Cuando el 7 de julio es el "pobre de mí"

Abro la ventana del ordenador en esta mañana del 7 de julio, cuando ya debieran haberse instalado en los corrales de la Plaza de Pamplona los seis toros, grandes y cornalones, que habrán de lidiarse por la tarde. El encierro de este malhadado 2020 ya es historia. Historia vacía. Como toda la performance singular y colorista que pinta de rojo y blanco las fiestas sanfermineras. No hay toro… ni fiesta. San Fermín, este año, ha colgado su capotillo milagroso en un rincón oscuro de su sacristía celestial. Jamás pensé que llegara a producirse un hecho tan anacrónico: suspensión total. Un 7 de julio sin Pamplona ardiendo en fiestas y toros es, para millones de personas, un año perdido. Un número rojo –de nuevo, el rojo-- en la cuenta de la vida de las gentes y una página en blanco –otra vez el blanco— en la historia de esta bella ciudad, hospitalaria donde las haya. También es una nueva brecha en la historia taurina de España, con antecedentes en el siglo XIX por turbulencias bélicas (guerra de la Independencia y dos sucesivas Carlistas) y en el XX, entre el 37 y el 38, en pleno fragor de la guerra civil, o políticas (Trienio Liberal de 1821 a 1823) y en 1978, suspendidos en plena efervescencia cuando los disturbios por vindicaciones políticas acabaron con el penoso saldo de la muerte de un manifestante, y el no menos penoso de la suspensión parcial durante un día nefasto: el vil asesinato de Miguel Ángel Blanco, en 1997.

En este caso, el (la) CIVID-19 nos ha vapuleado sin contemplaciones a los españoles, causando miles –de momento, no se sabe cuántos— de muertos. No estamos, pues, para fiestas. Y menos para fiestorras como las de San Fermín, donde todo es algarabía, arrejuntamientos, desmesuras bienintencionadas y riesgos inverosímiles cuando el toro se presenta en la calle con los primeros soles de la mañana. En evitación de riesgos añadidos, la autoridad competente ha ordenado normas estrictas de comportamiento que son inversamente proporcionales a la esencia de esta fiesta peculiar e irrepetible. Restringir a 400 personas la respuesta presencial al tradicional chupinazo de ayer, es la misérrima estampa de la impotencia... y al propio tiempo un saludable ejercicio de responsabilidad. En cualquier caso, mero paripé. Allí, en la plaza del Ayuntamiento nunca pudo correr el vino espumoso, el champán francés o el cava catalán y de Rueda hasta el suelo, porque lo impedían decenas de miles de cabezas, que es el panorama consecuente con el taponazo tradicional que abre la fiesta en Pamplona.

Va a ser una semana extraña en Pamplona, una ciudad que vivirá su semana más festera del calendario atenazada por la mudez que imponen mascarillas y distancias de “seguridad social”. Con miedo,  no al toro, sino al virus. Y sin ruido ni música, esto es, con el recato que impone la prudencia y la obediencia debida a las autoridades; en definitiva lo adversativo de su fiesta por excelencia. Tengo la impresión de que con la imagen de este fingido estallido emocional y la de unos toros torciendo hacia la derecha en la curva de la calle Estafeta hemos llegado a la conclusión de los sanfermines. Año malo, malísimo para todos y nefasto para algunos. Año de friuras necrológicas en pleno verano. Año de incertidumbres para la fiesta de los toros, que se debate entre incoherencias, desacuerdos y desatinos, que de todo hay. Tiempo habrá para hacer las oportunas reflexiones al respecto, conforme al desarrollo de los acontecimientos.

De momento, lo que nos trae este mes de calores recién estrenado es un oxímoron insospechado: el 7 de julio, en Pamplona, es el día de “pobre de mí”.