Sánchez nos tira un penalti

Lo he leído con atención, lo juro. He repasado los textos de esa entelequia que el gobierno de España llama “desescalada”, esto es –creo— el rebobinado de la situación en que se encuentra la población española, y ha puesto en marcha un plan para recobrar una “nueva normalidad” de forma gradual, asimétrica y coordinada.

He de reconocer la habilidad de quienes ocupan las más alta jerarquía del Poder para tejer descalzaperros, usando para ello el lenguaje de una neopolítica también asimétrica, que no es sino disonancia con lo racional, sencillo o bello. Utilizan mal la semántica y la sintaxis, pero se les puede perdonar, porque la ignorancia impele al atropello de la coherencia.

Busco con fruición las normas que afectan a los espectáculos taurinos, entre la retahíla de condicionantes  y condicionales (“si todo se desarrolla con normalidad”) que implican a distintos estadios de Comunidades y ciudades Autónomas, hasta que, muy al final de la Tercera Fase (avanzada), un epígrafe llama poderosamente mi atención: Excepción taurina. ¡Cáspita!, que diría un personaje de los tebeos de nuestra infancia, dibujado por Escobar, este gobierno nos considera una excepción, o lo que es lo mismo, somos excepcionales. ¡Albricias, ya era hora!

Fue un efímero  momento de gozo, porque el pozo de la desolación se abrió a mis pies nada más leer el contenido de esa excepcionalidad. Copio y pego: Plazas, recintos e instalaciones taurinas con una limitación de aforo que garantice una persona por cada 9 metros cuadrados.  Es decir, que en los tendidos y gradas se habrá de hacer una sembradura de gentes encerradas en un habitáculo de tres por tres –metros, naturalmente–. ¡Nueve metros cuadrados! No me lo puedo creer.

La cifra invita al chiste fácil con la película de Spielberg “Encuentros en la Tercera Fase”, porque parece que el ocurrente legislador ha pensado que los taurinos somos alienígenas, seres de otra galaxia. ¡Ay, Cañabate de mi alma! ¡A qué ha quedado reducido el Planeta de los Toros que parió tu proverbial ingenio!: A nueve metros cuadrados.

Naturalmente, algunos empresarios, como los de las Ventas, han echado cuentas, midiendo la superficie de los tendidos y llegan a la conclusión de que la Monumental ofrecería la imagen de un “lleno” de No Hay Billetes con un pinteado de cabezas alejadas entre sí lo que viene a ser un dormitorio de los que se proyectaban en las viviendas de protección oficial de la última etapa franquista. En total, unas dos mil personas, que viene a ser un pírrico porcentaje del aforo. Esta prueba del 9 nada tiene que ver con la que nos enseñara don Norberto para verificar las multiplicaciones, es una operación que, trasladada a la “desescalada” taurina, obtiene por resultado un descalabro inapelable.

La fórmula parece una ocurrencia –una más—que desequilibra el fomento de la Tauromaquia, cuestión esta que –no me cansare de repetir—debería obligar a las Administraciones Publicas a cumplir la Ley que avala su condición de Bien de Interés Cultural; pero no se acata la Ley y se le ataca, que tiene las mismas letras, pero su función es radicalmente distinta. Una nueva forma de atacar a la fiesta de los toros es meter al público en un receptáculo virtual, cuando al público de otras manifestaciones culturales se le ofrecen posibilidades más asequibles en porcentajes de aforo y distanciamientos. Está visto que la Tauromaquia es una excepción.

Metiéndonos en números, nueve metros cuadrados se pueden lograr utilizando varias fórmulas, la citada del tres por tres, o el cuatro cincuenta por dos, el uno por nueve… o, en fin, cualquier otra operación de aritmética elemental, pero siempre será una mamarrachada.

El cuadro es el siguiente: los tendidos de una plaza de toros con gentes espolvoreadas por allí, embozaladas con mascarillas y con las manos enguantadas. ¿Cómo gritarán ole o censurarán los pasajes de la lidia? ¿Cómo sonarán los aplausos opacos de unas manos constreñidas por el látex?  ¿A quién se le ha ocurrido semejante mamonada?

Nadie en su sano juicio quiere pervertir la salud de las personas, por eso las medidas absurdas, que tratan de paliar efectos perniciosos cuando no hacen más que aventar desaires, no son de recibo. Es preferible aguantar un tiempo razonable, hasta que echemos al corral a maldito virus, que convertir a la fiesta de los toros en un espectáculo humillante.

Escribo estas cosas a sabiendas que en Moncloa el asunto de la Tauromaquia les trae al pairo. Hacen que prestan una atención “excepcional” al sector taurino y nos sirven unas soluciones grotescas, que parecen fruto de las prisas por aparentar que se hace algo en su favor, sin pensar en el ridículo, aunque tengo la sensación de que el ridículo es consecuencia habitual de los mantazos que dan al toro de la gestión política y científica una cuadrilla de novilleros que han tomado precipitadamente la alternativa..

Sigo escribiendo y me vienen a la memoria aquellos partidos de fútbol que jugábamos de niños en las eras del pueblo, donde los penaltis –¡mano, mano!, ¡ha sido mano!– se señalaban saltándose el regañadientes del supuesto infractor. Entonces, la distancia de seguridad se tomaba a zancadas, hasta alcanzar los hipotéticos metros reglamentarios (nueve y pico) contando once pasos de pierna infantil.

Tengo la impresión de que el presidente Pedro Sánchez ha decidido pitarle un penalti a la Tauromaquia y le ha tomado la distancia a pasos, ahorrándose el pico: nueve. Y ahí le tenemos, dispuesto a patear la bola –sinónimo de trola—sin pestañear. Pero fallará. Seguro.