El Alcalde y los malandrines

Algún día habrá que reivindicar, en tiempo y forma, la presencia histórica de la  Sagra toledana o de las tierras manchegas del campo de Montiel en los balbuceos de la Tauromaquia. Habrá que hacerlo, porque es un territorio eminentemente taurino del que se olvidan sistemáticamente tratadistas, analistas, panegiristas y demás “istas” que se han ocupado de hurgar en su antecedencia remota en suelo español, incidiendo de forma contumaz en circunscribir la aportación de esta amplia tajada del mapa ibérico en el desarrollo y relumbre de la fiesta de los toros a los muchos y grandes toreros que brotaron en estas planicies, sin abundar en la trascendencia que supone el haber encontrado en ellas el toro  bravo un hábitat secular, extendido a las protuberancias montaraces de Toledo y las feraces riberas de sus cauces fluviales. Y no es bueno que tal hecho se soslaye, porque si bien la Mancha y la Sagra siempre fueron camino de postas entre la Corte y  la sierra andaluza --una ruta de ida y vuelta con diligencias cargadas de toreros--, también fue principal asiento de ganaderías de vacuno más o menos fiero, como las Vacadas Bravas del Real Patrimonio, y cuna de una de las castas fundacionales del toro de lidia, la de don José Jijón.

A la Sagra toledana pertenece –y toma su apellido-- un pueblo llamado Villaseca, pequeño enclave que lleva dos décadas completas haciendo ondear el estandarte de su acreditada afición taurina, mantenida, reforzada e impulsada por la indomable voluntad de su alcalde, don Jesús Hijosa, promotor de un Certamen titulado Alfarero de Pata, todo un símbolo de apoyo incondicional y altruista al toreo-base, esto es a la cantera de toreros, a la variedad de encastes… y a la captación de aficionados de nuevo cuño, que buena falta hace.

Este año se anunciaba la séptima edición de tan popular torneo. Se exponía al público con todo lujo de detalles, como es habitual. Pero hete aquí que tal anuncio ha sido bruscamente anulado, escenificando de forma sorprendente una bajada del telón inapelable. ¿Qué ha ocurrido para propiciar carpetazo tan sonoro a un asunto que es emblema y referencia de buen hacer, amparo y promoción de los futuros valores taurómacos de esta España mía, esta España nuestra, que decía la muy recordada cantante Cecilia?

Leo en la revista Aplausos unas declaraciones del señor Hijosa en las que se muestra abatido y desencantado por el tratamiento recibido por parte de algunos Órganos de la Administración autonómica y de los veterinarios, a quienes, al parecer “no les ha sentado bien lo que estamos haciendo desde el Foro de Promoción, Debate y Defensa de las Ferias de Novilladas… o “no les gusta que se pueda poner un veterinario de oficio para hacer viable un espectáculo” (los tentaderos) que se ofrece de forma gratuita.  Indudablemente, se trata de reducir gastos, pero lo cierto es que los facultativos han denegado las guías de las becerras a tentar en ese preámbulo que se ofrece de balde, “porque no iban destinadas a la Escuela Taurina”, un razonamiento que hace razonar, a su vez, al propio Alcalde de esta forma: “…habrían prevaricado antes, ¿no?”.

Con este portazo a los tentaderos y, de retruque, a las novilladas con picadores del popular serial, perdemos todos, sobre todo, los chavales que tienen la ilusión por practicar el arte del toreo y no encuentran un pitón que echarse a los trastos de torear porque los gastos de producción de las novilladas hacen ruinoso su montaje para cualquier empresario. No va la gente a las novilladas, esa es la verdad, a no ser que novillos y novilleros se topen con un filántropo como el actual alcalde de Villaseca de la Sagra (del P.P., 24 años con la vara de mando) que ha tenido que superar las luchas intestinas del politiqueo administrativo y taurino, demostrando un talante y un  talento, poco común en la actual clase política, para navegar con buen rumbo en este proceloso mundo de los toros.

Ahora, la goleta de Villaseca está varada entre las arenas movedizas de la Administración comunitaria y las algas de un colectivo que quiere sacar tajada de cualquier eventualidad que se organice en torno al toro. ¿Habrá reacción, y, por tanto, reactivación del Certamen?  Me temo que no. A los culpables de este sorpresivo varapalo a la parte más sensible de la fiesta de los toros les pido que se lo hagan mirar.

Debo reconocer que no corren vientos propicios para ejercer el quijotismo. Don Quijote fue un héroe de ficción surgido del genio de Cervantes y sus aventuras de orate desconectado con la realidad de la vida fueron tejiendo una leyenda imposible y magnífica, imaginada, precisamente en un lugar de la Mancha, donde, en cierta ocasión, el célebre caballero andante topóse con una manada de toros bravos que él creyó  gentes de mal vivir y peor obrar, a los que hizo frente afirmándose en la silla de Rocinante y enarbolando la lanza en astillero,  dispuesto a desfacer tan enrevesado entuerto. Suplicóle el vaquero que pastoreaba la tropa de vacuno:

--¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estos toros!

A lo que nuestro héroe, enfurecido, respondió:

--¡Ea, canalla, para mí no hay toros que valgan aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas! Confesad, malandrines, así, a carga cerrada, que es verdad lo que aquí he publicado; si no, conmigo sois en batalla.

Naturalmente, don Quijote fue vapuleado por el tropel cornudo sin contemplaciones.

Atendiendo a este pasaje taurino de una obra de la literatura universal, señor Alcalde, le digo que no se deje avasallar por el funcionariado insensible o ignorante y que no es menester echar más cuentas que las echadas, porque no hay mejor respuesta que la rotundidad y la sinceridad ante la hipocresía y el despropósito, si aflora la certidumbre de que también en este tiempo no hay más verdad que la publicada. Allá ellos, los que fueren. Hay mucho malandrín pululando por el mundo. Y por el de los toros, más.