente de que en este verano abrasador es lo natural, estoy en ascuas.