Catorce años sin Rocío

Me salto el confinamiento a que me somete el deber de atender a la actualidad taurina, sencillamente, porque me cansa y me encocora esa partitura inconclusa, cansina a más no poder,  que me desvía hacia la guerra fría –y tan fría— que nos sirven como menú diario los sectores taurinos y los sectores políticos, estos, mareando la perdiz –la Tauromaquia-- sin el menor recato y aquellos levantándola en vuelo corto, a salto de mata, de rastrojo en rastrojo, sin que nadie se haga cargo de entrar al reclamo. Estamos en tiempo de veda.

Hoy es uno de junio, y los todos unos de los junios que me queden por conocer tienen en mi pensamiento una muesca indeleble, siempre reciente, siempre dolorosa e inapelable: es el aniversario de la desaparición de Rocío Jurado. El cabodeaño, que decimos las gentes de la vieja Castilla. No digo o miento la muerte, porque la muerte es irreversible. Lo que se muere, se finiquita. Rocío es otro cantar. Se ha convertido en una voz que no canta en directo, pero sigue viva, realquilada en ese rincón del alma, donde tenemos la pena de su ida millones de seres humanos. De muerte, nada.

Hace catorce años que nos dejó. Catorce, ya. Catorce años sin el calor de su voz y de su presencia, tan cercana, tan explosiva, tan dicharachera… y, como buena chipionera, tan engallada y respondona cuando alguien le “tocaba los costados”; pero, sobre todas las cosas, tan generosa en explayarse en cualquier reunión informal o acercarse a formar corrillo con gentes de toda clase y condición, y tan divertida contando chascarrillos de venial verdosidad. Quien le haya tratado en la intimidad sabrá de qué hablo, porque la gente del común –sobre todo los obtusos de entendimiento en materia artística o los envidiosos por naturaleza--  suelen confundir la sinceridad, la espontaneidad o la repuesta humilde y cariñosa al homenaje de clamor recibido del público, con un ejercicio de gestualidad impostada. Yerran quienes encasillen a Rocío Jurado en tales imposturas. Ella también era así cuando estaba sin maquillar, muy de mañanita, y andaba zascandileando por la cocina de Yerbabuena. O cuando acariciaba a un niño que se le acercaba en la calle. O cuando, ya novia “formal” de José Ortega Cano, le recibía en el cuarto del hotel echándole pétalos de rosas sobre los alamares, donde todavía se enredaban pelambres de toros bravos. Era así, de verdad, se expresaba así, se emocionaba así, aún sin saber si “su” José ha triunfado en la Plaza. Lo importante es que vuelve con ella, sano y salvo. Y si se tercia, le canta y palmea a la vez por bulerías de Jerez. ¿Dónde está la impostura, si regresaba el torero solo, acompañado del apoderado y el mozo de estoques?  Yo lo vi, por ejemplo en Valencia, porque su habitación era paredaña con la mía y me asomé al oír el soniquete del cante. Simplemente, sonreí y pegué la oreja a la pared, que era lo procedente en aquél momento. Me permito este detalle, para apuntalar su irresistible espontaneidad, fuera de focos y de cámaras.

Han pasado catorce años y me sigue pareciendo mentira que una voz tan prodigiosa se haya perdido para siempre. Una fuerza de la Naturaleza de este nivel, debería haberse hibernado y desencofrarse al cabo del tiempo, para que las generaciones de nuestros nietos y biznietos se extasíen con el timbre de una garganta irrepetible, con el mensaje y variadas entonaciones de melodías, baladas, coplas y todos los palos del cante flamenco, dominados como nadie ha sido capaz de dominar. A esto se dedicó Rocío en el tiempo que se mantuvo firme sobre los escenarios del mundo. Nadie como ella. La Más Grande. No son ditirambos, ni exageraciones de ocasional panegirista. Es la confesión de quien ha compartido con ella momentos inolvidables, libre de la carga tensa de una actuación en directo, en aquellas galas multitudinarios por el mundo. Era una voz que no solo mantenía registros inalcanzables para la inmensa mayoría de sus artistas coetáneos, sino que tenía un “color” inconfundible. Siempre me interesó ese matiz cromático de algo que se produce por la expulsión del aire de los pulmones a través de la laringe. Rocío Jurado siempre se fijaba en eso: “lo mejor de la voz de Camarón, es el ‘color’ que tiene”. Creo que la frase es suficientemente ilustrativa. El “color” de la suya no está catalogado en la gama más sofisticada. Es un “color” universal, que hubiera cantado ópera como la mejor de las “divas” de cualquiera las épocas del bel canto. Salió de un pueblo de Cádiz, a cantar a un tablao de Madrid, sin más educación musical que las “cuatro reglas” empíricas acopladas a su voz que le enseñaron  a cultivar en su humilde casa: Temple, Corazón, Sentimiento y…la devoción  a la Patrona de Chipiona, la Virgen de Regla.

Han pasado catorce años y miro a la pantalla de ordenador que recibe la tímida pleitesía que le transmito desde el teclado para evocar la figura de quien una vez, estando ya herida sin remisión, se acordó de mi cumpleaños y me felicitó… cantando el Happy Birthday en español… por bulerías. Pido disculpas por hacer esta cita tan personal, pero es que, la verdad, no encuentro cómo puedo expresar el orgullo de haber disfrutado de la amistad sincera de una artista de descomunales proporciones y una mujer con quien compartí tantas vivencias familiares y artísticas, dentro y fuera de España, junto a su esposo,  José Ortega Cano y el resto de la familia que se fue acumulando con el tiempo.

Una mañana soleada y veraniega, fui al cementerio de Chipiona con un ramo de flores, pero no pude entrar en el camposanto. Era domingo. Me hube de conformar con rezar una oración desde la verja de hierro con candado encadenado y contemplar emocionado su imponente mausoleo. Hoy, escribo torpemente estas líneas porque los uno de junio son especiales para mí. Catorce años, ya. Catorce años de un ayer que tantas veces evoco en mis soledades, o cuando conecto el CD que tiene domicilio permanente en mi automóvil. Catorce años sin Rocío. Catorce son también los versos de un soneto, el que hoy me hubiera gustado escribir para evocar su memoria. Pero no soy poeta.