Cuando el tren está llegando a Talavera (crónica onírica)

Es domingo, 16 de mayo, y abro el ojo al filo de la almohada. A punto de dar las  siete de la mañana echo pie a tierra sin contemplaciones. Entro al abordaje del palanganero y echo más agua fuera que dentro de la jofaina. Las prisas me corroen. Tengo que llegar con mucha antelación a la estación de Delicias porque se supone que, poco antes de que el tren parta hacia Talavera, habrá tumulto. Miro por la ventana y el cielo de Madrid muestra un color cardenalicio. Está oscuro y pintea. Desayuno un  café humeante y quemón y salgo raudo de casa.  Saltando charquitos cruzo el Retiro, bajo a zancadas la cuesta de Moyano hasta llegar a la plaza de Atocha, y, ya al trotecillo, tuerzo ligeramente a la izquierda, dirección Legazpi. La llovizna, cada vez más espesa, me obliga a calarme la gorrilla hasta las cejas y levantar el cuello de la chaqueta, uno de cuyos bolsillos casi revienta el cuadernillo rayado que llevo para apuntar cosas; pero aún así, la humedad de la ropa comienza a ser incómoda compañera de este viaje a golpe de calcetín. El señor Peris Mencheta, en cuya Agencia de noticias oficio de meritorio, me ha prometido un día de grandes emociones, y el corazón me bota tras los botones de la camisa. Faltan pocos minutos para las ocho cuando penetro por las arquerías roblonadas de los andenes y el efecto del calabobos me obliga a refugiarme ante la estufa de leña de encina que calienta una enorme sala de espera y el despacho de billetes de la estación de Delicias. Se supone que el señor Mencheta ya tiene el mío; mi billete, digo. Confío en el señor Mencheta y aspiro a llegar a escribir para su Agencia crónicas de toros, como las de Corrochano y Clarito, que son  el Joselito y Belmonte de las letras taurina de la época. Hablando del rey de Roma (y en este caso también de los toreros), pasadas ya las ocho llega José rodeado de ese aura que adorna a los héroes y acompañado por una ilustre guardia pretoriana, entre la que, afortunadamente, veo a mi ocasional mecenas. Además del dueño y director de la Agencia, hacen corrillo con el torero su hermano Fernando, bien entrado en carnes, el personal de la cuadrilla, el cronista taurino Gregorio Corrochano, talabricense de pro, don Leandro Villar, empresario de la corrida de Talavera, un íntimo amigo de José, llamado Darío López, que es apoderado general del Banco Urquijo, y Alejandro Serrano, también apoderado, pero de Sánchez Mejías. El señor Mencheta me hace el honor de presentarme al principal integrante de tan ilustre cónclave: Mira, José, éste es un muchacho que trabaja con nosotros, muy aficionado a los toros, por supuesto, ‘joselitista’ hasta la médula; le he encargado una crónica de ambiente previa a la corrida. Vendrá a Talavera, pero viaja en tercera clase”. Cuando Joselito el Gallo me tiende la mano y estrecha la mía noto un calambrazo por el cuerpo, máxime si de inmediato, en el colmo de la generosidad, me ofrece: Quédate con nosotros en el departamento del tren, tenemos sitio. Llegado el caso, lo arreglaremos con el revisor. Me quedo estupefacto, sin saber qué decir ni adónde mirar. El apoderado de Sánchez Mejías, en cambio, mira nervioso el enorme reloj de la estación. Se extraña de la tardanza de Ignacio y comienza a refunfuñar: Tan informal como siempre. Ha salido del hotel Príncipe de Asturias hace más de media hora y… Subimos todos al tren y observo que el abundante pasaje que acude al convoy ha reconocido al torero y exhala una emoción contenida. Es lo primero que anoto en mi cuadernillo. Lo segundo es la llegada en tropel de Ignacio Sánchez Mejías y su cuadrilla, apresurándose a meter a empellones el equipaje aparatoso de capotes, muletas y estoques que duermen en esportones y fundones, dejando al botijo tambaleándose entre los contenedores de cuero. El muy pendenciero y altivo Ignacio se justifica: Hemos tenido una larga bronca con unos borrachos que se han metido conmigo… ¡y contigo!, dice dirigiéndose a su cuñado José. Nos acomodamos todos en el habitáculo de asientos mullidos y reposacabezas de ganchillo blanco, dejando las ventanillas para Joselito y Corrochano. Cuando la locomotora resopla vapor por la tobera de abajo y el humo se espesa por la chimenea de acero, el traqueteo se hace más llevadero. Comienza el palique: No habrás dormido bien --le dice Ignacio a José--, después de lo de ayer en Madrid…¡Qué injusto es este público! ¡Qué mal se portaron contigo!... A media sonrisa, José responde: Últimamente, ya estoy acostumbrado. Madrid es así, o te encumbra o te entierra, sobre todo a los que estamos ahí arriba. Sánchez Mejías, puntualiza: La corrida de Murube, en verdad, fue una calamidad. No sé qué les pasa ahora a las ganaderías, también los guadalest están rodando por el suelo, y los de Concha y Sierra… ¡pero eso no quita para que te culpen de todo! Joselito, se resigna: ¡Qué le vamos a hacer!, tanto a Juan (Belmonte) como a mí nos tienen en el punto de mira, creen los aficionados de Madrid que les estafamos. Ya lo he hablado con él, hay que ir apartándose un poco de esa Plaza, de hecho, ya veis, yo me he quitado del abono de hoy y toreo en Talavera… Tercia Corrochano: Y yo, como nativo de esta tierra, bien te lo agradezco, pero lo de ayer es la alcabala que tenéis que pagar las figuras de época, ya lo decía el Guerra: ‘en Madrid, que toree San Isidro’, mira lo que pasó en tu primer toro, el que tuvo que apuntillar ‘Josele’…, sin que le metieras la espada, creí que quemaban la Plaza… Sí Gregorioreplica Joselito--, pero a los toros bravos, y los de Urquijo lo son, si no les bajas la mano para someterlos en el comienzo de la faena, se te suben después a las barbas… En la conversación, de momento, solo intervienen los dos toreros y el crítico, el resto mira de un lado a otro, escucha y calla. Yo, discretamente, tomo notas. Sigue lloviendo. Preocupa el tiempo, y el empresario Villar tuerce el gesto. Joselito, le conforta: Tranquilo, Leandro, la corrida se dará, aunque diluvie… Ignacio cambia el tercio y pregunta dónde almorzarán en Talavera. Déjalo de mi cuenta, responde el empresario, ya tengo reservada mesa. Insiste el torero: Pero hoy podemos comer a gusto, la corrida es muy terciada y cornicorta, ¿no? Joselito, matiza: ¡Qué equivocados estáis! ¡Los toros cornicortos son los más certeros! Éste --por Ignacio-- debería saberlo. Llegados a Torrijos (¡parada y fonda!), bajan Sánchez Mejías y su apoderado a la cantina de la estación, a tomar un tentempié, y por poco se quedan en tierra. Otra gresca con un lugareño provoca empujones y algún soplamocos Sube sudoroso al tren y explica: ¡No hay cosa que más me joda que los analfabetos bocazas!... Seguimos traqueteando, camino de Talavera, y parece que el tiempo aclara. Darío López pretende “tocarle los costados” a Ignacio agregando a su carácter de jaque impenitente el de conquistador empedernido: Tú, Ignacio solo te peleas por dos cosas: un impertinente o una mujer… Risas. Ignacio entiende la frase como un piropo, pero apostilla: ¡Y con el toro! Llevo toda la vida peleándome con él..., pero agrega: A éste, en cambio –dirigiéndose a Joselitoen cuestiones de faldas, las gachises le llueven del cielo, yo me tengo que jugar el tipo, también con ellas… Más risas; pero a José no le gusta el tema de conversación, porque el arrogante torero está casado con su hermana Lola: Déjalo, Ignacio, sentencia para cambiar de asunto: Bueno, me ha dicho mi veedor, Juan Soto, que la corrida se embarcó sin problemas y que es muy bonita. A Leandro Villar, que sigue pendiente de la lluvia, se le alegra la cara y culmina: Bonita, no, preciosa; y esto de la viuda de Ortega, aunque no sea ganadería asociada con la Unión, es de buena casta. Éste –por Corrochanola conoce bien, porque es pariente lejano de la familia. Todos  nos vamos a divertir esta tarde. Fernando, el hermano de Joselito, entra en la conversación para aportar una anécdota: Se ha roto el botijo del agua, ¡las prisas!...pero este es tema inocuo o banal en una cháchara de tan alta prosapia. Se sigue hablando de toros, de las caídas, de la hartura de los públicos por esta lacra y la de los dos colosos que comandan la Edad de Oro del Toreo por el desmesurado rigorismo para con ellos del público de Madrid. Joselito, a través de su hermano, comunica al mozo de espadas que vestirá en Talavera el traje grana y confiesa que esa será su decimonona corrida la temporada. Para el torero, Madrid ya queda atrás, geográfica y mentalmente. Se le ve contento, porque esta Plaza que cohabita en los terrenos con la ermita de Nuestra Señora del Prado, la inauguró su padre hace ya treinta años y le apetece debutar en ella. El tren va perdiendo velocidad y se deja oír el chirriar del rozamiento metálico del frenado de las ruedas con los raíles.  Joselito el Gallo se incorpora de su asiento y pregunta al empresario: ¿Quién es el sobresaliente, Leandro? Y este responde: Miguel Cuchet, un muchacho de Recas que tiene buen oficio. El convoy ya camina a paso de burra. El señor Peris Mencheta me hace un gesto que indica el fin de mi trayecto periodístico.  Es el momento guardar celosamente mis  notas, porque estamos llegando a la estación de Talavera.

Con la imagen en mi mente de una mañana dominical y lluviosa en Talavera de la Reina despierto sobresaltado en Valladolid este sábado, 16 de mayo, en que luce el sol primaveral de cien años después. En la mesilla de noche, el libro Memorias de Clarito está a medio cerrar y colijo que es la causa de estas vivencias irreales y magníficas. Ha sido, pues, una crónica onírica, imaginada y platónica, que me devuelve al mundo real. Un sueño feliz que pudo ser el prólogo de la tarde más infeliz de la historia del toreo. Pero eso, que lo cuenten otros.